La mañana era clara.
El cielo estaba completamente despejado y la luz entraba con fuerza por las ventanas de la casa. En la cocina, el sonido de la cafetera llenaba el silencio.
Zelinna estaba de pie frente a la barra, sosteniendo una taza entre las manos.
No había probado el café.
Solo lo sostenía.
Viena bajó las escaleras con su mochila al hombro.
—¿Ya nos vamos?
Zelinna levantó la mirada.
—Sí.
Freya apareció detrás de ella, acomodándose el cabello.
—Hoy tengo examen.
—Te irá bien —dijo Zelinna.
Viena tomó una manzana de la mesa.
—¿Vas a trabajar hoy?
Zelinna dudó un segundo.
—Voy a salir.
—¿A dónde?
Zelinna tomó su bolso.
—A ver a un abogado.
El silencio se instaló un momento.
Viena asintió lentamente.
—¿Por lo del divorcio?
—Sí.
Freya miró a su madre.
—¿Eso ya es oficial?
Zelinna se acercó a ella.
—Lo será.
Freya bajó la mirada.
—Ah.
Zelinna acarició suavemente su cabello.
—Vamos, las llevo a la escuela.
—
El despacho estaba en un edificio sobrio del centro.
Un edificio de paredes claras, ventanales amplios y un letrero discreto en la entrada.
Zelinna subió por el elevador hasta el tercer piso.
Cuando las puertas se abrieron, un pasillo largo con varias oficinas se extendía frente a ella.
Al fondo, una recepción.
Una mujer levantó la mirada.
—Buenos días.
—Buenos días —respondió Zelinna.
—¿Tiene cita?
—Sí. Con la licenciada Kenny Belc.
La recepcionista revisó en la computadora.
—Claro. Puede tomar asiento, en un momento la reciben.
Zelinna se sentó en una de las sillas.
El lugar estaba en silencio.
Solo se escuchaba el sonido suave de teclas y papeles moviéndose.
Después de unos minutos, una puerta se abrió.
Una mujer salió.
Cabello oscuro recogido con precisión.
Traje sastre impecable.
Mirada firme.
—Zelinna.
Zelinna se levantó.
—Sí.
—Soy Kenny Belc.
Le extendió la mano.
—Mucho gusto.
Zelinna la estrechó.
—Igualmente.
—Pase.
Entraron a la oficina.
Era amplia, ordenada, con un escritorio de madera oscura y varios expedientes perfectamente acomodados.
Kenny señaló una silla.
—Siéntese.
Zelinna se sentó.
Kenny tomó una carpeta.
—Me comentaron brevemente su situación.
—Sí.
—Pero quiero escucharla de usted.
Zelinna respiró profundamente.
—Quiero iniciar un proceso de divorcio.
Kenny asintió.
—¿Motivo?
Zelinna no dudó.
—Infidelidad.
Kenny tomó una pluma.
—¿Tiene pruebas?
—Sí.
—¿Testigos?
Zelinna recordó el pasillo, la puerta, la escena.
—Yo lo vi.
Kenny levantó ligeramente la mirada.
—Eso es suficiente para iniciar.
Anotó algo en el expediente.
—¿Cuántos años de matrimonio?
—Más de diez.
—¿Hijos?
—Dos.
—¿Edades?
—Dieciocho y Dieciseis.
Kenny asintió.
—Bien.
Pasó la página.
—Ahora, necesito saber sobre los bienes.
Zelinna entrelazó las manos.
—Tenemos una casa.
—¿Está a nombre de ambos?
—Sí.
Kenny escribió.
—¿Cuentas, inversiones?
—Algunas.
—¿Y patrimonio familiar?
Zelinna dudó un momento.
—Mi padre… dejó una herencia.
Kenny levantó la mirada.
—¿A su nombre?
—Sí.
—¿Está en bienes compartidos?
—No.
Kenny dejó la pluma por un momento.
—Eso es importante.
Zelinna la observó.
—¿Por qué?
—Porque si está protegido como bien propio, no entra en la división.
Zelinna asintió lentamente.
Kenny retomó la pluma.
—¿Su esposo tiene acceso a esos bienes?
—No.
—Perfecto.
Continuó escribiendo.
—Ahora… custodia.
Zelinna habló con firmeza.
—Quiero la custodia de mis hijas.
Kenny la miró directamente.
—¿Su esposo está involucrado en su crianza?
Zelinna pensó en los últimos meses.
—Cada vez menos.
—¿Hay antecedentes de abandono, violencia o negligencia?
—No violencia.
—Pero sí ausencia.
Kenny anotó.
—Eso se puede trabajar.
Zelinna respiró profundo.
—No quiero que las saque de su entorno.
—Lo entiendo.
Kenny cerró la carpeta.
—Vamos a proceder con una demanda de divorcio por infidelidad, con solicitud de custodia para usted y protección de bienes propios.
Zelinna asintió.
—Está bien.
Kenny se levantó.
—Voy a preparar los documentos.
En ese momento, la puerta de la oficina se abrió ligeramente.
Una joven se asomó.
Cabello oscuro.
Mirada intensa.
—¿Interrumpo?
Kenny giró la cabeza.
—Un momento, Paula.
La joven entró.
—Solo necesito el expediente de la mesa.
Kenny señaló un archivo.
—Ese.
Paula caminó hacia el escritorio.
Mientras tomaba el expediente, sus ojos se cruzaron con los de Zelinna.
La observó unos segundos.
Como si analizara algo.
—¿Divorcio? —preguntó sin rodeos.
El ambiente cambió ligeramente.
Kenny respondió con tono firme.
—Paula.
—¿Qué? —dijo la joven sin apartar la mirada de Zelinna.
—Solo pregunto.
Zelinna sostuvo su mirada.
—Sí.
Paula inclinó ligeramente la cabeza.
—Entonces no dude.
Kenny frunció el ceño.
—Paula.
La joven tomó el expediente.
—Las dudas son lo único que arruina estos procesos.
Zelinna la observó.
Paula continuó:
—Si ya decidió, termine lo que empezó.
El silencio quedó suspendido.
Luego Paula caminó hacia la puerta.
Antes de salir, habló sin voltear:
—No se quede a medias.
La puerta se cerró.
Kenny suspiró levemente.
—Disculpe.