Cartografía De Un Alma En Penumbra: Nox Tucker. #1

Capítulo IX —Parte II

El silencio después de la pregunta quedó suspendido en el aire.

—¿Qué haces?

Nox no había alzado la voz.

No había gritado.

Solo estaba sentada, con la espalda recta ahora, los pies tocando el suelo frío.

Ian no respondió de inmediato.

El bolso seguía abierto.

La luz de la mañana ya llenaba la sala por completo.

No quedaban sombras rojas ni tonos violeta.

Todo era claro.

Demasiado claro.

—Dije que buscaba agua —repitió él, esta vez mirándola de frente.

Nox sostuvo su mirada unos segundos más.

Luego desvió los ojos hacia el bolso.

Se inclinó hacia adelante.

Lo tomó.

Lo cerró sin prisa.

El sonido del cierre fue pequeño, preciso.

Lo colocó en el suelo, lejos de él.

—Hay agua en la cocina —dijo finalmente.

Se levantó.

Caminó descalza hasta el fregadero.

Tomó un vaso.

Lo llenó.

El sonido del agua cayendo fue lo único que rompió el silencio.

Se lo ofreció.

Ian dudó un segundo.

Luego lo tomó.

Sus dedos no se tocaron.

Ella regresó al sofá.

Se sentó.

No parecía alterada.

No parecía furiosa.

Solo estaba despierta.

Observando.

El mar seguía golpeando afuera.

Ian bebió el agua despacio.

Intentando mantener la calma.

—No tienes que moverte así —dijo Nox sin mirarlo directamente—. Si quieres algo, lo pides.

Ian dejó el vaso en la encimera.

—No quiero nada.

Ella lo miró entonces.

—Quieres irte.

No era una pregunta.

Era una afirmación tranquila.

Ian no respondió.

Nox se recostó contra el respaldo del sofá.

El cabello cayó sobre sus hombros.

La luz marcaba el perfil de su rostro con claridad.

—La puerta no está cerrada —dijo.

Ian miró hacia ella.

—No voy a detenerte.

La frase quedó flotando.

No tenía tono desafiante.

No tenía ironía.

Solo estaba ahí.

Ian dio un paso hacia la puerta lateral.

Se detuvo.

—¿Es verdad?

Nox sostuvo su mirada.

—No te até esta mañana.

No era exactamente una respuesta.

El silencio volvió a llenar el espacio.

Ian caminó hasta la puerta.

Tomó el picaporte.

Lo giró.

La puerta se abrió.

El aire frío entró de nuevo.

Más fuerte ahora.

El sonido del mar invadió la sala.

Miró hacia afuera.

Rocas.

El camino de tierra.

Nada más.

Dio medio paso fuera.

Nox no se movió.

No dijo nada.

Ian volvió a entrar.

Cerró la puerta.

El sonido fue más fuerte de lo que esperaba.

Nox bajó la vista un instante.

Luego la levantó.

—Sabes que no es tan fácil —dijo él.

Ella no respondió.

Se levantó.

Fue hasta una repisa pequeña junto al pasillo.

Ahí estaba su teléfono.

Lo tomó.

Revisó la pantalla.

Sin expresión.

Sin urgencia.

Ian lo vio.

Memorizó el lugar.

La repisa.

La distancia.

El trayecto entre la sala y ese punto.

Nox caminó hacia la cocina con el teléfono en la mano.

Lo dejó sobre la mesa.

No lo guardó en el bolso esta vez.

Se sirvió café frío en una taza.

Se sentó.

Comenzó a beber.

El teléfono quedó ahí.

A la vista.

La pantalla apagada.

Ian fingió no mirarlo.

Pero lo tenía presente.

Cada segundo.

Nox dejó la taza.

Se levantó.

—Voy a bañarme —dijo.

No pidió permiso.

No dio instrucciones.

Caminó hacia el pasillo.

Desapareció en la habitación del fondo.

La puerta se cerró.

El sonido del seguro del baño fue claro.

Ian se quedó inmóvil.

Escuchó el agua comenzar a correr.

Un segundo.

Dos.

Cinco.

Diez.

El sonido era constante.

Real.

Se movió.

Despacito.

Primero hacia la repisa.

No estaba ahí.

Recordó.

La mesa.

Giró.

Ahí estaba.

El teléfono descansaba junto a la taza vacía.

La pantalla negra.

Inofensivo.

El agua seguía cayendo en el baño.

Ian avanzó.

Cada paso medido.

El piso crujió una vez.

Se detuvo.

El agua continuó.

Se acercó a la mesa.

Tomó el teléfono.

Lo sostuvo en la mano.

Pesaba más de lo que esperaba.

Presionó el botón lateral.

La pantalla se encendió.

Tenía código.

Intentó deslizar.

Nada.

Miró hacia el pasillo.

El agua seguía.

Pensó rápido.

Dejó el teléfono exactamente donde estaba.

Regresó a la sala.

Escuchó con atención.

El agua dejó de correr.

Se tensó.

Pero después volvió.

Nox aún estaba dentro.

Volvió a la mesa.

Tomó el teléfono otra vez.

Lo giró.

Observó la funda.

Intentó un patrón simple.

Nada.

Miró la mesa.

Había un pequeño papel doblado bajo la taza.

Lo levantó.

Era una lista de compras.

Nada más.

Escuchó movimiento en el baño.

El agua se apagó.

El silencio fue inmediato.

Ian dejó el teléfono en la mesa.

En la misma posición.

Se alejó.

Se sentó en el sofá.

Respiró.

Un segundo después, la puerta del baño se abrió.

Pasos por el pasillo.

Nox regresó a la sala con el cabello mojado y una toalla sobre los hombros.

Miró primero la mesa.

Luego a él.

El teléfono seguía ahí.

Lo tomó.

Revisó la pantalla.

Sin comentarios.

Sin acusaciones.

Solo lo sostuvo unos segundos más.

Después lo dejó de nuevo.

En el mismo lugar.

Como si no le importara.

Pero esta vez lo dejó más cerca del borde.

Más accesible.

Se sentó frente a él.

—No tienes que hacerlo a escondidas —dijo.

Ian sostuvo su mirada.

No respondió.

El mar volvió a sonar.

Más fuerte que antes.




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