Melanie
Es miércoles, tercer día de la semana, el despertador me despierta, pienso malhumorada "Bravo Melanie, es obvio que está para despertarte" susurra esa vocecilla que siempre tenemos en la cabeza.
Ignoro a mi estúpido despertador concentrándome en pensar en cuanto lo odio, juro que un día de estos lo estamparé contra la pared. Ese estúpido aparato como le llamo, tiene que sonar todos los días justo a la hora en el que mi mejor sueño está en su buena.
Desperezándome y con los ojos aun medio cerrados, lo tomo para ver la hora; 6:30 de la mañana, ni un minuto más, ni un minuto menos.
—Y el fin de semana que no llega —lloriqueo con la voz adormilada.
Me levanto arrastrando los pies, entro al baño donde luego de hacer las necesidades matutinas, recojo el cabello en un moño mal hecho, lo que realmente importa es que quede en el centro de la cabeza, así no se moja, tampoco tengo tiempo para lavarlo. Miro mi reflejo en el espejo, encogiéndome de hombros ante la cara de muerte que tengo, es la misma que traigo cada mañana al despertar.
Ingreso a la ducha luego de despojarme de toda la ropa de dormir quedando desnuda, para posteriormente abrir el grifo y empezar a tomar un baño de lo más relajante y calmado con agua tibia, tengo el tiempo justo para hacerlo sin llegar tarde al instituto.
—Como si quedara al otro lado de la ciudad, Melanie —murmuro para mí misma.
Suelo hablar sola de vez en cuando, para no decir que lo hago muy seguido. Sobre todo, en las mañanas, es una forma de mantenerme despierta sin dormirme en la ducha. Todo esto me pasa por estar chateando hasta altas horas de la noche, cuando no es lo primero, es que estoy leyendo, luego navegando por ahí, soy una completa cibernética.
Entre pensamientos termino el baño. Salgo para dirigirme al gran armario que poseo, mientras voy secándome el cuerpo.
Elijo la ropa interior, lencería negra, mi favorita.
Si, lencería negra, desde los trece me gusta usar esas ropas íntimas que veo muchas veces en los catálogos y revistas, además me siento sexi, más femenina, aunque no se la muestre a nadie.
Por ahora.
En ropa interior camino al otro extremo por la ropa, eligiendo unos vaqueros ajustados negros, mis botines negros favoritos y una blusa rosa fucsia de manga corta, cadena, aretes y pulsera con la inicial de mi nombre junto al reloj de oro blanco, fue un regalo de mi padre cuando cumplí quince años.
Ya vestida dejo caer el cabello suelto con pequeñas ondas, al mirarme en el espejo necesito una capa de maquillaje, tengo unas ojeras fatales. Algo suave y simple; base, corrector, rímel, levemente rubor, me peino las cejas con un gel solo para dejarlas tiesas todo el día, no voy con iluminador porque ya no tengo tiempo para eso, labial nude, así me paso el día.
Alcanzo la mochila lista para dirigirme a tomar el desayuno, recorriendo los mismos pasillos que desde pequeña recuerdo exactamente iguales, fotos de papá, mamá y mías, adornan el corredor de la casa.
Me gustaría tanto tener a mamá conmigo, muchas veces he llegado a pensar que yo también debí morir en aquel accidente. Fueron días grises y turbios para una niña de ocho años. Los siguen siendo.
Al bajar las escaleras lo primero que me recibe son las voces de una conversación muy animada que provienen de la sala del comedor. Camino hacia allá, entrando inmediatamente, ahí está mi querido y amado padre leyendo el periódico mientras toma el delicioso café que prepara Amalia, mi nana, tan bella, se mueve con seguridad mientras sirve el desayuno y le sigue la plática a papá.
—Buen día —saludo llegando a ellos, que es de la única forma que se dan cuenta de mi presencia. Niego con la cabeza. Doy un beso en la mejilla a papá, quien gustoso y con una sonrisa besa la mía.
Advierto una tensión al acercarme, ignoro el por qué.
—Buen día, hija —me devuelve el saludo. Extiende un brazo y un tanto melancólico toca mi mejilla.
Frunzo un poco el ceño, eso me resulta bien extraño.
Me vuelve a mi nana aun confundida, quien me hace sonreír al ver su cálida sonrisa y la sola calidez que desprende en ese lado maternal que solo ha tenido conmigo, me hace olvidar de que mi padre está bien extraño.
—Buenos días, mi niña —saluda mi nana dándome un beso en la mi mejilla izquierda, por igual le devuelvo el saludo al tiempo de que tomo asiento en el lugar habitual de la mesa.
—Estás muy hermosa, mi princesa —halaga Richard Walker, mi amado padre, le sonrío.
Noto su mirada todo el tiempo en mí y no es que mi padre es de esos que no se fijan en sus hijos, al contrario, él siempre está atento y todo lo que necesito, pero mi padre anda bien extraño el día de hoy, aunque realmente si lo pienso bien, en las últimas semanas ha estado igual, también más al pendiente, procurando estar el mayor tiempo que se le hace posible conmigo.
—Gracias, papi y tú muy guapo —respondo de manera cariñosa a su halago, presencio como sus mejillas pálidas se tornan color rosa.
Tan tierno, mi viejito.
—Oh, hija lo dices de cortesía, ya estoy viejo para verme guapo —esconde la cabeza con el periódico nuevamente, de reojo veo a la nana sonrojarse un poco, carraspeo, achino la mirada, mientras pienso, algo se está cocinando aquí.
Decido probar algo, lo pongo en marcha. Traviesa como soy.
—¡Nana! —exclamo llamando su atención —. Dime tú si no está guapo —lanza a lo que llamo fuego.
Que arda el infierno joder, si definitivamente estoy loca _ me guarda mis pensamientos.
—Mi niña, ¿Cómo me preguntas eso? —inquiere en modo de regaño la nana, su cara parece color carmesí, esta sonrojada hasta las hebras de su cabeza, agacha la misma en una expresión de pura vergüenza.
—Vamos, papá, estás joven todavía, si yo tuviese la edad de mi nana y no fuera tú hija, te echaría el ojo, créeme —la cara de mi papá pasa de rosa a carmesí por el comentario, la nana no sabe dónde meter su cabeza y yo, yo solo disfruto en ponerlos nerviosos.
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Editado: 21.06.2026