Cartografía De Un Alma En Penumbra: Nox Tucker. #1

Capítulo X —Parte IV

La noche estaba completamente instalada.

La casa parecía suspendida en la oscuridad.

Solo una lámpara encendida en la sala.

El resto en sombras.

Nox seguía sentada en el sofá.

Sin moverse.

Las manos juntas.

Los dedos entrelazados.

El sonido del mar era más fuerte ahora.

O tal vez la casa estaba más callada.

El reloj de la cocina marcaba los segundos con un tic casi imperceptible.

Cada sonido parecía amplificado.

Cada crujido de la madera.

Cada golpe lejano del viento.

Entonces—

luces.

Primero débiles.

Lejanas.

Reflejándose apenas en el borde de la cortina.

Nox no reaccionó de inmediato.

Pensó que era imaginación.

Otro reflejo.

Otra sombra.

Pero las luces se hicieron más claras.

Azules.

Rojas.

Intermitentes.

El camino de tierra, invisible todo el día, ahora brillaba por momentos.

El sonido llegó segundos después.

Un motor.

Luego otro.

Grava siendo aplastada bajo neumáticos.

Nox se puso de pie lentamente.

No corrió.

No gritó.

Caminó hacia la ventana.

Corrió apenas la cortina.

Las patrullas avanzaban despacio.

Las luces giraban sobre las rocas, la fachada de madera, la puerta.

Se detuvieron frente a la casa.

El mar siguió sonando.

Indiferente.

El motor se apagó.

Las luces permanecieron encendidas.

Azul.

Rojo.

Azul.

Rojo.

El color atravesaba la ventana y pintaba la sala por segundos.

Intermitente.

Irreal.

Un golpe en la puerta.

Firme.

—¡Policía!

La voz fue clara.

Directa.

Nox cerró los ojos un segundo.

No respondió.

El golpe volvió.

Más fuerte.

—¡Sabemos que hay alguien dentro!

Las luces seguían girando.

El azul recorría la pared.

El rojo cruzaba el techo.

Nox caminó hacia la puerta.

Cada paso sonaba en la casa como si estuviera vacía.

Se detuvo frente a la madera.

Respiró.

Miró sus manos.

Las dejó caer a los lados.

Abrió.

La noche entró junto con la luz de las patrullas.

Dos oficiales frente a ella.

Uno más atrás.

Linternas encendidas.

Miradas firmes.

—¿Señorita?

Ella parpadeó.

La luz le dio directo al rostro.

—Recibimos una llamada desde este número —dijo uno de ellos.

Nox no respondió de inmediato.

Miró hacia el interior de la casa.

La lámpara.

El sofá.

La sala ordenada.

—Hubo una interrupción —continuó el oficial—. ¿Está todo bien aquí?

El silencio se extendió.

El mar golpeó fuerte detrás de ellos.

Un oficial dio un paso adelante.

—¿Podemos pasar?

Nox se hizo a un lado.

No dijo nada.

Entraron.

Las linternas recorrieron la sala.

La mesa.

La cocina.

El pasillo.

Uno de ellos notó el teléfono roto en el cajón abierto de la cocina.

Otro observó la posición extraña de algunos muebles.

Nada dramático.

Pero suficiente.

—¿Hay alguien más en la casa?

La pregunta quedó suspendida.

Nox miró hacia el pasillo.

El aire parecía más pesado.

—Sí.

No explicó.

No dio detalles.

El oficial intercambió mirada con su compañero.

Avanzaron por el pasillo.

Linternas al frente.

Puertas abiertas.

El sonido de sus botas contra el suelo de madera llenó la casa.

Nox se quedó en la sala.

De pie.

Escuchando.

El mar.

Los pasos.

El clic de una linterna al ajustarse.

Un silencio más largo de lo normal.

Luego una voz.

Más baja.

Más seria.

Un intercambio breve entre los oficiales.

No se escuchaban todas las palabras.

Pero el tono era distinto.

Uno de ellos regresó a la sala.

La miró.

Ya no con duda.

Sino con certeza.

—Señorita, necesito que venga con nosotros.

No levantó la voz.

No fue agresivo.

Solo formal.

Otro oficial apareció detrás.

Sus movimientos eran firmes.

Controlados.

Nox no retrocedió.

No intentó correr.

Miró por última vez la lámpara encendida.

El sofá.

La mesa.

La casa que había intentado ordenar.

Las luces azules y rojas cruzaron su rostro otra vez.

El oficial tomó sus muñecas.

El sonido metálico fue claro.

Breve.

No hubo resistencia.

No hubo lucha.

Solo el clic definitivo.

La condujeron hacia afuera.

La noche estaba fría.

El mar seguía golpeando las rocas.

Las luces giraban sobre la fachada de madera.

El camino de tierra ahora tenía huellas recientes.

La subieron a la patrulla.

La puerta se cerró.

Desde el asiento trasero, Nox miró la casa.

Pequeña.

Oscura.

Con la puerta aún abierta.

La lámpara seguía encendida en la sala.

Un rectángulo cálido en medio de la noche.

Las luces de la patrulla comenzaron a moverse.

El motor arrancó.

La grava crujió bajo las ruedas.

El camino se fue alejando.

La casa quedó atrás.

El mar siguió.

Como si nada hubiera ocurrido.

Como si nunca hubiera habido gritos.

Como si nunca hubiera habido amor.

Como si nunca hubiera habido un instante que lo cambiara todo




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