—No voy a casarme contigo.
Adrián me miró tranquilamente.
Demasiado tranquilo.
—Ya lo sé.
—Entonces, ¿por qué sigues aquí?
—Porque vas a cambiar de opinión.
Solté una risa.
—Tienes demasiada confianza.
—No es confianza.
—¿Entonces?
—Sé que amas a tu familia.
Mi sonrisa desapareció.
—No uses a mi familia para convencerme.
—No intento convencerte, Valentina. Te estoy mostrando tus opciones.
Me entregó el contrato.
Lo tomé con fastidio y comencé a leer.
—Un año de matrimonio... habitaciones separadas... no interferir en la vida del otro...
Pasé la página.
Entonces encontré una cláusula que no había visto.
—¿Qué es esto?
—La consecuencia de tu negativa.
Lo miré.
—Si rechazo el matrimonio, tu familia retira la ayuda financiera.
—Exactamente.
—Eso es una amenaza.
—Es un acuerdo.
—Eres increíble.
—Me lo han dicho.
Cerré el contrato.
—No voy a permitir que controles mi vida.
Adrián se acercó.
—No quiero controlarla.
—Entonces, ¿qué quieres?
Por primera vez, su expresión cambió.
—Que seas mi esposa.
—¿Por qué yo?
Silencio.
—Eso no puedo decírtelo todavía.
Lo miré confundida.
—Entonces no tenemos nada más que hablar.
Me dirigí hacia la puerta.
—Tienes hasta mañana —dijo.
Me detuve.
—¿Y si digo que no?
—Entonces perderás la oportunidad de salvar a tu familia.
Salí sin responder.
Esa noche apenas dormí.
Al día siguiente, después de mis clases, encontré a Adrián esperándome afuera de la universidad.
—¿Qué haces aquí?
—Esperarte.
—No necesitaba que vinieras.
—Lo sé.
Respiré profundamente.
—He tomado una decisión.
Adrián dejó de mirar su teléfono.
—Te escucho.
—Acepto.
Esperé alguna reacción.
No hubo ninguna.
—¿Eso es todo?
—¿Qué esperabas?
—No sé. Pareces demasiado tranquilo.
—Porque sabía que aceptarías.
Fruncí el ceño.
—No te confundas. Acepto por mi familia.
—Lo sé.
—Y no eres mi dueño.
—Nunca dije que lo fuera.
—Voy a terminar la universidad.
—De acuerdo.
—Y después de un año, si quiero divorciarme, lo haré.
Adrián asintió.
—De acuerdo.
Lo miré sospechosamente.
—¿Por qué aceptas todo tan fácil?
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Porque yo también tengo una condición.
—¿Cuál?
—Después de la boda, vivirás conmigo.
Abrí los ojos.
—Ni hablar.
—Entonces no hay matrimonio.
—¡Eres imposible!
Adrián abrió la puerta de su automóvil.
—Nos vemos mañana, futura esposa.
—¡Todavía no soy tu esposa!
Sonrió.
—Todavía.
El automóvil se alejó.
Me quedé mirándolo desaparecer.
Y tuve una extraña sensación.
Algo me decía que casarme con Adrián Montenegro sería el peor error de mi vida.
Lo que todavía no sabía era que quizá también sería el comienzo de todo.
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Editado: 13.08.2026