La conversación no ocurrió esa misma noche.
Todd creyó que el intento había funcionado.
Que el pan sobre la mesa y la cena silenciosa habían sido un pequeño avance.
Pero Nox no olvidaba las preguntas.
Las guardaba.
Las dejaba reposar.
Como si necesitara el momento exacto para soltarlas.
Fue dos días después.
La lluvia golpeaba el techo con un ritmo constante.
Nox estaba sentada en la mesa del comedor, moviendo una cuchara dentro de una taza que ya no tenía nada.
Todd estaba frente al televisor apagado.
No lo encendió.
Solo miraba la pantalla negra como si estuviera viendo algo que nadie más podía ver.
—¿Por qué siempre fue mala nuestra relación? —preguntó Nox.
No levantó la voz.
No sonó acusatoria.
Sonó directa.
Todd no respondió de inmediato.
Pensó que había escuchado mal.
—¿Qué?
Ella dejó la cuchara sobre la mesa.
—¿Por qué conmigo siempre fue diferente?
Silencio.
La lluvia se volvió más fuerte.
Todd se acomodó en el sillón.
—No fue diferente.
Nox lo miró.
—Sí lo fue.
Él apretó los labios.
—No.
—Con mamá no eres así.
Todd soltó el aire por la nariz.
—Eso no es lo mismo.
—¿Qué no es lo mismo?
Él se levantó.
Caminó hacia la ventana.
Corrió ligeramente la cortina.
Miró la calle vacía.
—No sé por qué quieres hablar de esto ahora.
—Porque nunca hablamos.
Todd dejó la cortina.
Se giró.
—¿Qué quieres escuchar?
—La verdad.
Esa palabra lo detuvo.
No porque fuera nueva.
Sino porque casi nunca se la pedían de frente.
Todd se pasó una mano por la cara.
—No te va a gustar.
—No me gusta ahora tampoco.
Silencio.
Largo.
La lluvia marcaba los segundos.
Todd volvió a sentarse.
Más despacio esta vez.
—Me recuerdas a él.
Nox no parpadeó.
—¿A quién?
Todd sostuvo su mirada.
—A mi padre.
El aire cambió.
No se volvió más frío.
Se volvió más pesado.
Nox no habló.
Esperó.
Todd bajó la vista.
No porque estuviera avergonzado.
Sino porque no quería verla mientras hablaba.
—Tenía tu misma forma de mirar.
—¿Cómo?
—Como si estuvieras midiendo todo.
Nox no apartó los ojos.
Todd continuó.
—No gritaba mucho. No al principio. Primero observaba. Se quedaba en silencio. Te hacía pensar que estabas exagerando.
La lluvia golpeó más fuerte.
—Después explotaba.
No dijo “violento”.
No dijo “golpes”.
No dijo “miedo”.
No necesitó hacerlo.
Nox cruzó los brazos.
—¿Y yo hago eso?
Todd tardó en responder.
—Cuando eras niña… no.
Se inclinó hacia adelante.
—Pero cuando empezaste a crecer… sí.
Silencio.
Nox no bajó la mirada.
—Nunca te he pegado.
—No hablo de eso.
—Entonces ¿de qué?
Todd levantó la vista.
—De cómo sostienes el silencio.
La frase quedó flotando.
—De cómo te quedas quieta cuando algo no te gusta. De cómo miras como si estuvieras guardando algo.
Nox sintió la tensión subir por su espalda.
—Eso no es él. Eso soy yo.
Todd negó levemente.
—Él también decía eso.
Silencio.
Nox se levantó.
No de golpe.
Despacio.
—Así que soy un recordatorio.
Todd no respondió.
—Soy lo que no quieres ver.
—No es tan simple.
—¿Qué es entonces?
Todd apoyó los codos en las rodillas.
Miró el suelo.
—Cuando te veo perder el control… cuando te veo hacer cosas que no entiendo… me suena conocido.
Nox dio un paso hacia él.
—¿Qué cosas?
Todd levantó la vista.
—Desaparecer horas. Mirar a alguien como si fuera tuyo. Aferrarte.
La palabra quedó suspendida.
Aferrarte.
—No soy tu padre —dijo Nox.
—Lo sé.
—Entonces deja de tratarme como si lo fuera.
Todd cerró los ojos un segundo.
—No siempre puedo.
Esa fue la frase más honesta que había dicho.
Y también la más cruel.
Nox sintió algo apretarse en su pecho.
No lloró.
No gritó.
—¿Alguna vez me viste como yo? —preguntó.
Todd abrió los ojos.
Pero no respondió.
Porque la respuesta no era cómoda.
Nox entendió el silencio.
Retrocedió un paso.
—Siempre fue él.
Todd se levantó.
—No es eso.
—Sí lo es.
La lluvia bajó de intensidad.
La casa parecía más pequeña.
—No soy tu padre —repitió ella.
—No —dijo Todd—. Pero a veces siento que estoy otra vez en esa casa.
Nox sostuvo su mirada.
—Entonces sal.
Todd no respondió.
Porque sabía que no hablaban solo del pasado.
Nox caminó hacia su habitación.
Se detuvo en el marco de la puerta.
—Yo no pedí parecerme a nadie.
Y cerró.
La puerta no sonó fuerte.
Pero el eco quedó.
Todd se quedó en la sala.
Con la televisión apagada.
Con la lluvia cesando.
Con una frase rondándole la cabeza:
“No siempre puedo.”
Y por primera vez entendió que el problema no era que Nox se pareciera a alguien.
Era que él nunca había dejado de vivir en esa otra casa.
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Editado: 11.04.2026