No dejé de pensar en las palabras de Adrián durante toda la noche.
Si cancelas la boda, no podré protegerte.
¿Protegerme de quién?
Al día siguiente intenté preguntarle.
No contestó mis llamadas.
Tampoco respondió mis mensajes.
Y eso solo consiguió ponerme más nerviosa.
La boda sería al día siguiente.
Todo estaba preparado.
El vestido.
Las flores.
El lugar.
Los invitados.
Todo.
Excepto yo.
—Estás preciosa.
Me miré en el espejo.
El vestido blanco se ajustaba perfectamente a mi cuerpo.
Mi cabello estaba recogido y llevaba unos pequeños pendientes que mi madre me había regalado.
Sonreí.
Pero no porque estuviera feliz.
Estaba aterrada.
—¿Estás segura? —preguntó mi padre detrás de mí.
Me giré.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
—No lo sé.
Él se acercó y tomó mi mano.
—Todavía puedes decir que no.
Lo miré sorprendida.
—¿De verdad?
—Sí.
—Pero la empresa...
—Encontraremos otra solución.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
—¿Por qué no me dijiste eso antes?
Mi padre sonrió tristemente.
—Porque quería que la decisión fuera tuya.
Lo abracé.
Quizás por primera vez desde que todo había comenzado, sentí que realmente podía elegir.
Entonces escuchamos que alguien tocaba la puerta.
Era Adrián.
Vestía un traje negro.
Se veía serio.
Mucho más serio de lo habitual.
Cuando me vio, se quedó en silencio.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
—Estás mirándome.
—Lo sé.
Apartó la mirada.
—Te ves hermosa.
Sentí que mis mejillas se calentaban.
—Gracias.
Mi padre salió de la habitación.
Adrián y yo quedamos solos.
—¿Todavía quieres hacer esto? —pregunté.
Me miró directamente.
—Sí.
—¿Aunque sabes que no confío en ti?
—Sí.
—¿Aunque sé que me ocultas cosas?
—Sí.
—¿Aunque podría odiarte después de descubrir la verdad?
Adrián se acercó.
—Sí.
—¿Por qué?
Sus ojos se quedaron sobre los míos.
—Porque hay algunas cosas que valen la pena arriesgar.
No supe qué responder.
La ceremonia comenzó.
Caminé lentamente hacia el altar.
Adrián me esperaba.
Cuando llegué a su lado, tomó mi mano.
Estaba fría.
La suya también.
—¿Nerviosa? —susurró.
—Mucho.
—Yo también.
Lo miré sorprendida.
—¿Tú?
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—No suelo casarme.
Tuve que contener una risa.
La ceremonia continuó.
Hasta que llegó el momento.
—Adrián Montenegro, ¿acepta a Valentina Ríos como su esposa?
Él me miró.
—Acepto.
Después fue mi turno.
—Valentina Ríos, ¿acepta a Adrián Montenegro como su esposo?
Miré a todos los invitados.
A mi padre.
A la familia Montenegro.
Y finalmente a Adrián.
Pensé en el contrato.
En Gabriel.
En la fotografía.
En el mensaje.
Y aun así dije:
—Acepto.
El sacerdote sonrió.
—Puede besar a la novia.
Adrián se acercó.
Por un segundo pensé que sería un beso rápido.
Pero sus ojos se quedaron en los míos.
—¿Puedo? —susurró.
No sé por qué, pero asentí.
Sus labios tocaron los míos.
Fue apenas un instante.
Pero mi corazón latió demasiado rápido.
Cuando se separó, Adrián sonrió ligeramente.
—Ahora sí eres mi esposa.
Lo miré.
—No te emociones.
—Demasiado tarde.
Esa noche, después de la celebración, llegamos a su casa.
Nuestra casa.
Adrián abrió la puerta.
—Bienvenida.
Entré.
Todo parecía perfecto.
Demasiado perfecto.
—¿Dónde está mi habitación?
—Arriba.
—¿Y la tuya?
—Al otro lado del pasillo.
Suspiré aliviada.
—Perfecto.
Adrián sonrió.
—Buenas noches, esposa.
—Buenas noches.
Subí las escaleras.
Pero antes de entrar a mi habitación, escuché mi teléfono.
Un nuevo mensaje.
Número desconocido.
Ahora que estás casada con Adrián, ya no hay vuelta atrás.
Me quedé inmóvil.
Y entonces llegó otro.
Él no te contó lo que ocurrió la noche que murió Gabriel.
Miré hacia el pasillo.
La puerta de Adrián estaba cerrada.
Por primera vez desde que había aceptado casarme con él, me hice una pregunta diferente.
¿Qué pasaría cuando descubriera toda la verdad?
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Editado: 26.08.2026