Melanie
Cameron es una persona elocuente, como acreditan todos los títulos que vi en su despacho en la mansión, conoce de cultura, fundación e incluso es capaz de hacer bromas.
—¿Sabías que desde aquí se puede ver el río Hudson? —pregunta.
—Sí, solo que hay que subir a uno de los rascacielos.
Termino mi bandeja, él la suya, llegó último y lo hizo primero, Drogo y él están cortados por la misma tijera con esos estómagos.
—Si quieres puedo mostrártelo —ofrece.
Tengo el estómago tan lleno que me cuesta moverme. Así que dejo caer la espalda en la silla, estiro los pies de manera nada educada.
—¿Cómo harías eso?
Cameron no es que esté mejor que yo, estamos casi iguales.
—Fácil, ven, acompáñame.
Trae seguridad, sin embargo, ninguno invade el espacio personal. Sin tener energías para pelear, además de que hicimos una tregua, Cameron toma mi bandeja, la suya, vota la basura, ubicando los recipientes donde corresponde, vuelve por el regalo que ha comprado para mí y sin evitar ser posesivo, enreda sus dedos con los míos.
—Oye...—protesto. Al ser tan alto sus pasos son largos, también me cuesta seguirlo.
—Hay cosas que no puedo evitar, los hombres de allá te están devorando desde antes de que yo llegara. Odio que miren lo que es mío y tú, eres mía —aclara.
—Eres un tóxico y no me gustan los tóxicos —refunfuño.
—No he dicho que no lo sea —admite con descaro.
Lo fulmino siguiéndole el paso, por más que retuerzo la mano no la deja, es fuerte, su agarre tan imponente como él.
Unos cien metros después de caminar, se detiene en el edificio más lujoso de todo el central Park, el recibidor grita exclusividad, es costoso, en las baldosas siquiera de la entrada se puede ver nuestro propio reflejo de lo pulcro y limpio que está.
—¿Cómo vamos a entrar aquí? —indago.
Cameron curva los labios con suficiencia.
Se ve malditamente atrayente. Aparto ese pensamiento.
—Para el dueño no hay restricciones —contesta altivo.
Se me descuenta la mandíbula. Cristo. Miro el alto edificio que casi se pierde en las nubes, quedo con los pies centrados en la entrada.
—¿Estás hablando en serio?
—Afirmativo.
Mantengo la boca abierta como un pez fuera del agua. Un edificio de esto vale más que todos los órganos del cuerpo humano.
—Se me olvidó que eres asquerosamente millonario —murmuro absorta.
—Billonario —corrige —. Somos billonarios.
Tira de mi mano, las puertas eléctricas se abren al detectar movimiento, todos se giran saludando a un Cameron que no le responde a nadie.
Bienvenido, señor Danielson. Buenas tardes, señor Danielson. Él continúa callado.
—Te están saludando —gruño entre dientes —. Mal educado, al menos diles algo.
Introduce una clave, el ascensor se abre, luego ingresamos con el equipo siendo una muralla enorme.
Suelto su agarre de mí.
—Yo les pago para trabajar, no para que me saluden —simplifica, le doy mi mirada de muerte.
—Ser cordial no va a quietarte nada —argumento.
Respira profundo sin querer contestar, pateo el piso metálico del ascensor, lo que tiene de amable unos momentos, lo tiene de irritante en otros.
La puerta se abre y quedamos faltando tres pisos por debajo.
Se abre un panel donde Cameron ubica la huella de ambas manos, código, tarjeta y llave. Vaya, era de esperarse, es un magnate, debe cuidar de sus propiedades.
Se hace a un lado, con un gesto me invita a entrar, ingreso sin hacerle de rogar. La decoración es normal, tiene cuadros costosos los cuales son escasos, el lugar está impecable sin una mota de polvo como si hace poco lo hubieran habitando.
Los muebles son bonitos, beige, toques oscuros algunos como de madera, a esto le hace falta una mano.
—¿Vienes aquí a menudo? —pregunto divagando en la sala de estar.
Podría al fondo dónde está ese espacio, un pequeño inmueble que tuviera vasos, copas, utensilios que no te hagan mover a la cocina cuando estás en una charla o simplemente enciendes el televisor. Podría un mini refrigerador con soda, jugo u otra bebida.
Esta es la segunda propiedad de Cameron que visito, son de una arquitectura estupenda, sin embargo, yo haría una mejor declaración en cuanto a lo que tiene. Humildemente, soy muy buena en eso.
—Vivía aquí hasta hace dos semanas —contesta sin mucho entusiasmo.
Maniobra el mando de las cortinas, estas se abren de manera automática, mostrándome parte de la ciudad a mis pies, desde aquí comienza a verse poco a poco parte del riachuelo del río Hudson.
—¿Por qué te fuiste? —indago.
Paso de una sala a otra y el gigante cuadro de manos a carbón, es magnífico, me encanta.
—¿Crees que esto es lugar para formar una familia? —inquiere a cambio.
—¿Y quién te dijo que vas a formar una familia conmigo? —asumo frunciendo el ceño.
Mantiene una cara de póker que no le permite mostrar lo que por unos instantes brilla en sus ojos.
—El tiempo lo dirá, quiero al menos seis hijos y los quiero contigo —se encoge de hombros como si fuera lo más normal.
Jadeo dejando la boca abierta, ¿Quién en su sano juicio piensa en seis hijos? Cristo, vuelven loca.
—Soñar no cuesta nada, eres libre de hacerlo —insto.
Asiente sin entrar en contienda, abre y cierra aquí permitiéndome pasar donde yo quiera, este lugar es tan grande que subes la escalera o usas el ascensor para no cansarte todo el día. Literalmente es un pent house.
—El amanecer desde aquí es algo que te gustaría, puedes ver las motas de sol en contraste con el agua del río —señala donde se va ocultando —. Arriba en las habitaciones que dan al frente es más nítido.
Es cierto, la puesta es de películas, no quiero imaginar cómo sería el amanecer.
—¿Por qué no pensaste en traerme aquí?
Lo noto tenso, cierra los ojos y por momentos lo veo renegar en silencio como si quisiera ahuyentar ciertos pensamientos.
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Editado: 03.07.2026