Melanie
Al llegar al aeropuerto no hacemos ningún papeleo, ni revisión de equipaje, somos escoltados directamente al área de vuelos privados.
Seré idiota, el magnate de New York y de seguro uno de los hombres más ricos de todo el mundo no viajaría en vuelo comercial. _ ironizo.
Cuando nos vamos acercando a la pista, puedo divisar un jet privado blanco con grandes letras en dorado que dice DANIELSON. Solo en el exterior desprende lujos.
Es obvio que ese avión fue pintado, remodelado al gusto del dueño. Las diminutas gomas tienen los aros del mismo color que las letras.
Me concentro en los detalles que para mí desgracia no tienen nada de feo, tanto que Cameron aparece a mi lado, haciéndome reaccionar al sentir como el envuelve mi pequeña mano con la suya.
Me golpeo mentalmente saliendo del abrupto, está tomando demasiadas confianzas y no respeta lo que le he dicho. Recuerdo por qué estoy aquí, con él y trato de zafarme de su agarre, más son sólo intentos no me lo permite, un gorila con unos músculos de boxeador, en comparación con una chica de mi complexión, doblega mi peso, es una lucha perdida, lo único que logro es que apriete su agarre.
—Suéltame —siseo —. Me repugna tu tacto.
Por el rabillo del ojo vuelve a estudiarme, curva los labios, socarrón.
—A mí no, con eso me basta —contesta.
Enfurezco.
—Haré un escándalo... —amenazo.
—Has lo que quieras, de todas maneras, no vas a lograr nada, tengo tus permisos en orden —señala el maletín que nunca suelta.
Los escoltas forman una pared de ambas partes, hacen un camino, donde Cameron me arrastra literalmente para que suba las escalerillas del jet, me resisto y él tira más fuerte, dije que su determinación me asusta, he aquí la muestra.
De mala gana entro empujándolo.
Hay una azafata rubia de ojos claros que no deja de mirar a Cameron con descaro, en cierta forma ni me importa, es ventaja para mí, así deja de agobiarme.
Ella le habla, yo busco algún lugar donde estar sola, el jet es enorme, tiene todo costoso, sin embargo, por más que rechace a su jefe, yo no le tolero a nadie que me mire por debajo del hombro como si soy menos.
—¿Qué miras? —inquiero a la rubia —. Me importa un carajo si te caigo mal.
Estoy que con el primero que me joda, pago todo lo que siento.
Debería de saber que si se tira a su jefe puede seguir haciéndolo, mi aspecto no es el de quién esté muy a gusto.
El ambiente entra todavía más en una tensión palpable, pero, ¿cómo no? somos todos desconocidos.
Cameron se pasa las manos por el cabello exasperado.
—Déjanos solos —demanda.
La chica desaparece en la cabina.
—Siéntate que vamos a despegar.
Cruzo los brazos plantando los pies. Bloqueo el ruido de los motores y lo bloqueo a él de la audición, prefiero detallar el jet, es muy bonito, blanco hueso, con los pocos asientos de cuero negros, un mueble en forma de L grande en las ventanillas derecha, una mesa de cuatro, sillas de cristal y los soportes de acero inoxidable, los bordes de las sillas son de oro y los del comedor, a mi mano izquierda solo hay asientos unos enfrente de otros, un pasillo ubicado a la izquierda conduce a una puerta lo que parece ser un baño y justo en el mismo lado otra puerta, parece ser la habitación.
Unas manos toman mi cintura, emito un grito que ignoran los escoltas que están en la otra parte separados por un cristal que no sé cuándo bajaron.
—Te sientas o te siento —advierte dejándome como ha dicho.
Ajusto los cinturones y yo sigo sin hablarle.
No soy muy fan de viajar y aprieto el borde de los antebrazos cuando siento la turbulencia.
—Todo va a estar bien, relájate, tengo al mejor piloto —volteo la cara a otro lado para que no hable conmigo.
Una vez por los aires, desabrocho el cinturón y sin que diga nada o que yo se lo permita, me encierro en la primera puerta que hayo.
No tengo mi celular, menos tengo la laptop, nada.
Pateo lo que encuentro, viendo a través de las ventanas las nubes y bajo de estas la ciudad de Miami que va quedando atrás.
Debo idear un plan de escape, debo hacerlo, lo primero es lograr que se harte.
La puerta donde estoy se abre de la nada, un Cameron furioso hace incluso que retroceda.
—¡¿No te enseñaron a tocar, animal?! —grito.
Voltea la pantalla de un iPad donde aparecen diversas fotos mías con Nick y nuestros besos.
—¡¿Me puedes explicar que diablo haces besándote con este niño?! —exige a todo pulmón.
Sonrío burlesca, cambio el peso de mi cuerpo a otro pie.
—Yo no tengo por qué darle explicaciones de mi vida a un don nadie para mí, como lo eres tú —espeto.
Me muevo buscando la salida, lo último que quiero es estar en un mismo espacio aislado con este hombre.
—¿Don nadie? —repite, cerrando el paso como era de esperarse.
Cubre toda la entrada con los músculos de su cuerpo, el enfado lo hace verse más grande de lo que es, haciéndome sentir diminuta.
—Sí, eso es lo que eres, ni todos tus millones o el poder que tengas te hace ver...—camino de espaldas dado que él empieza a avanzar en mi dirección —, como...
Las largas piernas de su cuerpo reducen mis alternativas, anulando la distancia donde mi espalda queda contra el cristal de la ventana.
—Yo tolero que me insultes, tolero la agresión física y verbal, ¿Sabes que no tolero? —espera una respuesta, guardo silencio sin saber qué diablos le pasa por la cabeza —. No tolero que otro te ponga las manos encima.
Mete una de sus piernas en medio de las mías, impidiendo que el aire pase entre nuestros cuerpos.
—Aléjate —exijo —. Dije que te alejes, no quiero tus manos, que te jodan, yo beso a quien yo quiera.
El iPad cae en el piso y como nada en dinero eso no le importa.
—Borraré los besos de ese mocoso de ti —tiene la mirada turbia, una de sus manos sube tras mi nuca, encajando ahí.
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Editado: 03.07.2026