Cartografía de un ideal fragmentado: Zelinna Gatti. #2

Capítulo VI- Parte III

El camino de regreso fue silencioso.

El auto avanzaba por las calles iluminadas de la ciudad mientras el ruido del motor llenaba el interior del vehículo.

Dereck conducía.

Zelinna estaba sentada en el asiento del copiloto mirando por la ventana.

Viena y Freya estaban en la parte trasera.

Ninguna de las niñas hablaba.

La música del auto estaba apagada.

El único sonido era el de los neumáticos contra el asfalto.

Freya rompió el silencio primero.

—¿Por qué nos fuimos tan rápido?

Zelinna no respondió.

Dereck miró hacia el frente.

—Era tarde —dijo finalmente.

Viena observó a sus padres a través del espejo retrovisor.

Había algo extraño en el ambiente.

Algo tenso.

—Pero apenas estábamos empezando —dijo Freya.

Zelinna cerró los ojos un momento.

—Estaba cansada.

Freya se recostó en el asiento.

—Ah.

El resto del camino continuó en silencio.

Cuando el auto se detuvo frente a la casa, nadie se movió durante unos segundos.

Dereck apagó el motor.

—Llegamos.

Viena abrió la puerta primero.

—Buenas noches.

Su voz fue corta.

Freya salió después.

—Buenas noches.

Las niñas entraron a la casa.

La puerta principal se cerró.

Dentro del auto quedaron Zelinna y Dereck.

El silencio se volvió pesado.

Dereck finalmente habló.

—Zelinna…

Ella abrió la puerta.

—Entra.

No lo miró.

Salió del auto y caminó hacia la casa.

Dereck la siguió.

Cuando entraron, Viena estaba en la sala.

Freya estaba subiendo las escaleras.

—¿Ya se van a dormir? —preguntó Zelinna.

—Sí —respondió Viena.

—Está bien.

Freya desapareció en el segundo piso.

Viena miró a sus padres.

—¿Todo bien?

Zelinna sostuvo su mirada.

—Sí.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Viena subió las escaleras lentamente.

La casa quedó en silencio.

La puerta de la última habitación se cerró.

Entonces Zelinna caminó hacia el centro de la sala.

Se quitó los zapatos.

Los dejó caer junto al sofá.

Dereck permanecía cerca de la puerta.

—Podemos hablar —dijo.

Zelinna se giró lentamente hacia él.

Su mirada era fría.

—Claro que vamos a hablar.

Caminó hacia la cocina.

Dereck la siguió.

Zelinna se detuvo frente a la mesa.

Se quedó de pie.

Dereck también.

—Zelinna…

Ella levantó la mano.

—No.

Su voz era baja.

—Primero voy a hablar yo.

Dereck guardó silencio.

Zelinna lo miró directamente.

—¿Cuánto tiempo?

Dereck frunció el ceño.

—¿Qué?

—¿Cuánto tiempo llevas acostándote con ella?

El silencio cayó sobre la cocina.

Dereck bajó la mirada.

—No es así.

Zelinna soltó una pequeña risa seca.

—No me mientas.

Dereck respiró profundamente.

—Zelinna…

—Te vi.

Las palabras salieron como un golpe.

—Te vi besarla.

Dereck no respondió.

Zelinna caminó alrededor de la mesa.

—Te escuché decir que estabas enamorado de ella.

El silencio era absoluto.

—Así que no me insultes con mentiras.

Dereck finalmente habló.

—No quería que lo supieras así.

Zelinna se detuvo.

Y entonces algo cambió en su rostro.

Una mezcla de incredulidad y furia apareció en sus ojos.

—¿Así?

Su voz subió de tono.

—¿ASÍ?

Golpeó la mesa con la mano.

—¿Cómo querías que lo supiera, Dereck?

Dereck dio un paso hacia ella.

—Cálmate.

—NO ME DIGAS QUE ME CALME.

El grito resonó en toda la casa.

Dereck se quedó inmóvil.

Zelinna comenzó a caminar de un lado a otro.

—¿Meses llegando tarde?

—¿Meses diciendo que estabas cansado?

—¿Meses mintiéndome en mi cara?

Dereck intentó hablar.

—Yo…

—¡CÁLLATE!

El grito fue tan fuerte que incluso las paredes parecieron vibrar.

Zelinna lo señalaba con el dedo.

—Yo estaba aquí.

—Con tus hijas.

—Esperándote.

Su voz temblaba ahora.

—Defendiéndote cuando ellas preguntaban por ti.

Dereck bajó la mirada.

Zelinna dio un paso más cerca.

—Mientras tú estabas con ella.

El silencio llenó el espacio.

Dereck levantó la cabeza.

—No quería que pasara.

Zelinna soltó otra risa amarga.

—¿No querías?

—No planeé enamorarme.

Zelinna se quedó completamente quieta.

Luego lo miró como si no lo reconociera.

—¿Enamorarte?

Repitió la palabra lentamente.

—¿Enamorarte?

Y entonces explotó.

Tomó el vaso que estaba sobre la mesa y lo lanzó contra la pared.

El vidrio se rompió con un estruendo.

—¡ESTÁS CASADO!

El grito resonó en la cocina.

—¡TIENES DOS HIJAS!

Dereck retrocedió un paso.

Nunca la había visto así.

Zelinna golpeó la mesa otra vez.

—¡Y tu solución fue enamorarte de otra mujer!

Su respiración era agitada.

Sus manos temblaban.

—¿Sabes qué es lo peor?

Dereck no respondió.

—Que te creí.

Su voz bajó.

Pero seguía cargada de rabia.

—Creí cada mentira.

Dereck habló en voz baja.

—Zelinna…

—No digas mi nombre.

El silencio volvió.

Luego Zelinna señaló hacia la puerta.

—Vete.

Dereck frunció el ceño.

—¿Qué?

—Escuchaste.

—Zelinna, podemos hablar—

—VETE.

El grito volvió a llenar la casa.

—VETE DE MI CASA.

Dereck negó con la cabeza.

—Esta también es mi casa.

Las palabras fueron un error.

Zelinna caminó directamente hacia él.

Sus ojos ardían.

—No.

Su voz fue fría.

—Esta es la casa donde viven MIS hijas.

—La casa donde yo te esperé cada noche.

Señaló la puerta nuevamente.

—Y tú ya decidiste irte.




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