Cartografía de un ideal fragmentado: Zelinna Gatti. #2

Capítulo V- Parte IV

La noche estaba tranquila en el vecindario.

Las luces de las casas iluminaban suavemente la calle, y dentro de la casa de Zelinna el ambiente parecía igual de calmado… al menos en apariencia.

Eran las diez y media de la noche.

Freya ya estaba dormida.

Viena estaba en su habitación con la puerta cerrada.

Zelinna estaba en la cocina terminando de guardar los últimos platos de la cena. El sonido del agua cayendo en el fregadero era lo único que rompía el silencio.

Miró el reloj en la pared.

Luego miró su teléfono.

No había mensajes nuevos.

Secó sus manos con una toalla y caminó hacia la sala.

Encendió una lámpara pequeña y se sentó en el sofá.

Pasaron diez minutos.

Luego quince.

A las once y diez finalmente escuchó el sonido de un automóvil detenerse frente a la casa.

Zelinna no se levantó.

Se quedó sentada.

La puerta se abrió.

Dereck entró.

Dejó las llaves sobre la mesa junto a la puerta.

—Hola.

Zelinna lo miró desde el sofá.

—Hola.

Dereck se quitó el saco.

—¿Las niñas ya están dormidas?

—Sí.

Dereck caminó hacia la cocina.

Abrió el refrigerador.

—¿Guardaste algo de cenar?

—Sí.

Sacó el plato que Zelinna había dejado cubierto.

Lo colocó en el microondas.

El sonido del aparato llenó el silencio.

Zelinna seguía sentada en la sala.

Cuando el microondas terminó, Dereck llevó el plato a la mesa y comenzó a comer.

Zelinna lo observó unos momentos.

Luego se levantó y caminó hacia la cocina.

Se sentó frente a él.

—Dereck.

—¿Sí?

—Tenemos que hablar.

Dereck siguió comiendo.

—¿Ahora?

—Sí.

Dereck dejó el tenedor sobre el plato.

—¿Qué pasa?

Zelinna lo miró directamente.

—¿Qué está pasando contigo?

Dereck frunció ligeramente el ceño.

—¿A qué te refieres?

—A todo.

—No entiendo.

Zelinna cruzó los brazos.

—Sales antes de que todos despertemos.

—Trabajo temprano.

—Llegas cuando todos están dormidos.

—Trabajo tarde.

Zelinna negó con la cabeza.

—Ya no hablas conmigo.

Dereck suspiró.

—Zelinna…

—Te cuento algo y dices que estás cansado.

Dereck tomó un poco de agua.

—Porque lo estoy.

—Siempre estás cansado.

—Trabajo todo el día.

Zelinna levantó la voz ligeramente.

—Yo también trabajo.

El silencio llenó la cocina por un momento.

Dereck la miró.

—Entonces sabes lo que es llegar agotado.

Zelinna apoyó las manos sobre la mesa.

—Pero aun así hablo contigo.

Dereck tomó el tenedor nuevamente.

—No quiero discutir.

Zelinna extendió la mano y detuvo el plato.

—No sigas comiendo.

Dereck levantó la mirada.

—Zelinna.

—No.

Su voz era firme.

—Vamos a hablar.

Dereck se recargó en la silla.

—¿Qué quieres que diga?

—La verdad.

—La verdad es que estoy trabajando mucho.

Zelinna negó lentamente.

—No es solo eso.

—Sí es eso.

—No.

Zelinna lo miró fijamente.

—Estás distante.

Dereck apartó la mirada.

—No.

—Sí.

El silencio volvió.

Zelinna continuó:

—Las niñas lo notan.

Dereck frunció el ceño.

—¿Qué?

—Freya te espera todas las noches.

Dereck no respondió.

—Y Viena ya ni pregunta si vas a llegar.

Dereck volvió a tomar el vaso de agua.

—Las cosas cambian.

Zelinna se inclinó hacia adelante.

—¿Cambian o tú las cambias?

Dereck dejó el vaso sobre la mesa.

—No empieces.

—No estoy empezando nada.

—Sí lo estás haciendo.

Zelinna respiró profundamente.

—Solo quiero entender qué pasa.

—Ya te lo dije.

—No me lo dijiste.

Dereck golpeó suavemente la mesa con la mano.

—¡Trabajo!

El sonido resonó en la cocina.

Zelinna no apartó la mirada.

—¿Desde cuándo el trabajo significa desaparecer?

Dereck se levantó de la silla.

—No desaparezco.

—Llegas cuando todos duermen.

—Porque estoy trabajando.

—¿Todos los días?

Dereck pasó una mano por su cabello.

—Sí.

Zelinna también se levantó.

—Antes no era así.

—Antes las cosas eran diferentes.

—¿Diferentes cómo?

Dereck caminó hacia la sala.

—No quiero seguir con esto.

Zelinna lo siguió.

—Pues vamos a seguir.

Dereck se detuvo.

—Zelinna.

—No.

Ella lo miraba con firmeza.

—No voy a ignorar esto.

Dereck suspiró.

—Es solo una etapa.

—Llevamos meses.

—Pasará.

—¿Cuándo?

Dereck no respondió.

Zelinna continuó:

—La casa se siente vacía.

Dereck giró hacia ella.

—Estoy aquí.

—No.

Su voz fue firme.

—No estás.

El silencio volvió a llenar la sala.

Zelinna habló nuevamente.

—Las niñas te necesitan.

—Estoy trabajando para ellas.

—Ellas no quieren dinero.

Dereck frunció el ceño.

—¿Qué?

—Quieren verte.

Dereck no respondió.

Zelinna bajó ligeramente la voz.

—Yo también.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire.

Dereck miró hacia el suelo.

Luego hacia la puerta.

Luego volvió a mirarla.

—No sé qué quieres que haga.

—Quiero que estés aquí.

—Estoy aquí.

—No lo estás.

El silencio se volvió pesado.

En la parte alta de las escaleras, Viena había abierto la puerta de su habitación.

No bajó.

Solo escuchaba.

Abajo, en la sala, la discusión continuaba.

Zelinna habló nuevamente.

—Si algo está pasando, dímelo.

Dereck levantó la mirada.

—No está pasando nada.

—Entonces compórtate como antes.

—No puedo.

Zelinna frunció el ceño.

—¿Por qué?

Dereck tardó unos segundos en responder.




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