Emma
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No me gusta cuando las decisiones dejan de ser ideas y se convierten en planes.
Las ideas son cómodas.
Los planes implican levantarse temprano, vestirse, subirse a un auto y dirigirse a un lugar donde alguien va a decidir si sirves o no para algo.
Y eso es exactamente lo que está pasando ahora.
Estoy sentada en el asiento del copiloto del auto de de mi hermano, con las manos entrelazadas sobre mis piernas, mirando por la ventana como si el paisaje fuera lo más interesante del mundo, cuando en realidad lo único que estoy haciendo es pensar demasiado.
Matt maneja con una mano sobre el volante y la otra apoyada en la puerta. Siempre maneja así, como si estuviera en un comercial de autos o como si la vida fuera más fácil de lo que realmente es.
—Estás muy callada —dice sin mirarme.
—Estoy pensando.
—Eso nunca es buena señal.
—Estoy pensando que tal vez no debería hacer esto.
Matt suspira, pero no suena molesto. Suena como alguien que ya esperaba esa respuesta.
—Emma, solo es una entrevista.
—Es una entrevista para cuidar tres niñas.
—Sí.
—Tres.
—Sé contar, gracias.
Lo miro.
—No es lo mismo cuidar a un niño que a tres al mismo tiempo. Y menos si son trillizas. Eso suena como una película de comedia donde todo sale mal.
Matt sonríe un poco.
—Sof dice que son muy bonitas.
—Eso no ayuda. Los niños bonitos también pueden ser demonios.
Matt se ríe ahora sí.
—No vas a ir a una guerra, Emma. Solo vas a hablar con el papá, ver la casa, conocer a las niñas y ya decides.
Vuelvo a mirar por la ventana.
Las casas empiezan a cambiar conforme avanzamos. Las calles son más tranquilas, los árboles más grandes, las banquetas más limpias. Es una zona bonita, familiar, de esas donde la gente probablemente se conoce entre vecinos y hay bicicletas en los jardines.
Eso me pone un poco más nerviosa.
Esto ya se siente real.
—¿Cómo es él? —pregunto.
—¿Quién?
—El papá.
Matt se encoge de hombros.
—No lo conozco. Solo sé lo que Daniel me dijo.
—¿Y qué te dijo?
—Que está desesperado.
Eso me hace reír un poco.
—Eso tampoco ayuda.
—Que trabaja mucho. Que intenta hacer todo él solo. Que las niñas no quieren niñera.
—Perfecto —digo—. O sea que voy a llegar a un lugar donde nadie quiere que esté.
—No es que no quieran —dice Matt—. Es que quieren a su mamá.
Eso me deja en silencio.
No había pensado en eso de esa forma tan directa. Claro que lo sabía, pero no lo había pensado realmente. No es lo mismo saber algo que imaginarlo.
Tres niñas.
Sin su mamá.
Un papá intentando hacer lonches, peinar cabello, trabajar, limpiar, todo al mismo tiempo.
De repente el trabajo ya no parece solo un trabajo.
—¿Y si no les caigo bien? —pregunto en voz baja.
Matt voltea a verme rápido y luego vuelve la mirada al camino.
—Les vas a caer bien.
—No sabes eso.
—Sí lo sé.
—¿Por qué?
—Porque siempre le caes bien a los niños, ellos te adoran, eres una muy linda chica, van amarte demasiado.
Pienso en eso.
En mis primos. En los hijos de las amigas de mi mamá. En la niña del vecino que siempre venía a enseñarme sus dibujos.
Supongo que nunca he tenido problemas con los niños. Me gusta hablar con ellos como si fueran personas normales, no como si fueran tontos. Me gusta escuchar las cosas raras que dicen. Me gusta cuando te cuentan historias que no tienen sentido.
Pero una cosa es jugar con un niño un rato.
Otra cosa es entrar a su casa, a su rutina, a su vida.
—¿Y si no le caigo bien a él? —pregunto.
—Entonces él es el problema, no tú.
Lo miro y sonrío un poco.
—Gracias por la confianza.
—Emma, en serio —dice ahora con un tono más tranquilo—. No tienes que aceptar el trabajo. Solo ve, escucha, observa. Si sientes que no es para ti, dices que no y ya.
Asiento lentamente.
El auto se detiene en un semáforo y Matt golpea suavemente el volante con los dedos, como si estuviera pensando en algo.