Casada con el hombre que odio

La noticia

—¿Tu hermano?

Las palabras de Victoria seguían dando vueltas en mi cabeza.

No entendía por qué mencionar a su hermano había cambiado tanto el ambiente.

Adrián parecía otra persona.

—¿Qué pasó con él? —pregunté.

—No es el momento —respondió Adrián.

—Siempre dices eso.

—Porque hay cosas que todavía no necesitas saber.

—¿Y cuándo voy a poder saberlas?

Me miró fijamente.

—Cuando confíe en ti.

Sentí que me molestaba más de lo que debería.

—Entonces no esperes que yo confíe en ti tampoco.

Adrián no respondió.

Al día siguiente, mi padre me despertó temprano.

—Valentina, tenemos que hablar.

Bajé a la sala todavía medio dormida.

Cuando vi a las personas que estaban allí, me detuve.

Había fotógrafos.

Periodistas.

Y varias personas de la empresa.

—¿Qué está pasando?

Mi padre sonrió nerviosamente.

—Tenemos que anunciar tu compromiso.

—¿Hoy?

—Sí.

Lo miré incrédula.

—¡Pero nadie me preguntó!

—Es necesario.

—No quiero que toda la ciudad se entere.

—Ya es demasiado tarde.

Mi teléfono comenzó a vibrar.

Una notificación.

Después otra.

Y otra.

Lo desbloqueé.

Una fotografía de Adrián y yo aparecía en una página de noticias.

“El heredero Montenegro se compromete con Valentina Ríos.”

Sentí que me faltaba el aire.

—¿Quién tomó esa foto?

Mi padre no respondió.

Seguí leyendo.

“Fuentes cercanas aseguran que la boda se celebrará en dos semanas.”

Dos semanas.

Todo estaba sucediendo demasiado rápido.

—No puedo creerlo.

—Lo siento.

—No quiero que mi vida sea un espectáculo.

Mi padre se acercó.

—Solo será por un tiempo.

Lo miré.

—Eso dices porque no eres tú quien va a casarse.

Antes de que pudiera continuar, escuchamos un automóvil detenerse frente a la casa.

Adrián entró unos minutos después.

Llevaba un traje negro y una expresión seria.

—Tenemos que irnos.

—¿A dónde?

—A una entrevista.

—No.

—Valentina.

—No voy a fingir que estoy feliz.

Adrián se acercó.

—No tienes que fingir.

—Entonces, ¿qué hago?

Me miró directamente.

—Sonríe.

—Te odio.

—Ya me lo dijiste.

Me ofreció el brazo.

—Vamos.

Lo miré con fastidio.

Pero terminé tomándolo.

Cuando salimos, los flashes comenzaron inmediatamente.

—¡Adrián! ¿Es cierto que se casarán en dos semanas?

—¡Valentina! ¿Estás enamorada?

—¿Cómo se conocieron?

Las preguntas llegaron una tras otra.

Me quedé paralizada.

Adrián se acercó a mi oído.

—Respira.

—No puedo.

—Mírame.

Lo hice.

—Solo piensa en mí.

No sé por qué, pero sus palabras lograron tranquilizarme.

Sonreí para las cámaras.

Adrián puso una mano en mi cintura.

Y por un segundo olvidé que todo aquello era mentira.

Hasta que una periodista gritó:

—¡Adrián! ¿Es verdad que tu abuela eligió personalmente a Valentina?

Adrián se quedó inmóvil.

Yo también.

—¿Qué quiere decir con eso? —pregunté.

La periodista levantó su micrófono.

—¿No sabías que tu compromiso fue planeado hace años?

Miré a Adrián.

Su rostro había cambiado.

—¿Planeado? —repetí.

Él no respondió.

—Adrián...

Finalmente me miró.

Y supe que había algo que no me estaba contando.

Algo importante.

Algo que podía cambiarlo todo.




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