Cartografía De Un Alma En Penumbra: Nox Tucker. #1

Capítulo IX —Parte III

La casa estaba demasiado silenciosa.

El mar seguía golpeando las rocas con el mismo ritmo de siempre, pero dentro todo parecía suspendido.

Nox estaba en la cocina.

De espaldas.

Secando su cabello con la toalla.

El teléfono permanecía sobre la mesa.

A pocos pasos de Ian.

No estaba bloqueado ahora.

La pantalla estaba encendida.

Un mensaje abierto.

Como si ella lo hubiera dejado así sin pensarlo.

O como si hubiera decidido no esconder nada.

Ian no sabía cuál de las dos cosas era peor.

El vapor del baño aún flotaba débilmente en el pasillo.

Nox dejó la toalla sobre el respaldo de una silla.

Abrió una alacena.

Sacó pan.

Mantequilla.

Movimientos normales.

Domésticos.

—¿Vas a desayunar? —preguntó sin voltear.

Ian no respondió.

Miraba el teléfono.

La distancia entre él y la mesa era mínima.

Cinco pasos.

Quizá cuatro.

El piso crujía en el tercer paso.

Ya lo había identificado antes.

Tenía que evitarlo.

Nox cerró la alacena.

Encendió la estufa.

El sonido del gas fue breve.

Luego la llama.

—No puedes quedarte callado todo el tiempo —dijo ella.

Seguía de espaldas.

Ian se levantó.

Paso uno.

Silencioso.

Paso dos.

Silencioso.

Paso tres.

Evitó la tabla que crujía.

Paso cuatro.

Ya estaba junto a la mesa.

El teléfono brillaba.

La pantalla abierta.

No había código.

No había bloqueo.

Solo la interfaz lista.

Nox volteó ligeramente el rostro.

No lo miró directo.

Pero sabía dónde estaba.

—No quiero pelear —dijo.

Ian tomó el teléfono.

Sus dedos temblaron apenas.

Se giró un poco, dándole la espalda parcial.

Buscó la aplicación de llamadas.

La abrió.

Marcó.

No pensó demasiado.

Solo lo hizo.

El tono comenzó.

Uno.

Dos.

Tres.

El sonido era bajo.

Pero en el silencio de la casa parecía enorme.

Nox apagó la estufa.

El clic fue seco.

—¿Qué estás haciendo?

La pregunta ya no fue suave.

Ian llevó el teléfono a su oído.

El cuarto tono sonó.

—No —dijo Nox.

Un paso.

Otro.

El quinto tono.

Alguien respondió.

Una voz formal al otro lado.

Ian abrió la boca.

—Necesito ayuda—

La frase no terminó.

Nox le arrebató el teléfono.

El movimiento fue rápido.

El aparato cayó al suelo.

La pantalla se partió al impactar.

La voz al otro lado quedó distorsionada unos segundos antes de cortarse.

Silencio.

Total.

El mar volvió a sonar.

Pero ahora parecía más lejano.

Nox respiraba más fuerte.

No gritaba.

No lloraba.

Solo lo miraba.

—¿Llamaste?

Ian no respondió.

La pregunta era absurda.

Ambos sabían la respuesta.

Ella miró el teléfono en el suelo.

La pantalla rota.

Lo recogió.

Intentó presionar el botón.

No reaccionó.

Lo dejó sobre la mesa.

La respiración de ambos llenaba la sala.

—¿De verdad hiciste eso?

Ian sostuvo su mirada.

—Sí.

No se movió.

No retrocedió.

Nox dio un paso atrás.

Luego otro.

Como si necesitara espacio.

Se llevó la mano al cabello.

Lo apartó del rostro.

—Te dije que no iba a detenerte.

—No me iba a dejar salir.

—La puerta estaba abierta.

—No hay nadie cerca.

Silencio.

Ella miró hacia la ventana.

El camino vacío.

Las rocas.

El mar.

Luego volvió a verlo.

—No necesitabas hacer eso.

—Sí.

La respuesta fue inmediata.

Clara.

El aire parecía más denso.

Más pesado.

Nox caminó hacia la cocina.

Apoyó las manos sobre la encimera.

La cabeza inclinada.

No estaba temblando.

No estaba fuera de control.

Pero algo se había roto.

El intento ya no era secreto.

Ya no era una sospecha.

Era real.

Ian dio un paso hacia la puerta lateral.

Nox levantó la vista de inmediato.

—No.

La palabra fue firme.

No fuerte.

Pero firme.

Ian se detuvo.

Ella caminó hacia él.

Se colocó entre él y la puerta.

No lo empujó.

No lo tocó.

Solo ocupó el espacio.

—No voy a permitir que nos separen así.

El tono había cambiado.

Ya no era doméstico.

Ya no era conciliador.

Era decidido.

El mar golpeó más fuerte.

Como si el viento hubiera aumentado.

Ian dio un paso atrás.

La distancia entre ellos era mínima.

—Esto ya terminó.

Ella negó lentamente con la cabeza.

—No.

La palabra fue apenas un susurro.

Pero tenía peso.

Miró hacia la mesa.

Luego hacia el pasillo.

Luego de nuevo a él.

Como si estuviera midiendo opciones.

El silencio era insoportable.

El teléfono roto descansaba sobre la madera.

Testigo mudo.

El sonido lejano de sirenas no se escuchaba.

Quizá la llamada no duró lo suficiente.

Quizá nadie entendió.

Quizá nadie vendría.

Eso lo sabían los dos.

Y ese conocimiento cambió algo en el aire.

Para siempre.




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