Cameron
Hoy es sábado, por fin hoy es el gran día para mí, el día que traerá cambios para la vida de todos. Después de tanto esperar hoy por fin la tendré a mi lado, podré dirigirle la palabra formalmente, estar ambos a cara a cara, como lo que somos.
Me levanto, son las nueve de la mañana, da tiempo a bañarse, desayunar, cambiarme y luego ir en búsqueda de mi pequeña.
Estoy muy ansioso, me siento incluso nervioso. Las palmas de las manos las tengo húmedas por causa del sudor, parezco un adolescente que por primera vez se acercara a una chica.
No será fácil, pero, ¿Quien dijo que lo sería?
Desde un principio he sabido en lo que me estaba metiendo, soy un adulto y responsable de mis actos, me verán como acosador, no lo niego, si la he seguido durante tantos años consecutivos que a nadie le interesa, de todas maneras, sé lo que hago y las consecuencias que acorren.
No hay edad para el amor, las personas de este nuevo siglo no entendemos bien eso, aun vivimos retrógrados. Hay que actualizar la mente, yo solo le llevo diez años de diferencia, ni que fuera su padre o hermano, solo soy un hombre hechizado, enamorado a primera vista de una chica.
Tengo claro los diferentes términos con los que seré tachado, eso me resbala. Le daré tiempo a Melanie, el que sea necesario.
No está bien nada de lo que he hecho, es fatal de malo, simplemente obvio las moralidades, centrándome en lo que quiero y en el objetivo más importante de mi vida, en ella.
Suena cursi, tal parece que aún existen esos flechazos a primera vista, yo lo sentí, lo viví y todavía lo mantengo.
Cada vez que pienso en Melanie, algo se acelera en mi caja torácica, cuando la escucho o la miro, la sangre bombea muy rápido.
Con el ánimo al cien por ciento y los nervios a un doscientos por ciento, tomo asiento en la isla de la cocina del departamento, el desayuno me espera junto con Drogo que mordisquea unas croquetas hechas para él en lo que una que otras veces bebe del plato de leche.
—¿Qué tal ese humor, Drogo? —pregunto. El muy tragón para las orejas sin abandonar su desayuno —. Necesito que te comportes bien hoy y los siguientes días, los años que viviremos juntos, ¿Estamos de acuerdo, amigo?
Por lo regular suelo llevarme a Drogo a donde vaya, es mi compañía más fiel, tengo pocos amigos y todos están muy ocupados en sus vidas, Liam es un juez ahora, el tiempo casi no le alcanza y Christian vive en otro país con su esposa.
Después solo tengo conocidos, nada más que eso, la palabra amigo tiene un significado muy pesado para yo titular a cualquiera con ese término.
De las malas jugadas, las traiciones y los malos caminos, se aprenden en la vida.
Dispuesto a desayunar, tomo el primer bocado abandonando de inmediato el plato, el estómago no me permite ingerir más, albergo un nudo de nervios y tensión que pueden más que el apetito.
—Joder, Cameron, no eres un adolescente —farfullo dejando caer el tenedor, este se resbala por sí solo con el sudor.
Dejo el desayuno casi intacto, lo guardo en la nevera, el hambre se ha alejado de mi cuerpo, considero mejor tomar un baño que solo quedarme ahí, intentando comer lo que probablemente el estómago devuelva.
Decidido ingreso a la ducha, quedándome por más tiempo bajo el agua.
Hago uso otra vez de la máquina de afeitar, necesito verme más bien de lo usual. De por sí será difícil lo que sea avecina, al menos estaré presentable.
No he vuelto a saber de Richard desde antes de ayer, no lo tomo de ninguna manera.
Quince minutos después, ataviado en una combinación de zapatos finos, con pantalón jean oscuro, uso una camisa azul casi negra, junto a una chaqueta de cuero que parece una gabardina, aplico fijador al cabello, peinándolo todo hacia atrás, por naturaleza algunos se dividen en dos partes cayendo a lo alto con volumen, reviso ir bien perfumado, quiero verme jovial, relajado.
Tomo el inseparable maletín, a continuación, abandono la propiedad, el chofer y un solo guardaespaldas esperan con la puerta del auto abierta.
—Buen día, señor.
Les doy un asentimiento.
—Llévame a la mansión Walker —ordeno en cuando yazco sentado dentro del auto, el inseparable maletín no se mueve de mi lado.
Lo palmo.
Dentro está lo que cambiara nuestras vidas por completo.
Pierdo la mirada en las calles, de vez en cuando reviso algún correo, respondiendo, aun yo y varias personas del círculo donde me muevo preferimos chatear por los Gmail, vaya a saber porque, supongo que los años en el negocio me han acostumbrado a esto.
En lo que menos pienso, el auto se detiene frente a la casa mediana de dos pisos.
Por lo que deduzco ante tanta armonía es que Richard no ha tenido el valor para decirle la verdad a Melanie, dado que ella aún permanece ajena a su nueva situación, más bien desde hace un año y unos cuantos meses, porque a pesar del tiempo que llevo tras de Melanie, no fue muy fácil convencer a su padre, tuve que valerme no de cosas muy buenas para lograrlo.
Richard adora a su hija en toda la extensión de la palabra.
El chofer abre la puerta para mí.
Empuño el maletín, de momento el tiempo ha sido muy corto del transporte, ansiaba llegar, sin embargo, llegar, ver la casa, saber lo que pasará en cuanto cruce esas puertas, vuelve a provocarme sudar hasta el punto de necesitar suficiente ventilación con algún documento.
Un tanto dubitativo, bajo, con pasos vacilantes al ingresar en lo que conforma un gran jardín. Al lado la cochera donde solo hay tres autos estacionados, entre ellos el de Mel, negro, su color favorito.
Lleno de valor toco el timbre de la casa, dentro escucho un ya voy.
Una señora ya de edad, es casi de la misma que mi suegro, abre la puerta, evaluándome extrañada.
Deduzco la identificación en su mirar.
Los modales los uso cuando es por conveniencia y en esta ocasión tiene beneficios.
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Editado: 21.06.2026