Cartografía De Un Alma En Penumbra: Nox Tucker. #1

Epílogo

La llamada llegó a las 17:03.

Vicka estaba en la cocina cuando el teléfono comenzó a vibrar sobre la mesa. Había dejado la tetera encendida. El vapor empañaba el azulejo blanco detrás de la estufa. Afuera, el cielo estaba cubierto por una capa gris que amenazaba lluvia.

Miró el número desconocido en la pantalla.

Respondió.

—¿Bueno?

Hubo un silencio breve al otro lado. Luego una voz masculina, formal.

—¿La señora Vicka Torres?

—Sí.

—Le llamo del Hospital Psiquiátrico Judicial "Emil Kraepelin".

Vicka se apoyó en la mesa.

—¿Qué pasó?

Otro silencio. No fue largo, pero fue suficiente.

—Lamentamos informarle que su hija, Nox Elaine Tucker Torres, sufrió un incidente esta tarde.

Vicka no dijo nada.

—El personal activó los protocolos de emergencia inmediatamente.

El vapor de la tetera empezó a chillar con más fuerza.

—Se realizaron maniobras médicas.

La voz siguió con el mismo tono.

—No fue posible revertir la situación.

La tetera comenzó a vibrar por la presión. Vicka no la apagó.

—Hora del fallecimiento: dieciséis veintisiete.

El mundo no hizo ruido al romperse.

No hubo grito inmediato. No hubo caída. Solo una respiración que se quedó suspendida en el pecho.

—¿Está usted ahí, señora?

Vicka dejó caer el teléfono sobre la mesa. No colgó. No respondió. El vapor siguió saliendo hasta que el agua se evaporó por completo y el silbido cesó por falta de líquido.

La cocina quedó en silencio.

Sus manos empezaron a temblar después.

Tomó el teléfono otra vez.

—¿Dónde está mi hija?

La voz repitió la dirección. Le explicaron el procedimiento. Debía acudir al hospital para la identificación formal y los trámites correspondientes.

Vicka escuchó cada palabra.

Colgó.

La casa estaba ordenada. El sofá intacto. Las fotografías sobre el mueble del comedor seguían alineadas.

En una de ellas, Nox tenía siete años y sostenía un pastel de cumpleaños con velas encendidas. En otra, estaba en la playa, con el cabello largo movido por el viento.

Vicka tomó las llaves del cajón.

No recordó cómo llegó al hospital.

El edificio gris se levantaba detrás de una reja alta. El guardia de la entrada pidió identificación. Vicka mostró su credencial sin hablar.

La dejaron pasar.

El pasillo olía a desinfectante.

Una mujer de traje oscuro la esperaba cerca de la recepción.

—Señora Torres.

Vicka asintió.

—Soy la doctora Verónica Brooke, directora del hospital.

La doctora hablaba con voz baja.

—Lamento profundamente lo ocurrido.

Vicka no respondió.

Caminaron por un pasillo más largo. Las luces fluorescentes zumbaban levemente. El sonido de pasos retumbaba contra el piso pulido.

Una puerta metálica se abrió con tarjeta magnética.

La temperatura cambió.

Más frío.

Un hombre con bata blanca levantó la vista desde un escritorio.

—¿Es la madre?

La doctora asintió.

—Procederemos con la identificación.

Vicka sintió que sus piernas no le pertenecían.

La condujeron hacia una sala pequeña. Había una camilla cubierta con una sábana blanca.

El hombre tomó una esquina de la tela.

Vicka dio un paso adelante.

El rostro de Nox estaba inmóvil. Tranquilo. Sin tensión.

Vicka llevó la mano a su boca.

No gritó.

No retrocedió.

Se acercó más.

—Mi niña…

Sus dedos rozaron la frente fría.

—Nox…

La doctora habló con suavidad.

—¿Confirma que es su hija?

Vicka asintió sin mirar a nadie más.

Firmó documentos sin leerlos. Las letras parecían moverse en el papel.

Le preguntaron sobre servicios funerarios. Sobre traslado. Sobre pertenencias personales.

Una caja fue colocada frente a ella. Dentro estaban los libros, el cepillo, una prenda doblada.

Vicka tomó la caja.

La sostuvo contra su pecho.

Cuando salió del hospital, el cielo finalmente comenzó a llover.

El funeral fue pequeño.

Pocas personas acudieron. Algunos vecinos antiguos. Una mujer que había trabajado con Vicka años atrás. Nadie del hospital.

El ataúd era sencillo.

Vicka permaneció sentada en la primera fila durante toda la ceremonia. No apartó la mirada de la madera clara.

No hubo discursos largos.

El sacerdote habló de descanso y de paz.

La tierra cayó sobre el ataúd con un sonido hueco.

Vicka cerró los ojos cuando escuchó el primer golpe de pala.

No lloró ahí.

Se quedó de pie hasta que todos se fueron.

Luego regresó días después.

Y después otra vez.

La lápida fue colocada semanas más tarde.

De mármol gris claro.

Grabado profundo.

Nox Elaine Tucker Torres
2006–2025

Debajo, la frase que Vicka eligió tras muchas noches sin dormir:

Nadie comprendió.

Otros intentaron.

X permanece..”

Vicka pasó los dedos por las letras recién talladas.

El cementerio estaba casi vacío esa tarde. El viento movía las hojas secas entre las lápidas.

Se arrodilló frente a la tumba.

Apoyó la frente contra el mármol.

—Perdóname —susurró.

Sus hombros comenzaron a sacudirse.

Las lágrimas cayeron sobre la piedra fría.

—No supe cómo salvarte.

Se quedó así largo rato.

El silencio del cementerio no respondía.

El nombre grabado parecía más pesado que cualquier otra cosa en el mundo.

Vicka recordó cuando eligió ese nombre. Recordó la primera vez que la sostuvo en brazos. Recordó el primer día de escuela, el uniforme demasiado grande, las trenzas mal hechas.

Apoyó ambas manos sobre la tierra recién acomodada.

—Eras mi niña.

El viento se levantó un poco más fuerte.

Vicka no se movió.

Las horas pasaron.




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