Casada Con Un Musulmán

La Propuesta

Capitulo 2

Hasan estaba lleno de vómito. La noche anterior, cuando llevó a Romina y a su amigo a su departamento, jamás en su vida había estado en una situación tan descabellada. Ya se podía imaginar por qué las leyes islámicas la prohibían.

Esa tarde, un día antes de irse a Dubái, aún pensaba en la chica que había conocido la noche anterior, cuando su celular se encendió con una llamada de Skype de su padre.

Antes de contestar, suspiró y le pidió a su Dios que le diera paciencia.

—Hola, padre. La paz sea contigo.

—Bendiciones, Hasan —lo bendijo su padre—. ¿Ya has preparado tu maleta para regresar? Te necesito lo antes posible en tu oficina. Por algo eres el jefe.

—Sí, padre. Tengo todo listo.

—Bien, eso me contenta —dijo su padre—. Y dime, ¿conseguiste esposa? Quedamos en que, si no lo hacías, yo lo haría por ti. Ya sabes que la hija de los Abadi está buscando un marido. Qué mejor que una musulmana…

—Padre, quedamos en que las otras tres las elegirías tú, y la última la elegiría yo, sin importar de dónde fuera, siempre que no fuera idólatra o impura.

El hombre refunfuñó.

—Si vuelves aquí sin una esposa, te casaré con la hija de los Abadi. No quiero objeciones.

—Pero… —Su padre finalizó la llamada.

Hasan miró al techo y le pidió a Dios que le diera claridad en sus pensamientos para resolver esto antes de irse. «Romina Valente», susurró su conciencia. Y entonces, todo le fue claro.

Romina era la única que lo podía sacar de ese aprieto. Hasan pensó que tal vez se podían ayudar mutuamente. Ella necesitaba una vida estable y él, una esposa. Además, Romina era perfecta, quitando la parte de que lo vomitó encima, claro.

Llamó a su chofer para que preparara el auto. Debía ir a casa de Romina cuanto antes. ¿Sería difícil convencerla? No lo sabía.

Romina se veía en un sueño, junto a un hombre moreno, alto y fornido. Usaba túnica y una pañoleta sobre el cabello, mientras caminaban juntos en medio del desierto. Parecía que aquel hombre la llevaba a alguna parte.

—Podemos parar —dijo ella.

—Nos falta poco, Neith… —respondió él, alentándola—. Si estás cansada, puedo llevarte en mis brazos.

Ella bufó y sonrió.

—No necesito que un hombre me lleve en sus brazos. Bien puedo hacerlo yo sola.

Sin decir nada más, dejó al hombre con una ceja enarcada y siguió su camino a alguna parte.

El sueño terminó y Romina apenas recordó algunas fracciones de lo sucedido.

—¡¿Por qué dejaste que me emborrachara si sabes cómo me pongo?! —discutía con su amigo en su departamento. Hacía dos horas que se había despertado con un fuerte dolor de cabeza, pero gracias a los medicamentos, estaba mejor.

—Yo no sé. Tú te quedaste junto a él —se defendió—. Me fui a la pista. Cuando me di cuenta, rato después, Hasan estaba lleno de vómito.

Romina se jalaba el cabello. No podía creerse ese bochorno. A pesar de que estaba borracha, recordaba ciertos puntos, como cuando Hasan la trajo en sus brazos a su habitación. También cuando la limpió con su pañuelo en el club para que nadie la observara llena de vómito.

Y ahora, gracias a su desfachatez, jamás lo volvería a ver.

—No es justo —se quejó—. Hasan era hermosísimo…

Ulises rodó los ojos.

—Mira esto… —le mostró una imagen de ella en los brazos del árabe—. Me la compartió la chica que conocí anoche.

Romina le jaló la oreja.

—Pedazo de idiota —el chico se quejó—. Te invité para que me cuidaras y lo que hiciste fue ir a ligar.

Lo soltó y se cruzó de brazos con el ceño fruncido y su “pico” ensanchado. Típico de Romina cuando se molestaba.

Ulises se sentó a su lado, en la cama de la habitación. Ellos dos compartían departamento.

—Romy, sé que estás enojada porque ese musulmán te llamó la atención —ella no lo miraba, pero él, sí a ella—. Pero debes entender que cosas así suelen pasar. No me puedes culpar por tus errores.

La chica soltó una bocanada de aire y se apoyó en el hombro de Ulises.

—Lo siento. Tienes razón —esta vez lo observó con una sonrisa—. Sabes que te quiero mucho, ¿no?

Ellos dos se sentían y se comportaban como dos hermanos. Cuando se conocieron, Romina buscaba a alguien para que la ayudara a pagar un departamento. Ulises era nuevo en la Ciudad de México y también buscaba lo mismo. Un año más tarde, ya eran inseparables.

—Lo sé. Yo también me quiero —el castaño de ojos oscuros besó la frente de la chica—. Y también te quiero a ti.

Romina se echó a reír.

—Amanecimos cursis.

—No, tú amaneciste cursi —le apretó la nariz y Romina se quejó—. ¿Por casualidad andas en tus días?

Esa pregunta hizo que Romina volviera a reírse, pero esta vez de forma más escandalosa, como solían ser sus risas.

Unos treinta minutos después, tocaron a la puerta y Ulises salió de su habitación para abrir. Se encontró con un hombre con traje elegante, que usaba unos lentes de sol y tenía una altura imponente.

—¿Y usted quién es?

—Buen día. ¿Se encuentra la señorita Romina en casa?

Ulises lo pensó muy bien antes de darle una respuesta. ¿Por qué preguntaba directamente por su amiga sin siquiera presentarse antes? Como ya sabemos, no era la primera vez que un hombre buscaba a Romina para llevársela a la cama.

Entonces le cerró la puerta en la cara.

—¡Señor! —gritó el hombre detrás de la puerta—. Vengo de parte del señor Hasan Abadallah. Soy su chofer.

Ulises se detuvo y abrió nuevamente la puerta.

—¿Neta? —El hombre asintió—. No mames, debiste empezar por ahí.

—Lo siento, señor. Tenía órdenes claras de venir por Romina. Pensé que ella sabía.

—Mmm, no —negó—. La llamaré. Usted espéreme aquí. No se mueva ni se robe nada.

El hombre rodó los ojos. Ulises no lo notó por los lentes que los tapaban.

Se adentró en la habitación de Romina, donde ella estaba con su celular mirando series de Amazon.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.