Narrado por Cloe
La voz de Axel junto a mi oído me recorrió la espina dorsal como una descarga eléctrica suave y cálida, haciéndome dar un pequeño salto involuntario de sorpresa en medio de la penumbra del jardín. Giré sobre mis tacones con rapidez y ahí estaba él, con una media sonrisa ladeada, esa misma mirada intensa y magnética que tantas veces había intentado borrar de mi memoria durante los años de ausencia, y una elegancia natural que parecía encajar a la perfección con la atmósfera romántica y festiva de la boda.
—No estoy escondida, idiota; solo estaba analizando la estrategia de supervivencia mental ante los chistes malos y las miradas acusatorias de Kevin —repliqué con una risa nerviosa, intentando mantener la compostura mientras mi corazón amenazaba con romperme las costillas a golpes contra el esternón.
Axel no me dio el menor margen de maniobra ni tiempo de poner más excusas defensivas. Con un gesto suave pero firme, me tomó de la mano, entrelazando sus dedos con los míos como si jamás hubiéramos estado separados, y me guió con total naturalidad hacia el centro de la pista improvisada sobre el césped, donde las luces cálidas de las bombillas suspendidas de las ramas de los árboles nos envolvían como un manto dorado y protector. Al principio, la tensión flotaba entre nosotros de manera casi palpable, un aire espeso cargado de una década de silencios y de todo lo que acabábamos de destapar la noche anterior. Coloqué una mano tímidamente sobre su hombro, sintiendo la firmeza de su cuerpo, mientras su brazo derecho me rodeaba la cintura con una familiaridad pasmosa que desafiaba por completo los diez años de distancia geográfica.
Nos movimos al compás de la música de forma un tanto rígida y torpe al inicio, como dos piezas de un rompecabezas que intentaban encajar a la fuerza después de haber sido forzadas en otros moldes. Pero conforme los acordes de la balada avanzaban, algo sutil y mágico comenzó a suceder en el ambiente. Las risas nerviosas se apagaron, los pasos se sincronizaron y el peso abrumador del pasado pareció disolverse lentamente en el aire nocturno. Entre bromas espontáneas sobre los bailes desastrosos de nuestra adolescencia en el pueblo y recuerdos compartidos de las travesuras inocentes que hacíamos cuando éramos apenas unos niños que jugaban a comer tierra, la tensión se rompió por completo, dejando paso a una complicidad inquebrantable.
—Oye, dime la verdad... ¿Te acuerdas de aquella vez que intentamos armar de manera clandestina aquella absurda casa en el árbol al fondo del terreno y terminamos con media tonelada de astillas clavadas en las manos y castigados un mes entero por nuestros padres? —preguntó Axel de pronto, soltando una carcajada genuina, profunda y abierta que iluminó sus ojos de una manera que no veía desde hacía una eternidad.
—¡Cómo olvidarlo si fue el peor mes de mi vida! —le contesté de inmediato, dándole un suave y juguetón empujón en el hombro, riendo con el alma mientras sentía que las lágrimas amenazaban con asomarse pero esta vez de pura felicidad—. Si fuiste tú el brillante ingeniero que insistió tercamente en que podías calcular el peso y la resistencia de las tablas con física cuántica de caricatura animada.
—¡Oye, en mi defensa era un niño genio mal entendido! —protestó él fingiendo una indignación cómica que terminó por contagiarnos a ambos en una nueva ronda de risas limpias.
En ese preciso instante, mirándolo reír de esa manera tan abierta y desprovista de armaduras, sentí que el tiempo y los años se borraban de un plumazo. No éramos la mujer adulta con una carrera y una vida perfectamente estructurada a miles de kilómetros de distancia ni el hombre marcado por los errores de su huida juvenil y por la soledad de las montañas; éramos simplemente nosotros dos, exactamente igual que hace diez años atrás, riendo sin miedos, cómplices absolutos, los mejores amigos del mundo que no necesitaban hablar para saber exactamente qué estaba pensando el otro con solo cruzar una mirada.
Pero la realidad, terca, implacable y persistente, comenzó a filtrarse de nuevo en nuestra burbuja conforme la canción se acercaba inexorablemente a su tramo final y el ritmo de la música se volvía más pausado, más íntimo y reflexivo. El ambiente cambió de golpe. Mis manos, que descansaban con confianza sobre sus hombros, comenzaron a temblar ligeramente de nuevo, y el peso de las decisiones pendientes volvió a posarse sobre mis hombros con fuerza.
Axel notó el cambio de actitud de inmediato, con esa sensibilidad milimétrica que siempre tuvo para conmigo. Su sonrisa se atenuó con la misma rapidez con la que había aparecido, dejando paso a una expresión de profunda atención, seriedad y absoluta vulnerabilidad.
—Cloe... —murmuró mi nombre con un tono tan bajo, suave y acariciante que apenas y se alcanzaba a escuchar por encima de los instrumentos de la cuerda y el murmullo lejano de los invitados—. ¿En qué estás pensando de repente? Te siento aquí conmigo, bailando a mi lado, pero a la vez siento que tu mente se ha ido a otra parte, muy lejos de aquí.
Tragué saliva con extrema dificultad, sintiendo que un nudo espeso e incómodo en la garganta volvía a apretarse con crueldad. Apreté un poco los dedos contra la fina tela de su traje antes de encontrar, en lo más hondo de mis fuerzas, el valor necesario para levantar la barbilla, mirarlo fijamente a los ojos oscuros y confesarle sin filtros todo lo que llevaba guardando en el alma desde la noche anterior:
—Estoy pensando en todo, Axel... En cada palabra que me dijiste bajo la luna, en lo que debatimos mis hermanos y yo en mi habitación, y en este remolino indomable que siento aquí dentro. —Llevé una mano temblorosa hacia mi propio pecho, presionando la tela del vestido—. Quiero que sepas algo, y necesito decírtelo de una vez por todas, sin miedos ni filtros: yo también te amé por años. Cada maldito día desde el momento exacto en que te fuiste sin decir adiós, cargué con ese sentimiento a cuestas, lidiando con el miedo al abandono, con los celos estúpidos de enterarme de cosas de tu vida y con el dolor desgarrador de no saber si algún día volvería a verte la cara. Y te amo... te juro con el alma entera que todavía te amo, de la misma forma idiota e intensa de cuando éramos adolescentes.
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Editado: 29.09.2026