Cartografía de un ideal fragmentado: Zelinna Gatti. #2

Capítulo XI- Parte II

La mañana estaba nublada.

No llovía… pero parecía que en cualquier momento lo haría.

El cielo gris caía sobre la ciudad como una advertencia.

Dereck estaba en su auto.

Apagado.

Estacionado frente a un edificio que no visitaba desde hacía años.

Un edificio serio.

De líneas rectas.

Con placas en la entrada.

Nombres.

Despachos.

Se quedó unos segundos más dentro.

Mirando el volante.

Sin moverse.

Luego tomó aire.

Abrió la puerta.

Salió.

Caminó hacia la entrada.

No dudó.

Dentro el ambiente era frío.

Ordenado.

Silencioso.

Una recepcionista levantó la mirada.

—Buenos días.

—Buenos días.

—¿Tiene cita?

—Sí.

—¿Nombre?

—Dereck…

Pausa.

—Dereck Salvatierra.

La mujer revisó en la computadora.

—Sí, claro. Pase.

Le indicó el pasillo.

Dereck caminó.

Cada paso sonaba más fuerte de lo normal.

Se detuvo frente a una puerta.

Tocó.

—Adelante.

Entró.

Un hombre estaba detrás de un escritorio.

Traje oscuro.

Ordenado.

—Dereck.

—Licenciado.

Se dieron la mano.

—Siéntate.

Dereck obedeció.

Silencio breve.

—¿En qué puedo ayudarte?

Dereck no dio vueltas.

—Quiero iniciar un proceso de custodia.

El abogado no reaccionó de inmediato.

—¿De tus hijas?

—Sí.

—¿Cuántas?

—Dos.

—¿Nombres y edades?

—Freya y Viena de 15 y 17.

El hombre asintió.

—Bien… ¿custodia compartida o total?

Dereck sostuvo su mirada.

—Total.

El silencio cambió.

—Eso es más complejo.

—Lo sé.

—¿Hay antecedentes?

—No.

—¿Problemas legales previos?

—No.

—¿Violencia?

—No.

—¿Abandono?

—No.

El abogado entrelazó las manos.

—Entonces explícame por qué quieres la custodia total.

Dereck no dudó.

—Porque no estoy de acuerdo con el entorno en el que están.

—¿A qué te refieres?

—A la forma en que su mamá está manejando las cosas.

—Necesito algo más concreto.

—Está metiendo personas a la casa.

—Eso no es ilegal.

—No.

—Entonces no es suficiente.

Silencio.

Dereck apretó la mandíbula.

—No es solo eso.

—Entonces dime.

—No hay estabilidad.

—Explícame.

—Todo cambió.

—¿Cómo?

—De un día a otro.

—Eso tampoco es suficiente.

Silencio.

—Necesito argumentos sólidos —continuó el abogado—. No opiniones.

Dereck lo miró.

—Yo puedo darles estabilidad.

—Eso ayuda.

—Puedo darles un mejor entorno.

—Eso también.

—Puedo estar más presente.

—Bien.

Pausa.

—Pero necesito más.

Dereck respiró hondo.

—No quiero que crezcan en ese ambiente.

—¿Qué ambiente?

—Uno donde yo no estoy.

El abogado lo observó.

—Eso no es argumento legal.

Silencio.

—Entonces dame uno.

El abogado se recargó en la silla.

—Podemos trabajar con la idea de que buscas lo mejor para ellas.

—Lo es.

—Y que consideras que puedes ofrecer mayor estabilidad.

—Sí.

—Pero no puedes basarlo en celos o desacuerdos personales.

Dereck no respondió.

—¿Entiendes?

—Sí.

—Porque eso se cae.

—No se va a caer.

—Si lo planteas mal, sí.

Silencio.

—Entonces hazlo bien.

El abogado asintió.

—Vamos a solicitar custodia compartida con intención de ampliarla.

—No.

—Es lo más viable.

—No.

—Sí —insistió—. Es estrategia.

Dereck apretó la mandíbula.

—Quiero la total.

—Y yo quiero que ganes.

Silencio.

—Si pedimos todo desde el inicio, es más difícil.

—No me importa.

—Debería.

—No.

—Sí —dijo—. Porque si pierdes, pierdes más.

El silencio se volvió pesado.

Dereck bajó la mirada.

—Entonces ¿qué propones?

—Empezar con custodia compartida.

—No.

—Sí.

—No —repitió—. No quiero compartir.

El abogado lo miró fijo.

—Esto no se trata de lo que quieres.

Silencio.

—Se trata de lo que puedes probar.

El golpe fue directo.

Dereck se quedó quieto.

—Entonces pruébalo.

—Eso estamos haciendo.

Silencio.

—Vamos a iniciar el proceso.

—Hazlo.

—¿Seguro?

—Sí.

—Una vez que empieza… no se detiene fácil.

—Hazlo.

El abogado asintió.

Abrió un expediente.

—Necesito datos.

Dereck empezó a hablar.

Nombres. Direcciones. Fechas.

Cada palabra quedaba registrada.

Cada detalle… tomaba forma.

—Esto va a llegarle.

—Lo sé.

—¿Estás listo para eso?

Dereck no dudó.

—Sí.

Silencio.

—Porque va a reaccionar.

—Lo sé.

—Y no va a ser bonito.

—No me importa.

—Debería.

—No.

—Sí —insistió—. Porque esto ya no es personal.

Pausa.

—Es legal.

El ambiente se volvió más frío.

Más firme.

Más definitivo.

—Entonces empieza.

El abogado firmó.

—Ya empezó.

Silencio.

Dereck se levantó.

—Te aviso cuando tengamos respuesta.

—No.

El abogado lo miró.

—Yo te aviso.

Dereck asintió.

Salió.

El pasillo se sintió más largo.

Más pesado.

Más real.

Cada paso… lo alejaba de una posibilidad… y lo acercaba a otra.

Afuera el cielo seguía gris.

Y esta vez sí empezó a llover.

Gotas suaves.

Constantes.

Dereck se detuvo junto a su auto.

Miró hacia arriba

Cerró los ojos un segundo.

Luego entró.

Encendió el motor.

Y se fue.

Sin mirar atrás.

Mientras tanto en la casa de Zelinna todo seguía en calma.

Demasiado en calma.

Porque aún no sabía que todo ya había cambiado.

Y que lo siguiente no iba a poder detenerlo.




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