Adler
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Antes, las mañanas tenían un ritmo.
No era silencio, nunca lo fue con tres niñas, pero había una especie de orden invisible. Una coreografía que yo jamás aprendí porque nunca fue necesario. Ella se encargaba de todo con una facilidad que hoy me parece sobrehumana: el desayuno caliente, los lonches perfectamente acomodados, los peinados idénticos, la ropa combinada, las mochilas listas junto a la puerta.
Yo solo besaba tres frentes y tomaba café.
Ahora soy yo el que corre de un lado a otro como si la casa estuviera en llamas.
—¡Papá! —grita Ava desde el baño—. ¡Alma me está copiando el peinado!
—¡No te estoy copiando! —responde Alma, ofendida—. Mamá hacía dos coletas, no una.
—¡Papá! —Aria aparece en la cocina con el cabello completamente suelto—. No quiero que se me hagan nudos.
Miro el reloj.
06:47 a.m.
Todavía tengo que hacer desayuno, preparar los lonches, vestirlas, peinarlas y salir de casa en menos de cuarenta minutos. Sonrío con ironía. Antes de ellas, eso habría sido imposible. Ahora… sigue siéndolo, pero no tengo opción.
—Una cosa a la vez —me digo en voz baja.
Pongo el sartén en la estufa y rompo los huevos con demasiada fuerza. La cáscara cae dentro. Suspiro. La retiro con cuidado mientras el aceite empieza a chisporrotear.
El aroma me devuelve un recuerdo que no pedí.
Ella cantando bajito.
El sonido de los platos.
Las niñas sentadas a la mesa, riéndose por cualquier cosa.
Sacudo la cabeza. No es momento.
—Papá —dice Alma, apoyándose en el marco de la puerta—. Hoy toca fruta cortada en forma de estrella.
—Hoy toca fruta… en forma de fruta —respondo, intentando bromear.
No se ríe.
Alma siempre ha sido así. La más observadora, la que nota los cambios, la que no deja pasar nada. Se parece demasiado a su madre en eso. Mismos ojos, misma expresión seria cuando algo no le gusta.
Ava aparece detrás de ella, brincando.
—¡A mí no me importa la forma! —dice—. Solo quiero jugo. Mucho.
Aria no dice nada. Se sienta en la silla más cercana a la cocina y me observa con atención, como si estuviera memorizando cada movimiento. Es la que más me preocupa. La que guarda sus emociones en silencio.
Los huevos empiezan a oler mal.
—Mierda… —murmuro.
—Papá dijo una palabra fea —anuncia Ava, encantada.
Apago el fuego demasiado tarde. El fondo del sartén está negro. Lo dejo en el fregadero con más fuerza de la necesaria.
—Está bien —digo—. Sandwiches fríos hoy.
—Mamá hacía calientes —dice Aria, sin reproche. Solo como un hecho.
Asiento.
—Lo sé, amor.
Preparo los lonches lo mejor que puedo. Pan, jamón, queso. Nada aesthetic. Nada bonito. Solo… comida. Meto todo en las loncheras idénticas que ella eligió antes de irse. Rosa claro, con pequeños corazones.
Me arrodillo frente a Aria con el cepillo en la mano.
—Prometo no jalar —le digo.
—Eso decía la otra niñera —susurra.
Aprieto los labios.
La primera niñera duró tres días. La segunda, cinco. Ambas dijeron lo mismo: son lindas, pero muy demandantes. No las culpo. Mis hijas no necesitan a alguien que las cuide. Necesitan a alguien que no se vaya.
Intento hacer una trenza. Sale torcida. Aria no se queja, pero sé que no le gusta.
—Papá —dice Ava—. Mi calceta no combina.
—Ninguna combina —respondo—. Eso las hace especiales.
—Mamá las combinaba —dice Alma—. Mamá nos planchaba los cuellos. Mamá cortaba la fruta en forma de dinosaurio.
El teléfono empieza a vibrar sobre la encimera.
Lo ignoro, porque justo ahora estoy ocupado intentando que la coleta alta de mi pequeña Aria quedé tan alta como ella, sin embargo, mi intento es fallido, cuando estoy por terminar algún cabello se ha salido de su lugar y debo comenzar de nuevo.
—Lo sé cariño, mamá lo hacía mejor, pero me estoy esforzando, se los juro.
Vuelve a timbrar el movil, pero esta vez es mucho más insistente, por lo que vuelvo a ignorarlo.
Sigo peinando. Me concentro. Cuando termino, Aria se mira en el espejo y sonríe apenas. Es suficiente para mí.
El teléfono vuelve a vibrar.
Lo tomo. Veo el nombre y el nudo en el estómago aparece de inmediato.
—¿Es tu jefe? —pregunta Alma con los ojos abiertos de par en par. Por un segundo me recuerda a su madre y un nudo se me forma en la garganta.
—Sí — respondo con dificultad.