Cartografía De Un Alma En Penumbra: Nox Tucker. #1

Capítulo XII —Parte I

El sonido que despertaba al pabellón no era un grito ni una alarma estridente.

Era un timbre suave.

Siempre a las seis en punto.

Un tono breve que recorría los pasillos del Centro Estatal de Salud Mental "Emil Kraepelin" y se filtraba por debajo de cada puerta.

Nox abrió los ojos sin sobresalto.

El techo blanco. La lámpara rectangular. La sombra de las rejas proyectada en la pared por la primera luz del día.

Thali, en la cama de al lado, ya estaba sentada.

—Martes —dijo sin mirar a nadie.

Nox no preguntó cómo lo sabía. En "Emil Kraepelin" los días tenían una textura distinta, pero algunos pacientes llevaban la cuenta como si fuera una misión personal.

La puerta se abrió minutos después.

—Buenos días, B-14 —anunció la enfermera Rachel Rowling con una carpeta bajo el brazo.

Revisó visualmente la habitación.

—Aseo personal. Desayuno en quince minutos.

Cerró.

Nox se levantó.

El suelo estaba frío. El espejo del baño reflejaba una versión ordenada de ella: cabello recogido, uniforme gris, rostro neutro.

No había maquillaje. No había elección.

En el comedor, las mesas eran redondas, de plástico blanco, atornilladas al piso como las camas.

Los pacientes entraban en fila moderada.

Algunos hablaban en voz baja. Otros no hablaban nunca.

Nox se sentó frente a Thali.

Una bandeja apareció frente a ella: avena tibia, pan, una taza de café claro.

En la mesa contigua, un hombre mayor movía la cuchara sin tocar la comida. Se llamaba Don Ernesto Rivas. Siempre llevaba la camisa perfectamente doblada aunque fuera la misma del uniforme.

—Buenos días, señoritas —saludó con cortesía antigua.

Thali respondió con un gesto leve.

Nox asintió.

En otra mesa, una joven de cabello largo contaba los azulejos del techo en voz baja. Era Irene Salvatierra, asignada al pabellón C pero integrada a actividades conjuntas.

El desayuno duraba exactamente treinta minutos.

Un timbre distinto indicaba el final.

Luego venía la primera sesión del día: Terapia de Grupo A.

La sala era amplia. Sillas formando un círculo. Ventanas altas con vidrio grueso.

En el centro, una mesa pequeña con una jarra de agua.

El terapeuta de esa mañana era el doctor Héctor Villalobos, hombre de voz pausada, traje sin corbata.

—Buenos días —dijo al entrar.

Nadie respondió al unísono. Las respuestas fueron dispersas.

Villalobos se sentó también en el círculo.

—Hoy hablaremos de rutina —anunció.

Algunos pacientes rodaron los ojos.

Thali cruzó las piernas.

Nox mantuvo las manos sobre sus rodillas.

La dinámica consistía en que cada uno describiera una parte de su día.

Sin interpretaciones.

Sin análisis.

Solo hechos.

Don Ernesto habló primero.

—Me levanto antes del timbre. Doblo la cobija. Cuento hasta cien.

Irene habló después.

—Desayuno. Camino veinte pasos en el patio. Veinte exactos.

Thali:

—No miro la ventana más de cinco minutos.

Cuando llegó el turno de Nox, el silencio fue más largo.

—Me despierto. Me visto. Bajo al comedor —dijo.

Nada más.

Villalobos no presionó.

—Bien.

La sesión duraba una hora.

A las nueve, todos salían hacia el patio interior.

El patio estaba rodeado por muros altos, pero tenía cielo abierto.

Un árbol solitario ocupaba el centro. Bancas metálicas alrededor.

El aire fresco era lo único que rompía la sensación constante de interior.

Nox caminaba sin rumbo fijo.

Thali solía sentarse en la banca más cercana al árbol.

Don Ernesto contaba las vueltas alrededor del perímetro.

A veces, el guardia Thomas Scott supervisaba desde la puerta.

No hablaba mucho.

Solo observaba.

A las diez y media, comenzaban las terapias individuales.

Ese martes era el turno de Nox con la doctora Hazel Doyle.

El consultorio tenía un escritorio sencillo y dos sillones enfrentados.

No había escritorio de por medio.

—Toma asiento —indicó Doyle.

Nox se sentó.

Sobre la mesa lateral había un expediente grueso con su nombre.

Doyle abrió una libreta nueva.

—Cuéntame cómo fue tu semana.

Nox miró la ventana del consultorio.

Vidrio opaco.

—Igual que las otras.

—Describe “igual”.

—Desayuno. Grupo. Patio. Almuerzo. Taller. Cena.

Doyle anotó algo.

—¿Has dormido bien?

—Sí.

—¿Pesadillas?

—No.

Las preguntas eran concretas.

Las respuestas también.

No había dramatismo en el tono.

No había acusación.

La sesión duró cuarenta y cinco minutos.

Al salir, Nox volvió al pabellón para el taller ocupacional.

Ese mes era taller de encuadernación.

Mesas largas. Hojas sueltas. Hilo grueso. Agujas sin punta.

La instructora, Rosa Medina, enseñaba cómo coser páginas para formar cuadernos.

—La tensión debe ser firme, pero no excesiva —repetía.

Nox aprendió rápido.

Sus cuadernos eran rectos. Limpios.

Thali prefería dibujar en las portadas.

Irene cosía lento, como si cada puntada fuera una cuenta regresiva.

El almuerzo llegaba a la una.

Arroz. Carne guisada. Agua.

Nox comía sin prisa.

Las conversaciones en el comedor eran fragmentadas.

Don Ernesto hablaba de fechas antiguas.

Thali comentaba sobre el clima aunque no hubiera cambios visibles.

A las tres, sesión de lectura supervisada.

Un salón con estantes bajos.

Libros revisados previamente.

Nox eligió uno sin mirar mucho el título.

Se sentó cerca de la ventana alta.

Pasaba las páginas.

No siempre leía.

A veces solo observaba el movimiento mecánico de sus dedos.

El día avanzaba como un reloj sin manecillas visibles pero con ritmo constante.




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