Casada con el hombre que odio

Los Montenegro

Al día siguiente, Adrián llegó por mí a las seis de la tarde.

Cuando bajé, lo encontré apoyado contra su automóvil.

—Llegas tarde —dijo.

Miré mi reloj.

—Son las seis en punto.

—Exactamente.

—¿Siempre eres así?

—¿Así cómo?

—Insoportable.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—Solo contigo.

Rodé los ojos y subí al automóvil.

Durante el camino ninguno dijo una palabra.

Yo estaba demasiado nerviosa.

Iba a conocer a la familia del hombre con el que me casaría en menos de dos semanas.

—¿Son muchos? —pregunté finalmente.

—¿Quiénes?

—Tu familia.

—Los suficientes.

Lo miré.

—Eso no me tranquiliza.

—No pretendía hacerlo.

—¿Hay alguien que debería evitar?

Adrián tardó unos segundos en responder.

—Mi madre.

—¿Por qué?

—Porque hace demasiadas preguntas.

—¿Y tu padre?

—No está.

—¿Murió?

—Hace años.

No quise seguir preguntando.

Pocos minutos después, llegamos a una enorme casa.

No parecía una casa.

Parecía un hotel.

—¿Aquí vives?

—A veces.

—¿A veces?

—Tengo otros lugares.

Suspiré.

Claro.

Entramos.

Una mujer elegante se acercó inmediatamente.

—Adrián.

Él la saludó con un beso en la mejilla.

Después ella me miró.

Sus ojos recorrieron mi ropa, mi cabello y finalmente mi rostro.

—Así que tú eres Valentina.

—Sí.

La mujer sonrió.

—Soy Victoria, la madre de Adrián.

—Mucho gusto.

—El gusto es mío.

Pero su sonrisa no llegó a sus ojos.

Entonces apareció una mujer mayor.

Caminaba lentamente con la ayuda de un bastón.

Adrián cambió completamente al verla.

—Abuela.

—Adrián.

Ella sonrió y después me miró.

—Acércate, querida.

Me acerqué.

La mujer tomó mi mano.

—Por fin.

Fruncí el ceño.

—¿Por fin?

Ella sonrió.

—Sabía que algún día te conocería.

Miré a Adrián.

Él evitó mi mirada.

—Abuela...

—No pongas esa cara —respondió ella—. Tu esposa merece saber algunas cosas.

Mi corazón dio un salto.

—¿Algunas cosas?

La mujer volvió a mirarme.

—Sí.

Adrián intervino rápidamente.

—Es suficiente por hoy.

Su abuela lo observó con seriedad.

—Todavía sigues intentando proteger tus secretos.

Él se quedó completamente quieto.

Yo también.

—¿Qué secretos? —pregunté.

Adrián me tomó suavemente del brazo.

—Vamos.

—Pero...

—Ahora.

Me llevó hacia otra habitación.

Cuando cerró la puerta, me solté de su brazo.

—¿Qué demonios fue eso?

—Nada.

—No me trates como si fuera tonta.

Adrián respiró profundamente.

—Mi abuela habla demasiado.

—Dijo que tú tienes secretos.

—Todos tenemos secretos.

—Yo no me estoy casando contigo para descubrirlos.

Él me miró fijamente.

—Eso espero.

Me quedé en silencio.

Había algo en su mirada que no podía entender.

Antes de que pudiera preguntarle otra cosa, escuchamos la voz de su madre desde el otro lado de la puerta.

—Adrián, tenemos que hablar.

Él abrió la puerta.

Victoria estaba allí.

Pero esta vez no sonreía.

Miró a su hijo.

Después me miró a mí.

—A solas.

Adrián cerró la mandíbula.

—No.

—Adrián...

—Ella se queda.

Victoria lo observó durante unos segundos.

Finalmente suspiró.

—Entonces tendrás que explicarle quién era realmente tu hermano.

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

Miré a Adrián.

Su rostro había perdido todo rastro de tranquilidad.

Y en ese momento comprendí algo.

La familia Montenegro escondía mucho más de lo que yo imaginaba.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.