Cartografía de un ideal fragmentado: Zelinna Gatti. #2

Capítulo XI- Parte I

La tarde estaba pesada.

No hacía calor… pero el aire se sentía denso.

Como si algo estuviera a punto de romperse.

Zelinna estaba en la cocina.

Sin flores.

El jarrón vacío seguía en la mesa.

No lo había quitado.

Pero tampoco lo había vuelto a usar.

Freya estaba sentada en la barra.

—¿Hoy viene?

Zelinna no levantó la mirada.

—No sé.

—Dijo que iba a pasar.

—No sé.

—Mamá…

Zelinna suspiró.

—No sé, Freya.

Viena apareció desde el pasillo.

—Ojalá no venga.

—Viena… —murmuró Freya.

—¿Qué? —respondió ella—. Es incómodo.

Zelinna levantó la mirada.

—Es su papá.

—Sí.

—Entonces…

—Pero no tiene que venir todos los días.

Silencio.

—No viene todos los días —dijo Zelinna.

—Pero cuando viene… —Viena dudó— todo se siente raro.

Freya bajó la mirada.

—Sí.

Zelinna no respondió.

El sonido de un auto afuera.

Las tres se quedaron quietas.

—Ya llegó —dijo Freya, sin emoción.

Zelinna cerró los ojos un segundo.

—Vayan a su cuarto.

—¿Por qué?

—Porque quiero hablar con él.

—No me gusta eso —dijo Viena.

—A mí tampoco —respondió Zelinna—. Pero vayan.

Ambas subieron.

La puerta sonó.

Zelinna caminó hacia ella.

No respiró hondo.

No dudó.

Abrió.

Dereck.

Esta vez no había sonrisa.

—Tenemos que hablar —dijo.

Zelinna se hizo a un lado.

—Pasa.

Entró.

No miró la casa.

No miró alrededor.

Fue directo.

—¿Dónde están las niñas?

—Arriba.

—Quiero verlas.

—Después.

Silencio.

—¿Por qué?

—Porque primero vas a hablar conmigo.

Dereck la miró.

—Está bien.

Se dirigieron a la cocina.

El jarrón vacío estaba ahí.

Dereck lo vio.

—¿Ya no te gustan las flores?

Zelinna no respondió.

—Las tiraste.

—Sí.

—Qué mal.

—No.

Silencio.

Dereck se apoyó en la encimera.

—Te estás cerrando.

—No.

—Sí.

—No —repitió—. Me estoy cuidando.

El aire se tensó.

—¿De mí?

—Sí.

Silencio.

Dereck soltó una risa breve.

—No soy tu enemigo.

Zelinna lo miró.

—No.

—Entonces—

—Pero tampoco eres alguien en quien confíe.

El golpe fue directo.

Dereck apretó la mandíbula.

—Eso va a cambiar.

—No.

—Sí.

—No —insistió—. Ya no.

Silencio.

Dereck se enderezó.

—¿Vas a seguir así?

—¿Así cómo?

—Cortándome.

—Sí.

—No puedes hacer eso.

—Ya lo hice.

El aire se volvió más pesado.

—Son mis hijas.

—Sí.

—Entonces tengo derecho.

—Sí.

—Entonces—

—Pero no conmigo

El silencio fue inmediato.

—No puedes separarlo.

—Sí puedo.

—No.

—Sí —repitió—. Porque tú lo separaste primero.

Dereck la miró fijo.

—No metas a las niñas en esto.

Zelinna dio un paso al frente.

—No las estoy metiendo.

—Sí.

—No —dijo—. Estoy poniendo límites.

Silencio.

Dereck cambió el tono.

Más frío.

Más firme.

—Te estás equivocando.

Zelinna no reaccionó.

—No.

—Sí.

—No —insistió—. Ya no.

Silencio.

—No me estás dejando opción.

Zelinna frunció el ceño.

—¿Qué?

—No me estás dejando opción.

—¿Opción de qué?

Dereck dio un paso más cerca.

—De hacer las cosas bien.

—Ya las hiciste.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí —repitió—. Y no salieron bien.

Silencio.

Dereck la miró.

—Entonces las voy a hacer de otra forma.

Zelinna no se movió.

—¿Qué quieres decir?

El silencio se alargó.

—Que si tú no entiendes…

Pausa.

—voy a hacer que entiendas.

El aire se volvió pesado.

—No te entiendo.

—Sí me entiendes.

—No.

—Sí —insistió—. Y sabes a qué me refiero.

Silencio.

Zelinna sostuvo su mirada.

—Dilo.

Dereck no dudó.

—Te puedo quitar a las niñas.

El mundo se detuvo.

No hubo ruido.

No hubo movimiento.

Solo esa frase.

—¿Qué?

—Lo que escuchaste.

—No te atrevas.

—Sí lo haré

—No.

—Sí.

—No —repitió—. No digas eso.

—Es la verdad.

—No.

—Sí —insistió—. Puedo hacerlo.

El aire se volvió irrespirable.

Zelinna dio un paso atrás.

—No te atrevas.

—No me estás dejando opción.

—Sí la tienes.

—No.

—Sí —dijo—. Y la estás eligiendo.

Silencio.

Dereck bajó la voz.

—No voy a dejar que me saques de sus vidas.

—No lo estoy haciendo.

—Sí.

—No —insistió—. Tú estás confundiendo las cosas.

—No- dijo Zelinna.

—Sí.

—No.

—Sí.

El ritmo subía.

—No te voy a permitir que traigas hombres a esta casa.

El golpe fue inmediato.

—No tienes derecho.

—Sí lo tengo.

—No, no lo tienes.

—Sí.

—No —repitió—. No vuelvas a decir eso.

—Entonces deja de hacerlo.

—No.

—Sí.

—No —insistió—. No decides sobre mi vida.

Silencio.

Dereck la miró.

—Pero sí sobre mis hijas.

—No.

—Sí.

—No —repitió—. No de esa forma.

Silencio.

—Esto no se va a quedar así.

—No tiene que quedarse así.

—Entonces arréglalo.

—No.

—No —insistió—. No voy a regresar contigo.

Silencio.

Dereck apretó la mandíbula.

—No te estoy pidiendo eso.

—Sí lo estás haciendo.

—No.

—Sí —insistió—. Y no va a pasar.

Silencio.

—Entonces prepárate.

Zelinna frunció el ceño.

—¿Para qué?

—Para lo que sigue.

El aire se congeló.

—No hagas esto.

—Tú lo estás haciendo.

—No.

—Sí.

—No —insistió—. Tú estás cruzando una línea.




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