Cartografía De Un Alma En Penumbra. #1

Capítulo VIII —Parte II

El sonido del mar fue lo primero.

No fuerte.

No violento.

Constante.

Un ir y venir que parecía respiración ajena.

Ian abrió los ojos lentamente.

El techo era de madera vieja.

Manchas de humedad dibujaban formas irregulares entre las vigas.

Parpadeó.

Intentó incorporarse.

El movimiento fue torpe.

Pesado.

La habitación estaba iluminada por una lámpara lateral con pantalla roja. La luz no era suficiente para ver con claridad, pero sí para distinguir sombras.

Y había una frente a él.

De pie.

Inmóvil.

Nox.

No llevaba la ropa del estacionamiento.

Llevaba negro y verde.

Completo.

Un traje ajustado, improvisado pero cuidado. Botas altas. Guantes cortos oscuros. El cabello recogido hacia atrás con precisión. El maquillaje marcaba sus ojos con líneas gruesas, alargadas, exageradas.

No era un disfraz torpe.

Era intencional.

Era una versión teatral de sí misma.

Ian la miró sin hablar.

El aire tenía olor a sal y madera húmeda.

Intentó mover las manos.

No estaban libres.

La cuerda no era gruesa.

No parecía profesional.

Pero era suficiente.

—Estás despierto —dijo Nox.

Su voz no tembló.

No sonaba eufórica.

Sonaba clara.

Ian volvió a intentar sentarse.

Lo logró esta vez.

Miró alrededor.

La habitación tenía una ventana cubierta con una cortina pesada.

Una mesa pequeña.

Una silla.

La puerta cerrada.

—¿Dónde estamos? —preguntó él.

Nox dio un paso hacia la luz.

La sombra de su figura se alargó sobre el suelo.

—Lejos.

Ian la observó con más atención.

El traje.

Los guantes.

La forma en que mantenía la espalda recta.

—¿Qué estás haciendo?

Nox inclinó levemente la cabeza.

—Siempre te gustaron los villanos bien construidos.

Ian no respondió.

El sonido del mar volvió a llenar el silencio.

—No tenías que hacer esto —dijo él finalmente.

Nox caminó hasta la mesa.

Tomó una figura de acción que había colocado ahí. Un personaje clásico de cómic.

Lo sostuvo entre los dedos.

—Siempre dijiste que los villanos tenían mejores historias.

Dejó la figura en su lugar.

—Ahora la tenemos.

Ian apretó la mandíbula.

—Esto no es una historia.

Ella lo miró.

—Claro que lo es.

Se acercó un poco más.

No demasiado.

Lo suficiente para que la luz roja marcara el contorno de su rostro.

—Aquí nadie interrumpe.

Nadie opina.

Nadie se mete.

Ian probó la cuerda otra vez.

No respondió.

Nox lo notó.

—No te lastimé —dijo.

No había orgullo en la frase.

Era una aclaración.

—No quiero lastimarte.

Ian sostuvo su mirada.

—Entonces suéltame.

Silencio.

Nox dio un paso atrás.

—Primero escucha.

El viento golpeó una de las persianas exteriores. Un sonido seco. Repetitivo.

Ian miró la ventana.

Luego volvió a verla a ella.

—No puedes obligar a alguien a quedarse —dijo.

Nox no respondió de inmediato.

Caminó hasta la puerta.

Apoyó la espalda contra ella.

—No te estoy obligando.

Ian la miró con incredulidad.

—Estoy evitando que te vayas antes de que entiendas.

El silencio se volvió más pesado.

Ian respiró lento.

—Esto no es entender. Es encerrar.

Nox sostuvo su mirada.

Y por primera vez, algo cambió en su expresión.

No duda.

No arrepentimiento.

Determinación.

—Aquí nadie nos ve.

Nadie nos mira como en la ciudad.

Nadie murmura.

Nadie juzga.

Ian bajó la vista un segundo.

Luego volvió a levantarla.

—Eso no lo hace correcto.

Nox dio un paso más cerca.

La luz roja hacía que sus ojos parecieran más oscuros.

—Correcto nunca nos ayudó.

Silencio.

Ian sintió el peso del lugar.

La distancia del mundo exterior.

El sonido constante del mar como única compañía.

—¿Cuánto tiempo planeaste esto? —preguntó.

Nox no respondió.

Se sentó en la silla frente a él.

Las rodillas alineadas.

La espalda recta.

Como si estuviera presentando algo.

—Lo suficiente.

El viento volvió a golpear.

Ian cerró los ojos un segundo.

Cuando los abrió, ella seguía ahí.

Disfrazada.

Quieta.

Mirándolo como si estuvieran en una convención, interpretando un papel.

Pero no había público.

Solo ellos.

El mar.

Y una casa que nadie visitaba.

—Nox —dijo él, más bajo esta vez.

Ella levantó la vista inmediatamente.

—Estoy aquí.

—Esto no es amor.

La frase quedó suspendida.

Ella no reaccionó con ira.

No gritó.

Solo lo miró más fijo.

—Todavía no entiendes.

La lámpara roja parpadeó apenas.

La sombra de Nox se movió sobre la pared.

Y en ese cuarto pequeño, con el sonido del mar como fondo, la línea entre juego y realidad dejó de existir por completo.




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