La boda estaba a una semana.
Una semana para convertirme en la esposa de Adrián Montenegro.
Y todavía no sabía si estaba tomando la decisión correcta.
Desde nuestra última conversación, Adrián no había vuelto a mencionar a Gabriel.
Yo tampoco.
Pero la pregunta seguía en mi cabeza.
¿Qué tenía que ver mi padre con su muerte?
—¡Valentina!
La voz de mi amiga Sofía me hizo regresar a la realidad.
—¿Estás escuchando?
—Sí.
—Mentira.
Sonrió y levantó una copa.
—Hoy no puedes estar triste. Es tu despedida de soltera.
Miré alrededor.
Había música, comida y algunas amigas de la universidad.
Intenté sonreír.
—Solo estoy nerviosa.
—Es normal.
Sofía se sentó a mi lado.
—Aunque todavía no puedo creer que vayas a casarte con Adrián Montenegro.
—Yo tampoco.
—¿Y lo amas?
La pregunta me tomó por sorpresa.
—No.
Respondí demasiado rápido.
Sofía levantó una ceja.
—¿Segura?
—Completamente.
—Entonces, ¿por qué siento que estás ocultando algo?
—Porque probablemente estoy ocultando que quiero escapar.
Las dos comenzamos a reír.
Por un momento olvidé todos mis problemas.
Hasta que mi teléfono vibró.
Miré la pantalla.
Número desconocido.
Abrí el mensaje.
Todavía puedes detener la boda.
Mi sonrisa desapareció.
Otro mensaje llegó inmediatamente.
Pregúntale a tu padre qué ocurrió la noche en que murió Gabriel Montenegro.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué pasó? —preguntó Sofía.
—Nada.
Bloqueé el teléfono.
Pero entonces llegó otro mensaje.
Esta vez había una fotografía adjunta.
La abrí.
Era una fotografía antigua.
Aparecían tres personas.
Mi padre.
Gabriel.
Y un tercer hombre.
Miré la imagen con atención.
No reconocía al tercero.
Hasta que vi su rostro.
Era Adrián.
Pero parecía mucho más joven.
Sentí que el corazón me golpeaba con fuerza.
Adrián había estado allí.
La noche que murió Gabriel.
Guardé rápidamente el teléfono cuando escuché una voz detrás de mí.
—¿Valentina?
Me giré.
Adrián estaba parado en la entrada.
Su mirada pasó de mí al teléfono que todavía sostenía en la mano.
—¿Qué estás haciendo aquí? —pregunté.
—Vine a buscarte.
—¿Por qué?
—Tenemos una cena familiar.
—No puedo ir.
—Sí puedes.
—No.
Adrián se acercó.
—¿Qué pasó?
—Nada.
Me sostuvo la mirada.
—Estás mintiendo.
—Y tú también.
Su expresión cambió.
—¿De qué hablas?
Saqué el teléfono.
Le mostré la fotografía.
Adrián se quedó completamente inmóvil.
Por primera vez desde que lo conocía, parecía realmente asustado.
—¿De dónde sacaste eso?
—Me la enviaron.
—¿Quién?
—No lo sé.
Adrián tomó mi teléfono y observó la fotografía.
—¿Quién más tiene esta imagen?
—No lo sé.
Me devolvió el teléfono.
—Valentina, tienes que escucharme.
—No.
—Esto es importante.
—¡Entonces dime la verdad!
Adrián apretó la mandíbula.
—No aquí.
—¿Por qué?
Miró alrededor.
Después volvió a mirarme.
—Porque si alguien te envió esa fotografía, significa que sabe que estás investigando.
Sentí un escalofrío.
—¿Y qué quieren?
Adrián se acercó y bajó la voz.
—Que canceles la boda.
Lo miré fijamente.
—¿Y tú?
Sus ojos se encontraron con los míos.
—Yo quiero que te cases conmigo.
—¿Por qué?
Adrián guardó silencio.
Y entonces dijo algo que jamás imaginé escuchar.
—Porque si cancelas la boda, no podré protegerte.
Mi corazón se detuvo.
¿Protegerme de quién?
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Editado: 26.08.2026