—Quiero que te cases con Adrián Montenegro.
Por un momento pensé que había escuchado mal.
Dejé lentamente la taza de café sobre la mesa y miré a mi padre.
—¿Qué dijiste?
Él no respondió.
Solo permaneció sentado frente a mí, con las manos entrelazadas y una expresión que no había visto nunca en su rostro.
Mi padre siempre había sido un hombre seguro.
Incluso cuando las cosas salían mal, encontraba una solución. Siempre tenía un plan.
Pero aquella noche parecía no tener ninguno.
—Papá, ¿estás hablando en serio?
—Sí.
Solté una pequeña risa, esperando que finalmente admitiera que aquello era una broma.
No lo hizo.
—No tiene gracia.
—No estoy bromeando, Valentina.
Me quedé mirándolo.
—¿Quieres que me case con Adrián Montenegro?
—Sí.
Me levanté de la silla.
—No.
—Valentina...
—No, papá.
Comencé a caminar por la sala.
—Ni siquiera lo conozco realmente.
—Lo conoces.
—Lo he visto algunas veces. Eso no significa que lo conozca.
—Es un buen hombre.
Me giré hacia él.
—¿Un buen hombre?
No pude evitar reírme.
—¿Estamos hablando del mismo Adrián Montenegro?
Mi padre suspiró.
—No hagas esto más difícil.
—¡Tú me estás pidiendo que me case con un desconocido!
—No es un desconocido.
—Para mí sí.
Mi padre guardó silencio.
Y entonces lo entendí.
Aquello no era simplemente una conversación absurda.
Había algo más.
—¿Qué pasó?
No respondió.
—Papá, ¿qué pasó?
—La empresa tiene problemas.
Sentí que mi sonrisa desaparecía.
—¿Qué tipo de problemas?
Él bajó la mirada.
—Problemas financieros.
Me acerqué lentamente a la mesa.
—¿Qué tan graves?
Esta vez tardó unos segundos en responder.
—Podemos perderla.
Sentí un vacío en el estómago.
La empresa de mi padre no era solamente un negocio.
Era prácticamente toda nuestra vida.
La casa.
Los empleados.
Los años de trabajo.
Todo.
—¿Estás diciendo que estamos en bancarrota?
—Todavía no.
—Pero podría pasar.
Mi padre asintió.
Me senté nuevamente.
De repente, todo parecía mucho más serio.
—¿Cuánto debemos?
—No necesitas preocuparte por eso.
—Soy tu hija. Claro que necesito preocuparme.
—Estoy intentando solucionarlo.
—¿Y la solución es casarme?
Mi padre no respondió.
Lo miré incrédula.
—No puedo creerlo.
—No te estoy vendiendo, Valentina.
—Entonces explícame qué estás haciendo.
Mi padre tomó una carpeta que estaba junto a él y la colocó frente a mí.
No quería abrirla.
No sabía por qué, pero tenía un mal presentimiento.
Finalmente la abrí.
La primera página tenía varios documentos legales.
Y entonces vi mi nombre.
Valentina Ríos.
Debajo había otro.
Adrián Montenegro.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—¿Qué es esto?
—Un acuerdo matrimonial.
Cerré la carpeta de golpe.
—No.
—Escúchame.
—No quiero escucharte.
Me levanté.
—No voy a casarme con él para salvar una empresa.
—Podrías salvar a nuestra familia.
Me detuve.
Mi padre me miró directamente.
—Si la empresa quiebra, perderemos la casa. Tendremos que vender propiedades y despedir a muchas personas. Y no sé cuánto tiempo podremos mantenernos.
Tragué saliva.
—¿Y qué tiene que ver Adrián?
Mi padre respiró profundamente.
—Su familia puede invertir en la empresa.
—Entonces pídele un préstamo.
—No es tan sencillo.
—¿Por qué?
—Porque Adrián puso una condición.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué condición?
Mi padre tardó demasiado en responder.
—Casarse contigo.
Me quedé completamente inmóvil.
—¿Qué?
—Aceptará ayudar a la empresa si te casas con él.
—¿Y él aceptó eso?
—Sí.
—¿Por qué?
Mi padre apartó la mirada.
—No lo sé.
Aquella respuesta me inquietó todavía más.
—Papá.
—No tengo otra opción.
—Tú quizá no tengas otra opción, pero yo sí.
Tomé mi bolso.
—Me voy.
—Valentina.
—No voy a casarme con un hombre al que apenas conozco.
—Si te vas ahora, mañana podríamos perder la empresa.
Me quedé junto a la puerta.
No quería llorar.
No delante de él.
—Eso no es justo.
—Lo sé.
—Me estás pidiendo que sacrifique mi vida.
—Te estoy pidiendo que nos ayudes.
Me giré.
—¿Y qué pasa conmigo?
Mi padre no respondió.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Qué pasa con lo que yo quiero?
Silencio.
—Quiero terminar la universidad. Quiero trabajar. Quiero tener mi propia vida.
—Lo sé.
—Entonces, ¿cómo puedes pedirme esto?
Mi padre se levantó lentamente.
—Porque sé que eres la única persona que puede hacerlo.
Negué con la cabeza.
—No.
—Valentina...
—No.
Abrí la puerta.
Pero antes de salir, escuché su última frase.
—Adrián ya está esperando tu respuesta.
Me quedé congelada.
—¿Dónde?
—En la casa.
Lo miré.
—¿Aquí?
Mi padre asintió.
Sentí que el corazón se me iba a salir del pecho.
—¿Desde cuándo?
—Hace veinte minutos.
—¿Y no pensabas decirme?
—Necesitaba hablar contigo primero.
Cerré los ojos durante unos segundos.
Perfecto.
Simplemente perfecto.
El hombre con el que supuestamente debía casarme estaba en nuestra casa.
Esperándome.
Me acomodé el cabello y respiré profundamente.
No iba a permitir que me viera nerviosa.
Volví a entrar.
—Está bien.
Mi padre levantó la mirada.
—¿Qué?
—Quiero hablar con él.
Encontré a Adrián en la terraza.
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Editado: 13.08.2026