Cartas que nunca te envié

Capítulo 32 (Primera Parte): Promesas bajo el sol y campanas de boda

Narrado por Axel

El canto insistente de los pájaros en las altas copas de los árboles y la claridad intensa de la mañana de septiembre, filtrándose a través de las rendijas de las persianas de madera de mi habitación, me arrancaron de un sueño ligero, fragmentado y profundamente inquietante. No había dormido más de tres horas seguidas. ¿Cómo hacerlo, cuando la noche anterior había dejado mi alma expuesta en el jardín trasero, bajo el resplandor frío de la luna, y los labios de Cloe todavía parecían arder en los míos como una marca imborrable?

Me senté al borde de la cama, pasándome las manos pesadas por el rostro y frotándome los ojos con frustración mientras intentaba ordenar el huracán de pensamientos que amenazaba con desbordarme. Diez años de ausencia, de culpa asfixiante, de remordimientos que me carcomían las entrañas en las noches más solitarias de la ciudad, resumidos en un instante de absoluta vulnerabilidad y en un "te amo" que había estado atragantado en mi garganta durante media vida. Ella no me había rechazado. Me había besado con la misma desesperación contenida, con la misma urgencia de quien rescata los jirones de un naufragio. Pero el alivio de haber hablado no borraba la realidad: el camino que teníamos por delante seguía siendo un campo minado de distancias, de miedos y de las dudas lógicas de una mujer que había aprendido a construir una vida entera muy lejos de aquí para protegerse de mí.

Me levanté con desgana, me duché con agua fría buscando despabilar cada célula de mi cuerpo y me puse una camisa limpia de lino claro y un traje de corte impecable pero cómodo. Hoy no era un día para resolver todos nuestros problemas pendientes; hoy era el día de Jacob y Rebeca, el momento en que dos personas que habían luchado contra viento y marea contra sus propias dudas iban a consolidar su historia frente al mundo. Y, como padrino e invitado cercano, mi deber absoluto era estar a la altura de las circunstancias, por mucho que mi cabeza y mi corazón estuvieran volando a mil kilómetros por hora en dirección a la mujer de ojos intensos que en ese preciso instante se encontraba preparándose en la otra ala de la hacienda.

El movimiento en la finca comenzó a intensificarse desde mucho antes del mediodía. El bullicio alegre de los preparativos, los pasos apresurados por los pasillos, el ir y venir de cajas con flores, el aroma penetrante del café recién hecho y las risas nerviosas de los familiares inundaban cada rincón del ambiente. La primera cita oficial del día era en el juzgado local, un edificio colonial de relucientes paredes blancas y enormes ventanales de madera situado a escasos minutos del centro del pueblo.

A eso de las once de la mañana, la pequeña sala de audiencias del juzgado ya estaba repleta de familiares y amigos íntimos. Me encontraba de pie cerca de la primera fila, con las manos juntas al frente, ajustando distraídamente el nudo de mi corbata mientras intentaba calmar el ritmo desbocado de mis latidos. No podía evitarlo; cada vez que la puerta principal se abría, mis ojos se desviaban por puro instinto buscando su silueta.

Cuando Rebeca hizo finalmente su entrada triunfal del brazo de su padre, ataviada con un traje sutil y elegante, el silencio respetuoso se apoderó de la sala. Jacob, que esperaba al fondo junto al juez con una expresión que oscilaba entre la felicidad absoluta y el pánico escénico, respiró hondo con una sonrisa que le iluminaba el rostro entero. La ceremonia civil transcurrió con una solemnidad hermosa, cálida y cercana. Las palabras del juez resonaron en las paredes de piedra, recordándonos a todos el valor sagrado de la paciencia, de la resiliencia y del compromiso diario. Y cuando llegó el momento en que intercambiaron las argollas doradas y estamparon sus firmas en el acta que los convertía legalmente en marido y mujer, un aplauso unánime, cerrado y estruendoso retumbó en el lugar. Kevin, fiel a su estilo desinhibido, soltó un fuerte silbido de aprobación que arrancó una sonrisa divertida al propio juez, mientras Peter y Mía se fundían en un abrazo emocionado con los ojos visiblemente cristalizados.

Sin embargo, el verdadero clímax visual y emocional de la jornada estaba reservado para la tarde y para los amplios jardines traseros de la hacienda, el mismo escenario donde la madrugada anterior mi vida había dado un vuelco de ciento ochenta grados.

El equipo de producción y los amigos se habían lucido con los preparativos. Cientos de pequeñas bombillas cálidas colgaban entrelazadas de las ramas de los árboles centenarios, simulando un techo de estrellas artificiales que competía de igual a igual con el crepúsculo que comenzaba a teñir el firmamento de matices dorados, naranjas y violetas profundos. El altar, una estructura de madera rústica finamente adornada con una cascada de telas blancas vaporosas y rosas silvestres, se erigía imponente frente a las hileras de sillas tapizadas en lino reservadas para los invitados.

A medida que el sol descendía lentamente en el horizonte, marcando el inicio de la tarde, los asistentes comenzaron a ocupar sus respectivos lugares con murmullos apagados y rostros expectantes. Las notas suaves, delicadas y melancólicas de un violín en directo empezaron a flotar en el aire, indicando que el cortejo nupcial estaba a punto de dar comienzo.

Kevin, luciendo un traje formal impecable que le sentaba a la perfección, caminaba con paso firme y medido cumpliendo con honor su papel de padrino de bodas. Detrás de él, Mía avanzaba sonriente con un vestido vaporoso en tonos rosados pastel, arrojando con gracia pétalos de flores frescas a ambos lados del pasillo central alfombrado de blanco.

Y entonces, el murmullo general de los asistentes se extinguió por completo, dando paso a un silencio reverente. Rebeca apareció al fondo del camino, del brazo de su padre, caminando con paso pausado bajo los arcos florales. En ese preciso instante, movido por un imán invisible que no podía controlar, giré la cabeza hacia la zona lateral del altar donde se encontraban los familiares más cercanos.




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