Casada con el hombre que odio

Mi esposo

No dormí.

El mensaje seguía en mi cabeza.

Él no te contó lo que ocurrió la noche que murió Gabriel.

Miré el teléfono una última vez antes de dejarlo sobre la mesa.

No iba a permitir que un mensaje anónimo arruinara mi primera noche en mi nueva casa.

Aunque, en realidad, ya estaba arruinada.

A la mañana siguiente bajé a la cocina.

Adrián ya estaba allí.

Vestía una camisa blanca y tenía una taza de café en la mano.

—Buenos días, esposa.

—No me llames así.

—¿Por qué?

—Suena raro.

—Legalmente, eres mi esposa.

—Solo porque firmamos un papel.

Adrián sonrió.

—Exactamente.

Me senté frente a él.

—¿Siempre desayunas tan temprano?

—Siempre.

—Qué aburrido.

—¿Y tú siempre eres así por las mañanas?

—¿Así cómo?

—De mal humor.

—No estoy de mal humor.

—Entonces tienes una manera muy particular de demostrarlo.

Lo ignoré y tomé una taza.

—¿Tienes clases hoy?

—Sí.

—Te llevaré.

—Puedo ir sola.

—Lo sé.

—Entonces no necesito que me lleves.

—No era una pregunta.

Lo miré.

—No eres mi dueño.

—Ya me lo dijiste.

—Y voy a seguir diciéndotelo.

Adrián soltó una pequeña risa.

—Está bien.

Durante el camino, ninguno habló demasiado.

Cuando llegamos a la universidad, Adrián estacionó frente a la entrada.

—Te recogeré a las cinco.

—No hace falta.

—A las cinco.

Abrí la puerta.

—Adrián.

—¿Sí?

—Gracias.

Él me miró sorprendido.

—¿Por qué?

—Por no intentar controlar todo.

Sonrió.

—Todavía es temprano.

Bajé del automóvil.

—¿Qué significa eso?

Pero ya había cerrado la puerta.

Intenté concentrarme en mis clases.

No pude.

Mis amigas no dejaron de preguntarme por la boda.

—¡Estás casada! —dijo Sofía emocionada.

—No grites.

—¿Por qué? Es increíble.

—No es tan increíble.

—¿Y cómo es vivir con él?

—Llevo una noche.

—¿Y?

—Dormimos en habitaciones separadas.

Sofía sonrió.

—Por ahora.

—No empieces.

Ella rio.

Pero entonces mi teléfono vibró.

Un mensaje.

Número desconocido.

Pregúntale por qué estaba con Gabriel la noche del accidente.

Sentí un escalofrío.

Apagué inmediatamente la pantalla.

—¿Todo bien? —preguntó Sofía.

—Sí.

Mentí.

Otra vez.

A las cinco, Adrián estaba esperándome.

Subí al automóvil sin decir nada.

Él me miró.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

—Estás muy callada.

—Estoy cansada.

Adrián no insistió.

Hasta que llegamos a casa.

Entonces dejó las llaves sobre la mesa.

—Valentina.

—¿Qué?

—Sé que algo pasa.

Lo miré.

—¿Por qué estabas con Gabriel la noche que murió?

Adrián se quedó inmóvil.

El silencio fue inmediato.

—¿Quién te dijo eso?

—Solo responde.

—No.

—¿No qué?

—No voy a responder una pregunta que alguien te está haciendo para manipularte.

—Entonces es verdad.

—No dije eso.

—Pero tampoco lo negaste.

Adrián pasó una mano por su cabello.

—Yo estaba allí.

Sentí que el corazón me golpeaba con fuerza.

—¿Con Gabriel?

—Sí.

—¿Y mi padre?

Su mirada cambió.

—También.

Sentí que todo a mi alrededor se detenía.

—¿Qué pasó aquella noche?

Adrián se acercó.

—Todavía no puedo contártelo.

—¡Soy tu esposa!

—Precisamente por eso.

—¿Qué significa eso?

Me miró fijamente.

—Significa que ahora estás involucrada.

—¿Involucrada en qué?

Adrián guardó silencio.

Entonces escuchamos un golpe en la puerta.

Ambos nos giramos.

Adrián tomó rápidamente mi mano.

—Quédate aquí.

—¿Quién es?

No respondió.

Caminó hacia la entrada.

Abrió la puerta.

No había nadie.

Solo un sobre negro en el suelo.

Adrián lo recogió.

Lo abrió.

Su rostro cambió.

—¿Qué dice? —pregunté.

Me miró.

—Nada.

—Adrián...

Guardó el papel en el bolsillo.

—Sube a tu habitación.

—No.

—Valentina, hazme caso.

—No voy a ir a ningún lado.

Adrián apretó la mandíbula.

Finalmente sacó el papel y me lo entregó.

Solo había una frase escrita:

“El siguiente accidente será el de tu esposa.”




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