Casada con el hombre que odio

La habitación de al lado

A la mañana siguiente desperté con una sensación extraña.

Había dormido poco, pero por primera vez desde que había llegado a aquella casa, no me sentía completamente sola.

Abrí la puerta de mi habitación.

Adrián seguía en el sofá.

Dormía.

Por primera vez pude observarlo sin que él me mirara con aquella expresión seria que siempre llevaba.

Parecía diferente.

Más joven.

Más tranquilo.

Me acerqué para cubrirlo con una manta.

Pero justo cuando iba a hacerlo, abrió los ojos.

—¿Qué haces?

Me sobresalté.

—Nada.

—Estabas a punto de cubrirme.

—Tenías frío.

Adrián miró la manta que tenía en mis manos.

—Gracias.

—No te acostumbres.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—No pensaba hacerlo.

Me dirigí a la cocina.

—Voy a preparar el desayuno.

—Yo lo hago.

—Puedo hacerlo sola.

—Nunca dije que no pudieras.

Lo miré.

—Entonces deja de seguirme.

—No te estoy siguiendo.

—Llevas dos días haciéndolo.

—Porque alguien está amenazando a mi esposa.

La palabra volvió a sonar extraña.

Mi esposa.

Aparté la mirada.

—No tienes que protegerme todo el tiempo.

Adrián se acercó.

—Sí tengo.

—¿Por qué?

—Porque fui yo quien te metió en esto.

No respondí.

Después del desayuno, Adrián recibió una llamada.

Contestó y se alejó unos metros.

No podía escuchar lo que decía.

Pero su expresión cambió.

Cuando terminó, se acercó a mí.

—Tengo que salir.

—¿A dónde?

—A la empresa.

—¿Y yo?

—Te quedarás aquí.

—No.

Adrián levantó una ceja.

—¿No?

—Voy contigo.

—Valentina...

—No pienso quedarme encerrada en una casa por miedo.

—No es miedo.

—Entonces demuéstramelo.

Me miró durante unos segundos.

Finalmente suspiró.

—Está bien.

La empresa Montenegro era enorme.

Cuando entramos, varias personas comenzaron a mirarnos.

Una mujer se acercó.

—Señor Montenegro.

Después me miró.

—Señora Montenegro.

Todavía no me acostumbraba a escuchar ese apellido junto al mío.

Adrián tomó mi mano.

—Ella es Valentina.

La mujer sonrió.

—Todos sabemos quién es.

—¿Todos? —pregunté.

Adrián me miró.

—No le hagas caso.

Continuamos caminando.

Al llegar a su oficina, encontré varias fotografías sobre una mesa.

Una de ellas llamó mi atención.

Gabriel.

La tomé.

—Era muy parecido a ti.

Adrián se quedó detrás de mí.

—Sí.

—¿Eran cercanos?

—Mucho.

—¿Qué pasó entre ustedes antes de su muerte?

Adrián tardó en responder.

—Nos peleamos.

Me giré.

—¿Por qué?

—Por algo que ahora no importa.

—Todo lo relacionado con Gabriel parece importar.

Adrián bajó la mirada.

—Tienes razón.

Antes de que pudiera preguntarle algo más, alguien entró en la oficina.

Era una mujer joven.

Elegante.

Y demasiado familiar con Adrián.

—No sabía que estabas aquí.

Adrián se quedó serio.

—¿Qué haces aquí, Camila?

Ella sonrió.

—Vine a felicitarte.

Entonces miró nuestras manos.

Adrián todavía sostenía la mía.

La sonrisa de Camila desapareció.

—Así que ella es tu esposa.

—Sí.

Camila me observó de arriba abajo.

—Es diferente a lo que imaginaba.

—¿Nos conocemos? —pregunté.

—No.

Sonrió.

—Pero conozco muy bien a Adrián.

Soltó mi mano.

—De hecho, estuvimos a punto de casarnos.

Sentí que algo se apretaba dentro de mi pecho.

Miré a Adrián.

—¿Es verdad?

Él no respondió.

Camila sonrió.

—Parece que tu esposo olvidó contarte algunas cosas.

Y salió de la oficina.

Me quedé mirando la puerta.

Después miré a Adrián.

—Tenemos que hablar.

Él suspiró.

—Lo sé.

Y por primera vez desde nuestra boda, sentí algo que no quería sentir.

Celos.




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