Adler
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No sé en qué momento manejar se convierte en un deporte extremo.
Tengo a Alma corrigiendo mi forma de tomar el volante, a Ava cantando algo que suena como una mezcla entre una canción infantil y una versión acelerada del himno nacional, y a Aria preguntándome si los peces también van a la escuela.
—No creo que los peces necesiten matemáticas —respondo, girando en la esquina hacia el colegio.
—¿Y si quieren contar burbujas? —insiste Aria.
Eso me desarma.
Sonrío.
Son seis años de existencia y ya tienen mejores argumentos que muchos adultos.
Me estaciono frente al colegio. Bajo el freno de mano. Respiro. Es ese momento del día en el que finjo que todo está bajo control.
—Muy bien —anuncio—. Mochilas listas.
Abro la puerta trasera y el caos se despliega.
Ava sale primero, como siempre. Se baja del auto antes de que termine de abrirle la puerta y casi tropieza con su propia mochila.
—Despacio —le digo.
—¡Estoy tarde! —grita, como si fuera ejecutiva en una junta importante.
Alma sale después, más compuesta. Pero cuando la miro mejor… noto el primer detalle.
Calcetas distintas.
Una blanca con corazones.
La otra rosa con rayas.
Cierro los ojos un segundo.
—Papá —dice Alma con seriedad—. No combinan.
—Son artísticas —respondo.
Ella entrecierra los ojos. Esa mirada. Esa exacta mirada la usaba su madre cuando yo intentaba convencerla de que pedir pizza tres veces por semana era variación gastronómica.
Aria baja al final. Se acomoda la mochila con cuidado. Su cabello, que yo juraría haber dejado en una trenza decente, ahora parece haber sobrevivido a una tormenta.
Para mí estaba perfecto, para el mundo, quizá no.
—Papá —dice en voz baja, acercándose otra vez al auto—. ¿Así está bonito?
Me inclino hacia ella y acomodo un mechón que se rebela inmediatamente.
—Está perfecto.
Ella sonríe, satisfecha, y se une a sus hermanas.
Las observo caminar hacia la entrada del colegio. Una tras otra. Tres versiones casi idénticas, pero tan distintas si sabes mirar.
Ava corre y se adelanta, Alma camina recto, postura impecable y Aria voltea antes de entrar y me saluda con la mano.
Levanto la mía.
Y entonces lo veo.
La falda de Alma está mal abotonada.
El suéter de Ava está al revés.
Aria lleva el moño del uniforme medio torcido.
Trago saliva.
Otras madres están agachadas frente a sus hijos, ajustando cuellos, limpiando mejillas, dando últimos retoques perfectos.
Mi Sara solía hacerlo cada mañana.
Y yo, solo estoy dentro del auto, preguntándome cómo tres calcetas distintas lograron vencerme.
—Vamos, Adler —murmuro, apoyando la frente contra el volante—. Esto no puede seguir así.
Y las tres llevan loncheras que, comparadas con las de las otras niñas, parecen… funcionales.
Nada de estrellas, nada de notas, nada de magia.
—Genial, Adler —murmuro—. Padre del año.
Me quedo mirando hasta que desaparecen dentro del edificio y es ahí cuando la sensación me golpea con claridad brutal.
Si no encuentro ayuda pronto, voy a fallarles.
Conduzco sin radio. Necesito silencio.
Mi jefe fue claro. El lunes me quiere de regreso a tiempo completo. No medio día, no desde casa, no cuando puedas.
Completo.
Me río solo.
¿Completo?
No recuerdo la última vez que estuve completo.
Entre las niñas, las citas médicas, las reuniones escolares, la casa, la comida, los intentos fallidos de trenzas y los huevos quemados apenas logro sobrevivir.
Necesito una niñera.
Pero no cualquiera.
Las últimas dos salieron huyendo como si esta casa estuviera embrujada.
Y, siendo honestos, un poco lo está.
Con tres pequeños torbellinos en casa, todo se torma un poco más complicado. En especial encontrar una niñera que quiera aceptar el empleo de cuidar a tres pequeñas niñas.
Por un segundo considero continuar buscando en algunas agencias, pero en la mayor parte de ellas las políticas son; cuidar menos de dos pequeños por niñera, así que estaba perdido. Necesitaba ayuda para encontrar otro plan y no había nadie mejor que mi cuñada.
Conduzco hasta la universidad de Sofía sin pensarlo demasiado. Es la única persona que todavía entiende este caos desde dentro.