Richard
Cada rincón de la casa tiene su esencia, recuerdos en hasta en los estantes, sus fotografías adornan la pared. La culpa se apodera de mí con más fuerza, destrozándome por dentro, un dolor insufrible en el pecho, uno indiscutible.
Sus cosas, su espacio, la peculiar característica de su habitación, mi princesa no es tan soñadora, ni muy de aire de fanática, carecen las paredes de carteles o de colores rosas o pasteles, prefiere lo neutro y lo negro.
El perfume que lleva desde pequeña, aromatiza el lugar.
Sollozo abrazando la foto contra mi pecho. No me lo perdono, lo sufro en carne viva, me desgarra el alma.
Tengo grabado en mi memoria, el dolor en esos orbes color azul, el llanto, sus reclamos. Me lo merezco, la vendí, eso fue lo que hice y no existe nada en el mundo que pueda cambiar dicho hecho, es tal cual lo pienso, tal cual se ve.
Me siento como un pésimo padre, ¿Lo soy? El peor de todo.
Una vez que quise dar vuelta atrás, ya nada más no se podía. Daría todo por retroceder el tiempo, riquezas, hasta mi propia vida para que la de Melanie siguiera tal cual la tenía. Libre y no forzada a casarse a tan corta edad.
—Maritza está muy decepcionada de usted, Richard —comenta Amalia, recostándose el marco de la puerta rota. Tiene la cara irritada por el llanto, los ojos tristes.
La casa entera reciente la partida de Melanie, hasta las flores lloran por su ausencia.
Me hago un ovillo en la cama, en ningún momento abandono la fotografía.
Es de masoquista estar aquí, sé que entre la estancia de mi hija no voy a lograr nada más que martirizarme por los hechos.
—Merezco ahogarme en mi pena, Amalia —acepto, la almohada se humedece con las gotas saladas que emanan de mis ojos sin control —. Me hago mi propio juicio, soy déspota, implacable
Lastimé a todo mundo con mi desesperada decisión, debí olvidarme de todos, solo pensar en mi tesoro, aunque lo hice, porque era nada o su bienestar y maldigo a Cameron sin piedad.
La casa está sumida en un absoluto silencio, llora, no hay nadie, han tocado cientos de veces la puerta, llamando por Melanie, nadie responde porque yo estipule que así fuera.
No soportaría más sin terminar muerto y quizá debería buscarla.
El celular de mi hija está apagado, pienso en tomar el primer vuelo hacia New York.
Ella está sufriendo.
Duerme.
Llega un mensaje de texto con una fotografía de Melanie relajada, sola, sin rasguños, ni nada.
—Me voy —avisa Amalia.
La volteo a ver.
—¿Para siempre?
Sacude la cabeza.
—Aunque quisiera, no podría, lo he prometido —aclara —. Pero no soporto un instante más aquí sin ella y sabiendo lo que le hiciste.
Asiento, no tengo moral para cuestionar, ni base para negarme.
Merezco estar solo, hasta los animales son más valiosos que yo ahora mismo.
—Vuelve cuando gustes.
Me da la espalda, queda de frente al pasillo, hay una foto de Maritza enmarcada en grande con Melanie en sus brazos.
—Pero se acabó —informa perdiéndose en el pasillo.
Después el ruido de un motor de algún auto se aleja de propiedad.
Yo no solo perdí a Melanie, también perdí la oportunidad de realizar mi vida con una buena mujer y que estoy seguro Maritza aprueba.
Lo perdí todo.
***
Cameron
La dejo dormir, tiene ojeras bajo los párpados, signos de lo agotada que debe de estar. Dormiré en la habitación de al lado.
Pasadas unas horas en las que no duermo ni un comino, con sigilo abro la puerta solo para comprobar que esté bien, que respire normal. No ha comido y eso me mantiene preocupado, puede sufrir algún desmayo.
Maldita sea. La terquedad de Melanie es irritante, ¿Qué le cuesta comer?
Apenas son las nueve de la mañana, cuando estiro los músculos, vine a cerrar los ojos en el momento que ya el sol estaba afuera.
Necesito idear una manera de hacerla sentir cómoda, de que me quiera y juntos nos convirtamos en una pareja de verdad.
Para ganármela debo empezar a respetar sus decisiones y no orillarla a hacer nada que no quiera. Darle espacio, hablarle.
Mi padre —que tenía mi mismo nombre —, solía decirme que a las mujeres se les trata con cariño y respeto, igual educación.
Cuánta falta me hacen.
Sin hacer ruido, aún sigue dormida, la arropo bien, no sé si tenga frío, no cambió la temperatura del aire, sin embargo, la necesidad que siento de que Melanie siempre esté bien, es arrolladora.
He hecho todo mal, con las patas como diría mi madre, soy el causante de que sufra.
Busco una ropa cómoda, no sé cómo actuar, por ende, abandono la habitación yendo a la continua donde tomo una ducha tranquila, relajando los músculos. Tengo algo de dolor de cabeza, la última semana la he pasado sin dormir una mierda, trabajo como un animal para distraerme y anoche después de ver que estuviera bien, bajé al taller a trabajar en el nuevo modelo de motor.
Nada es normal, no somos un matrimonio que desborda miel, por el contrario, Melanie en cada oportunidad que tiene me lo recuerda. Todavía siento el escozor de las tres bofetadas que me dio el día de ayer.
Jack no sabe nada por mis propias palabras, no lo comparo como amigo porque en realidad es como un padre. Era el mejor amigo de papá, después de ese fatídico día, fue mi tutor legal hasta que tuve la mayoría de edad, las abundantes canas en su cabeza son más por mí que por sus tres hijos.
No es suficiente con que la nana ni me dirija la palabra desde el día anterior. Leí el reproche en sus ojos.
Mientras me cambio analizo la imagen que tengo de Melanie, le gusta dormir de lado como a mí.
Llego a la sala de comedor donde busco a Christine que no está por ningún lado, en su lugar, hay dos chicas encargadas de servir el desayuno.
—Buen día, señor —saludan.
—¿Dónde está la señora Christine? —indago.
—Dijo que iría a pasear por el jardín, señor —informa una de ellas.
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Editado: 03.07.2026