Cartografía de un ideal fragmentado: Zelinna Gatti. #2

Capítulo VI- Parte IV

La casa estaba en silencio.

Un silencio distinto al de otras noches.

No era el silencio de una casa dormida.

Era un silencio pesado, inmóvil, como si el aire mismo se hubiera detenido.

Eran las once de la mañana.

Las cortinas de la sala estaban medio cerradas y solo una franja de luz atravesaba el espacio, iluminando el sofá donde Zelinna estaba sentada desde hacía horas.

Llevaba el mismo suéter que había usado la noche anterior.

Su cabello estaba recogido de manera descuidada.

En la mesa frente a ella había una taza de café completamente fría.

No la había tocado.

Desde el segundo piso se escuchaban pasos.

Viena bajó lentamente las escaleras.

Miró hacia la sala.

—Mamá.

Zelinna levantó la mirada.

—Sí.

—¿No vas a trabajar hoy?

—No.

Viena dudó un momento.

—¿Papá…?

Zelinna bajó la mirada.

—No vive aquí ahora.

El silencio llenó la habitación.

Viena se quedó inmóvil unos segundos.

Luego caminó hacia la cocina.

—¿Freya ya se despertó?

—Sí.

Freya apareció en las escaleras en ese momento.

—Tengo hambre.

Viena abrió el refrigerador.

—Hay pan.

Freya bajó.

Miró a su madre en el sofá.

—Mamá.

—Sí.

—¿Estás enferma?

Zelinna intentó sonreír.

—No.

Freya caminó hacia ella.

—Pareces triste.

Zelinna extendió el brazo y la abrazó.

—Estoy bien.

Freya apoyó la cabeza contra su hombro.

—¿Papá se fue de viaje?

Zelinna no respondió inmediatamente.

—Algo así.

Freya asintió lentamente.

Luego regresó a la cocina.

Viena estaba preparando tostadas.

—Siéntate —le dijo.

Freya se sentó.

—¿Papá volverá?

Viena no respondió.

Las horas pasaron lentamente.

Zelinna permanecía en el sofá.

A veces miraba el teléfono.

A veces simplemente miraba la pared.

Cerca del mediodía, el timbre de la casa sonó.

Nadie se movió al principio.

El timbre sonó nuevamente.

Viena miró hacia la puerta.

—Voy.

Caminó hasta la entrada y abrió.

Del otro lado estaba Mariana.

Llevaba un bolso grande y gafas oscuras.

—Hola.

Viena la reconoció inmediatamente.

—Hola, Mariana.

Mariana se quitó las gafas.

—¿Tu mamá está?

Viena señaló la sala.

—Sí.

Mariana entró.

Cuando Zelinna levantó la mirada y la vio, su expresión cambió ligeramente.

—Mariana.

Mariana dejó el bolso sobre una silla.

—Me enteré.

Zelinna no preguntó cómo.

Solo asintió levemente.

Mariana caminó hacia ella.

La observó unos segundos.

—Te ves terrible.

Zelinna soltó una pequeña risa sin humor.

—Gracias.

Mariana se sentó frente a ella.

—¿Cuándo pasó?

—Anoche.

Mariana abrió los ojos con sorpresa.

—¿Anoche?

—Sí.

—¿Y ya lo echaste?

Zelinna asintió.

—Sí.

Mariana soltó un silbido bajo.

—Vaya.

Freya apareció desde la cocina.

—¡Mariana!

Corrió hacia ella y la abrazó.

—Hola, pequeña.

—¿Trajiste chocolates?

Mariana sonrió.

—Claro.

Sacó una pequeña bolsa de su bolso.

Freya la tomó feliz.

—Gracias.

—Compártelos con Viena.

—Sí.

Las niñas regresaron a la cocina.

Mariana volvió su atención hacia Zelinna.

—Cuéntame.

Zelinna respiró profundamente.

—Lo descubrí en el evento de su trabajo.

—¿Con quién?

—Una compañera.

—¿Nombre?

—Fiona.

Mariana cruzó los brazos.

—La odio.

Zelinna la miró.

—Ni siquiera la conoces.

—No necesito hacerlo.

El silencio se instaló entre ambas por unos segundos.

Mariana habló nuevamente.

—¿Desde cuándo?

—Meses.

—Maldito.

Zelinna bajó la mirada.

—Lo escuché decir que estaba enamorado.

Mariana apretó la mandíbula.

—Qué cobarde.

Zelinna miró la taza de café frío.

—Todo este tiempo pensé que estaba cansado por el trabajo.

Mariana la observaba con atención.

—Y tú estabas aquí… creyéndole.

Zelinna asintió lentamente.

El silencio volvió a la sala.

Después de unos segundos Mariana habló con firmeza.

—Mírame.

Zelinna levantó la mirada.

—Esto no es tu culpa.

Zelinna negó suavemente.

—Tal vez si hubiera notado antes…

—No.

Mariana golpeó suavemente la mesa con la mano.

—No empieces con eso.

Zelinna suspiró.

—Llevamos tantos años.

—Y él decidió tirarlos a la basura.

Zelinna se quedó en silencio.

Mariana continuó:

—Pero te voy a decir algo.

Se inclinó ligeramente hacia ella.

—No vas a quedarte aquí destruida por él.

Zelinna no respondió.

Mariana señaló hacia la cocina donde se escuchaban las voces de las niñas.

—Tienes dos razones enormes para levantarte de ese sofá.

Zelinna miró hacia la cocina.

Freya estaba riendo por algo que Viena había dicho.

Mariana volvió a hablar.

—Y además…

Su voz se suavizó un poco.

—Tienes una vida entera que no depende de ese hombre.

Zelinna respiró lentamente.

Mariana tomó su mano.

—Te conozco desde la universidad.

Zelinna levantó la mirada.

—Eras la mujer más fuerte de esa facultad.

—Eso fue hace mucho.

—No.

Mariana negó con la cabeza.

—Sigue ahí.

El silencio volvió a instalarse.

Pero esta vez era distinto.

Menos pesado.

Mariana se levantó.

—Bien.

Zelinna frunció el ceño.

—¿Qué haces?

—Vamos a levantarte.

—No tengo ganas.

—No te pregunté si tienes ganas.

Zelinna soltó una pequeña risa cansada.

—Sigues siendo igual.

—Y tú vas a volver a ser la misma.

Mariana extendió la mano.




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