La mañana llegó… pero no trajo calma.
La casa estaba en silencio, pero no era un silencio tranquilo.
Era un silencio firme. Decidido. Como si algo ya hubiera tomado forma durante la noche.
Zelinna estaba en la cocina.
Sentada.
Frente a las flores.
Ya no las tocaba.
Ya no las miraba como antes.
Ahora… simplemente estaban ahí.
Freya entró.
—¿No dormiste?
—No.
—Se nota.
Zelinna no respondió.
Viena apareció detrás.
—¿Va a venir hoy?
Zelinna levantó la mirada.
—¿Quién?
—Papá.
Silencio.
—No sé.
Pero en ese mismo momento tocaron la puerta.
Las tres se quedaron quietas.
Freya suspiró.
—Ahí está.
Zelinna se levantó.
Caminó hacia la puerta.
Sin prisa.
Sin duda.
Abrió.
Dereck.
Sin sonrisa esta vez.
Sin actitud relajada.
—Tenemos que hablar —dijo.
Zelinna lo miró.
—No.
El golpe fue inmediato.
Dereck frunció el ceño.
—¿Qué?
—No.
—Zelinna—
—No hay nada que hablar.
Silencio.
—Sí lo hay.
—No.
—Sí.
—No —repitió—. Lo que teníamos que hablar… ya pasó.
Dereck dio un paso hacia adelante.
—No lo cerramos.
Zelinna no se movió.
—Yo sí.
Silencio.
—No puedes decidir eso sola.
Zelinna lo miró directo.
—Sí puedo.
El aire se tensó.
—Soy tu esposo.
Zelinna negó.
—No. Eso se terminó. Firmamos los dos.
—No.- insistió- Porque no se trata de papeles.
Silencio.
—Entonces ¿de qué se trata?
Zelinna dio un paso hacia afuera.
Cerró la puerta detrás de ella.
Ahora estaban solos.
—Se trata de decisiones.
—¿Qué decisiones?
—Las que tú tomaste.
Dereck la miró.
—No fue así.
—Sí lo fue.
—No.
—Sí —dijo, firme—. Tú decidiste.
Silencio.
—Yo no quise que pasara así.
—Pero pasó.
—Podemos arreglarlo.
Zelinna soltó una pequeña risa.
—No.
—Sí. Aún podemos.
—No —insistió—. Ya no.
El tono ya no tenía duda.
Dereck dio otro paso.
—Te extraño.
Zelinna no reaccionó.
—Mucho.
Nada.
—Y sé que tú también.
Zelinna negó.
—No.
—Sí.
—No —repitió—. Y deja de decir eso.
Silencio.
—Antes sí.
Zelinna lo miró.
—Antes no importa.
—Sí importa.
—No —insistió—. Porque tú lo rompiste.
El golpe fue directo.
Dereck se quedó quieto.
—No fui solo yo.
—Sí —dijo—. Tú solito fuiste. ¿Sabes por qué?- preguntó Zelinna- Porque solo pensaste en ti, no en lo que nosotros teníamos, no en nuestras hijas, solo pensaste en tí.
Silencio.
—Yo no te obligué a nada.
—No.
—Entonces—
—Pero lo hiciste.- interrumpió Zelinna
Dereck frunció el ceño.
—¿Qué?
—Me obligaste a entender quién eras verdaderamente.
El silencio cayó.
—Y no me gustó.
Dereck bajó la mirada un segundo.
—No soy ese.
—Sí eres.
—No.
—Sí —insistió—. Y ya lo vi.
Silencio.
—La gente cambia.
—Sí.
—Entonces—
—Pero tú no.
El golpe fue seco.
—¿Cómo que no?
—No.
—Estoy aquí. Estoy intentando.
—Sí.
—Entonces sí cambié.
Zelinna negó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque llegaste tarde.
El silencio se volvió pesado.
—Nunca es tarde.
—Sí lo es.
—No.
—Sí —repitió—. Porque ya no quiero.
Esa fue la diferencia.
No duda.
No enojo.
Decisión.
Dereck se quedó quieto.
—¿Ya no quieres… qué?
—Nada contigo.
El aire se rompió.
—Eso no es verdad.
—Sí lo es.
—No.
—Sí.
Silencio.
—¿Y tus hijas?
Zelinna sostuvo su mirada.
—Son tus hijas también.
—Entonces—
—Pero tú y yo no somos nada.
El golpe fue final.
Dereck retrocedió un paso.
—No puedes borrar todo.
—No lo estoy borrando.
—Entonces—
—Lo estoy aceptando.
Silencio.
—Y aceptarlo… es dejarlo.
Dereck la miró.
—Yo no lo voy a dejar.
Zelinna asintió.
—Eso es tu problema.
—No es solo mío.
—Sí.
—No.
—Sí —insistió—. Porque yo ya decidí.
Silencio.
—No vuelvas a mandarme flores.
Dereck levantó la mirada.
—Te gustaron.
—No.
—Sí.
—No —repitió—. Y aunque me gustaran… no cambia nada.
El mensaje fue claro.
—No vuelvas a venir sin avisar.
—Tengo derecho.
—No —insistió—. Tienes derecho a ver a tus hijas, el derecho de venir a esta casa lo perdiste el día que me engañaste.
Silencio.
—No tienes derecho a invadir mi vida.
El aire se volvió denso.
—Esto también era tu vida.
—Ya no.
—Sí.
—No —repitió—. Eso también lo rompiste tú.
El silencio final cayó.
Sin espacio para más.
Dereck la miró por última vez.
—No te voy a dejar.
Zelinna sostuvo su mirada.
—Yo ya me fui.
Esa frase cerró todo.
Dereck no respondió.
No pudo.
Se giró.
Se fue.
La puerta se cerró.
Zelinna se quedó ahí.
De pie.
Respiró hondo.
Y por primera vez no dolía igual.
No porque no importara.
Sino porque ya había terminado.
Volvió a entrar.
Freya y Viena la miraron.
—¿Todo bien? —preguntó Freya.
Zelinna asintió.
—Sí.
Viena dudó.
—¿De verdad?
Zelinna miró hacia la cocina.
Las flores.
Se acercó.
Las tomó.
Las sostuvo unos segundos.
Y luego las dejó en el bote de basura.
Sin dudar.
Sin mirar atrás.