Emma
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Estoy a punto de besarlo.
No sé quién es exactamente, pero en los sueños eso nunca importa. Solo sé que es alto, que me está mirando como si yo fuera lo único importante en el mundo y que se está inclinando lentamente hacia mí.
Su mano roza mi mejilla.
Mi corazón late rápido.
—Emma… —murmura, tan cerca que puedo sentir su respiración.
Cierro los ojos, me inclino también y justo cuando nuestros labios están a punto de tocarse, mi pie se engancha con algo.
Pierdo el equilibrio.
Y caigo.
Abro los ojos de golpe cuando mi cuerpo golpea el suelo.
—¡Ay! —me quejo, quedándome unos segundos boca abajo, tratando de entender qué acaba de pasar.
Parpadeo lentamente, buscando que mi vista se aclare.
Techo.
Piso frío.
Mi almohada a medio metro de distancia.
Mi cobija enredada en mi pierna como si hubiera intentado asesinarme mientras dormía.
Genial.
Me giro lentamente y me quedo sentada en el suelo, todavía medio dormida, con el cabello en la cara.
—Qué forma tan dramática de despertar —murmuro.
Me estiro un poco, quejándome en voz baja, y entonces veo mi celular tirado cerca de la cama.
Lo tomo sin mucha prisa.
Mala decisión.
Cuando veo la hora, todo mi cuerpo se congela. Silencio, arpadeo nuevamente.
Vuelvo a ver la pantalla.
No cambia.
—No —susurro. Me levanto de golpe—. ¡NO!
Faltan veinte minutos.
VEINTE MINUTOS.
Las niñas salen en veinte minutos.
—Mi alarma… —murmuro buscando el celular otra vez—. ¡Mi alarma no sonó!
Reviso, sí sonó, cinco veces, silenciada. La miro con traición.
—Me fallaste.
No hay tiempo para reclamarle a la tecnología.
Entro al modo supervivencia.
Me levanto de un salto, casi resbalándome con la cobija, y camino directo al clóset. Lo abro sin pensar y empiezo a sacar lo primero que encuentro.
Un pantalón.
Una camiseta.
¿Está al revés? No sé.
No importa.
Me cambio lo más rápido que puedo, peleándome con la tela, con mi propio equilibrio y con la gravedad.
—Respira, Emma, respira —me digo mientras intento meter el brazo en una manga que claramente no está donde debería.
Cuando por fin termino, corro hacia la puerta y me detengo.
Zapatos.
Regreso, tomo lo primero que veo en el suelo y me los pongo sin mirar. Solo cuando ya estoy saliendo del cuarto me doy cuenta.
Una converse negra.
Una converse rosa.
Me detengo en seco.
Las miro.
Miro la hora otra vez.
—Se queda así —decido.
Bajo las escaleras casi corriendo, saltando los últimos dos escalones y frenando justo antes de estrellarme con la pared.
Matt está en la sala, sentado con toda la calma del mundo, comiendo un emparedado como si el tiempo no existiera.
Levanta la mirada hacia mí lentamente.
Me observa.
De arriba abajo.
Se detiene en mis zapatos.
Luego vuelve a mi cara.
—¿Te vestiste en la oscuridad o es una declaración artística? —pregunta con total tranquilidad.
—Necesito que me lleves —digo sin responder, agarrando mis llaves que ni siquiera voy a usar.
—Hola, buenos días —responde él, dándole otro mordisco al emparedado.
—Matt.
—Emma.
—Voy tarde.
—¿A qué hora entras?
—Hace diez minutos.
Mastica.
Traga.
—Interesante.
Lo miro con desesperación.
—Las niñas salen en veinte minutos.
Eso sí lo hace reaccionar.
Se queda quieto un segundo y luego deja el emparedado en la mesa.
—¿Veinte?
—¡VEINTE!
—¿Y estás aquí?
—¡Por eso necesito que me lleves!
Se levanta, todavía tranquilo, pero ya moviéndose.