Adler
👒
La casa está demasiado silenciosa cuando Emma se va.
Es algo que noto inmediatamente. No porque normalmente haya silencio, sino porque el silencio aquí nunca dura mucho. Siempre hay pasos, risas, peleas, algo que se cae, alguien que grita ¡papá!, agua corriendo, música infantil, preguntas sin respuesta.
Pero ahora hay silencio.
Estoy en la cocina recogiendo vasos cuando escucho pasos pequeños detrás de mí. No necesito voltear para saber quién es.
—No me cae bien, Adler —murmura Ava—. Busquemos a alguien más o llamemos a la tía Sof.
Dejo el vaso dentro del fregadero y abro la llave del agua antes de responder. El sonido del agua me da unos segundos para pensar.
—Apenas la conoces —contesto sin girarme todavía.
—No importa —responde ella, seca—. Sé que no me agrada para nada.
Cierro la llave, me seco las manos con un trapo y entonces sí me volteo. Está cruzada de brazos, con esa expresión seria que últimamente usa demasiado para alguien de seis años.
—Sí importa, porque será tu niñera cariño y necesito saber que tú y tus hermanas estarán bien —le digo con calma.
Ella levanta un poco la barbilla.
—Va a mover las cosas de mamá.
—No va a mover las cosas.
—Todas dicen eso —insiste, encogiéndose de hombros—. Y luego cambian todo.
Respiro hondo. No quiero discutir con ella. Nunca quiero discutir con ella, pero con Ava todo parece una negociación desde que ella no está.
Sé que es la más afectada o al menos es quién más lo demuestra. Ella es la más parecida a su madre, tiene sus mismos ojos y su carácter.
—Emma no es como las otras niñeras —le explico apoyándome en la barra.
Ava rueda los ojos.
—Eso también dicen todas.
Antes de que pueda responder, Alma y Abril entran corriendo a la cocina, como si siempre supieran exactamente cuándo interrumpir una conversación incómoda.
—Papá —anuncia Alma, apoyándose en la mesa—, ¿Emma va a volver mañana?
—Sí, va a venir en la tarde —respondo.
—Me cayó bien —comenta Abril mientras abre el refrigerador sin realmente buscar nada—. No gritó.
—Y sí sabe hacer trenzas —añade Alma, convencida.
Ava suelta una pequeña risa sin humor.
—Todavía no sabes —murmura.
—Pero dijo que sabe —protesta Alma.
Ava las mira como si fueran muy ingenuas y luego vuelve a mirarme a mí.
—No la necesitamos —afirma.
—Yo sí la necesito —le contesto, manteniendo la voz tranquila.
—Yo puedo ayudarte —responde rápidamente.
La miro unos segundos antes de hablar.
—Tienes seis años.
—Casi siete —corrige inmediatamente.
—Eso no cambia mi respuesta —refuto con dureza—. Y necesito que sean buenas con ella, no la asusten por favor o tendré que llamar a la señora Park para que cuide de ustedes nuevamente.
—No, la señora Park no.
—Ella no nos deja comer caramelos y mucho menos ver la televisión.
—Entonces necesito que se porten bien con Emma o tendré que llamarla —advierto.
Abril y Alma asienten, haciendo un saludo de soldado al unísono.
—¿Ava?
Ella aprieta los labios y se da la vuelta sin decir nada más. Sale de la cocina con pasos firmes, como si hubiera perdido una discusión muy importante.
La veo irse y siento ese cansancio que no es físico, sino otro tipo de cansancio, uno que se queda en el pecho.
Odio ver a mi pequeña Ava odiando al mundo.
—¿Papá? —pregunta Abril jalándome la camiseta para llamar mi atención.
—¿Sí?
—¿Emma sabe hacer hotcakes?
No puedo evitar soltar una pequeña risa.
—No lo sé.
—Pregúntale mañana —ordena Alma con total seriedad.
—Sí, porque los tuyos se queman —añade Abril.
—No se queman —me defiendo, cruzándome de brazos.
—Sí se queman —insiste Alma.
—Solo un poco.
—Mucho —corrige Abril.
Las dos empiezan a discutir sobre mis habilidades culinarias mientras yo sigo guardando platos. Las escucho pelear por algo tan simple y, por un momento, la casa se siente normal otra vez.
Más tarde, después de baños, pijamas, dientes, cuentos y tres vasos de agua innecesarios, por fin están en la cama. Alma y Abril se duermen rápido, pero Ava nunca se duerme rápido.
Nunca.
Entro a su cuarto y me siento en el borde de la cama. Ella está acostada mirando el techo, despierta, esperando que yo hable primero o que ella tenga el valor de decir lo que está pensando.