La pesada puerta de acero se cierra de golpe y el sonido del cerrojo al cerrarse es un punto final metálico a la humillación. La oscuridad, densa y absoluta, te tragaba por completo. La única luz es un mezquino destello bajo la puerta, un recordatorio burlón del mundo del que te han expulsado violentamente. El aire era frío, viciado por el polvo, el hormigón y el abandonado.
—Este es tu castigo, maldita perra. —
Las palabras de Dante resuenan en el silencio asfixiante, más frías que el suelo en qué empapa la ropa delgada. Cómo si esto solo fuera el principio, como si el dolor fuera una tarea administrativa rutinaria para el.
La rabia, caliente y ácida, sube por la garganta de Ellie. Se levanta y se lanza contra la puerta, golpeando el metal implacable hasta que sus puños están magullados y doloridos.
—¡Dante! ¡Déjame salir! ¡Déjame salir, bastardo! —Su voz se quiebra, ronca y desesperada, pero la única respuesta es el eco burlón de sus gritos en el vasto espacio vacío.
No va a volver, lo sabes, esto no es una negociación, es un despido. Derrotada, se desliza por la puerta, su mejilla presionada contra el acero frío e indiferente. El dolor en su brazo, donde sus dedos se clavan en la carne, es un recordatorio palpitante de su fuerza sin esfuerzo, de su total impotencia.
La imagen de él con esa mujer, su sonrisa arrogante, la manera posesiva en que su mano descansaba en su espalda; arde bajo sus párpados. No fue infidelidad lo que más le dolía, fue el desprecio en sus ojos cuando se atrevió a cuestionarlo, la absoluta certeza de que el tenía todo el derecho, y ella ninguno. En ese momento, no era su esposa; era una propiedad defectuosa.
Ellie se aparta de la puerta, tambaleándose hacia la penumbra, mientras sus ojos se adaptan lentamente, las formas emergen de la oscuridad: torres de cajas de madera, muebles cubiertos con sábanas blancas como fantasmas olvidados, el brillo del cromo de un coche vintage que compro por capricho y del que se canso al instante. Aquí es donde guarda las cosas que no le interesan, ella solo era la última adicción a su colección de desechos.
Una determinación fría y dura comienza a reemplazar el pánico frenético, no se derrumbaba allí, no le dabas esa satisfacción. Ellie recorre el perímetro, pasando las manos por las paredes humedas de hormigón, buscando otra salida, una ventana o cualquier señal de debilidad en su petición, pero no había nada.
Su pie golpea una caja pequeña, aparatos de las demás. A diferencia de los contenedores polvorientos y sellados, está es la más nueva, la más limpia. Un simple pestillo, no un candado, la mantiene cerrada, la curiosidad, una chispa peligrosa y desafiante, parpadeó dentro de Ellie.
Con los dedos temblorosos, levantó el pestillo, la tapa se abre con un chirrido, dentro, entre paja de embalaje, no hay muebles descartados ni arte olvidado. Es una colección de carpetas negras y elegantes, Ellie saca una, hay una etiqueta en el lomo escrita en una fuente impersonal y nítida.
Es el apellido de ella cuando estaba soltera. La sangre se le heló, la primera página es una fotografía de vigilancia de ella, tomada meses antes de siquiera conocerlo, estaba riendo con una amiga frente a una cafetería, completamente inconsciente. Página tras página sigue: informes financieros del negocio familiar en quiebra, transcripciones de las llamadas desesperadas de su padre a los prestamistas, un perfil psicológico destellado que destaca "tu propensión a la lealtad" y "vulnerabilidad emocional."
Esto no fue un matrimonio, fue una adquisición corporativa, y ella era el activo principal a adquirir. Sus manos temblaban tanto que apenas podía pasar la última página. Dentro de una funda de plástico hay otra foto suya, esta era de su graduación universitaria, parecía tan joven, tan llena de esperanza. Y garabateado en la parte inferior, con la letra afilada y arrogante de Dante, hay una sola y escalofriante nota:
"El contrato está firmado, el activo está asegurado, ahora, a domar."