Casa llena

Capítulo 4

Emma

👒

La puerta se abre más rápido de lo que esperaba.

Del otro lado aparece un hombre que claramente no estaba listo para abrir la puerta. Lleva una camiseta gris un poco arrugada, el cabello ligeramente despeinado y en una mano sostiene algo que parece ser una trenza mal hecha.

Parpadeo.

Él también parpadea.

Nos quedamos mirándonos un segundo que se siente más largo de lo que debería.

Mis ojos lo repasan por un corto segundo y no puedo evitar pensar que es demasiado atractivo para su propio bien, considerando que imagine un hombre mayor, con canas y mal aliento por las mañanas, sin embargo, el hombre frente a mí es todo lo contrario.

Es un pensamiento automático, involuntario, casi una reacción física. Alto, hombros anchos, barba de uno o dos días, cabello oscuro ligeramente despeinado, como si siempre estuviera pasando las manos por él sin darse cuenta. Tiene los ojos cansados, pero son claros, y cuando me mira parece que realmente está mirando, no solo viendo.

Y entonces recuerdo algo muy importante: probablemente va a ser mi jefe. Así que inmediatamente dejo de pensar en sus ojos, en su voz y en el hecho de que parece salido de una película donde el protagonista es un papá viudo que aprende a amar otra vez.

—Hola —dice finalmente—. Tú debes ser Emma.

Tiene la voz un poco grave, pero suena cansado. No molesto, no serio, solo… cansado. Como alguien que no ha dormido bien en mucho tiempo.

—Sí —respondo—. Hola.

Antes de que pueda decir algo más, una niña aparece detrás de él jalando su camiseta.

—Papá, Alma dice que esa trenza parece una cuerda de saltar.

Otra niña aparece del otro lado.

—Porque parece una cuerda.

Y luego aparece la tercera, cruzada de brazos.

—Te dije que yo quería dos trenzas, no una cosa rara, Adler.

—Emma —dice, mirándome otra vez—, ellas son… el motivo por el que necesito ayuda.

No puedo evitar sonreír ante la imagen del hombre apenado.

Lo cierto es que, sus ojos irradian amor puro por el trio de pequeñas que parecen frente a él muy molestas, debido a la trenza mal hecha, lo que me hace sonreír y sentir un poco de pena por él, ya que papá era igual antes de conocer a mamá y a Matt.

Las tres niñas me miran como si yo fuera un personaje nuevo en una serie que ellas ya estaban viendo.

Son idénticas, mismo cabello oscuro. mismos ojos grandes y misma expresión curiosa.

—¿Eres la nueva niñera? —pregunta una.

—Tal vez —respondo.

—Las niñeras siempre dicen tal vez —dice otra.

—Y luego se van —dice la tercera.

—No necesitamos una niñera —refuta la pequeña que pregunto primero.

Eso me toma un poco por sorpresa.

El papá suspira.

—¿Podemos pasar primero a la sala antes de asustarla? —propone un poco exasperado.

Dos de las pequeñas brincan hacia el mismo lado que su padre, sin embargo, la tercera permanece en el centro de la entrada hasta que su padre carraspea su garganta y esta emite un quejido de exasperación para después abrirse paso por el umbral, seguida por sus dos hermanas.

Entro a la casa y las tres niñas me miran fijamente. Son idénticas al principio, pero después de unos segundos empiezo a notar las diferencias: una se mueve mucho, otra observa todo, y la tercera, la pequeña de los brazos cruzados me mira como si ya hubiera decidido que no le caigo bien.

Sin embargo, le sonrío ampliamente, mostrando mi lado más amigable, lo cual termina por molestarla aún más. Lo cierto es que lo que menos deseo es que las pequeñas sientan que soy una intrusa en su propio hogar, intentando robar algo que no me pertenece.

Suspiro profundamente cuando siento que alguien tira de mi camiseta vaquera.

Observo hacia abajo y encuentro a la más pequeña de las tres niñas, quien me observa y juega con sus pequeños deditos.

—Disculpa a mi hermana, ella está molesta todo el tiempo

—No te preocupes cariño, la entiendo, yo también estuve en su lugar, así que descuida —le sonrío y ella sale corriendo hacia lo que parece ser la sala de estar.

Aprovecho el segundo a solas para observar el lugar.

La casa es exactamente como la imaginé en el auto. No está sucia, pero tampoco está perfecta. Hay juguetes en una esquina, una mochila sobre el sillón, unos dibujos pegados en la pared, un vaso olvidado en la mesa.

Se siente como una casa donde la gente vive de verdad, no como una casa que solo se limpia para las visitas.

Eso me gusta.

—Siéntate, por favor —dice el padre de las pequeñas.

Hago caso y me siento en el sillón mientras las tres niñas siguen de pie mirándome fijamente, como si fueran un jurado decidiendo mi destino.



#678 en Novela romántica
#262 en Chick lit

En el texto hay: jefe, romance, ninera

Editado: 05.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.