Tania Velasco estaba sentada frente a sus padres sin entender por qué habían decidido reunirla aquella noche.
La enorme mesa del comedor estaba prácticamente intacta. Nadie había tocado la comida y el silencio resultaba demasiado incómodo.
—¿Por qué me llamaron? —preguntó Tania.
Su padre bajó la mirada.
—Tenemos que hablar contigo.
Tania frunció el ceño.
—Eso ya lo veo.
Su madre respiró profundamente antes de hablar.
—La empresa está en problemas.
Tania se quedó callada.
Sabía que los últimos meses habían sido difíciles, pero nunca imaginó que la situación fuera tan grave.
—¿Qué tan mal están las cosas?
Su padre dejó un documento sobre la mesa.
—Podríamos perderlo todo.
Tania tomó los papeles y comenzó a leerlos.
Entonces apareció un nombre que no conocía demasiado bien.
Lombardi Corporation.
—¿Qué tiene que ver esta empresa con nosotros?
Su padre tardó unos segundos en responder.
—Nos ofrecieron una solución.
—¿Qué solución?
Su madre tomó su mano.
—Un matrimonio.
Tania levantó la cabeza inmediatamente.
—¿Qué?
—El heredero de los Lombardi necesita casarse para cumplir una condición establecida por su abuelo. Si tú te casas con él, ambas familias tendrán un acuerdo que permitirá salvar nuestra empresa.
Tania soltó lentamente los documentos.
—No.
—Tania…
—¡He dicho que no!
Se levantó de la silla.
—No voy a casarme con un desconocido para solucionar los problemas de ustedes.
—No queremos obligarte —dijo su padre con tristeza—, pero si rechazamos el acuerdo, perderemos la empresa y también nuestra casa.
Tania se quedó inmóvil.
Aquello era demasiado.
—¿Cómo se llama?
Su madre respondió:
—Adrián Lombardi.
En ese momento, las puertas del comedor se abrieron.
Tania giró lentamente.
Un joven entró acompañado de un hombre mayor.
Adrián Lombardi.
Vestía de manera impecable y mantenía una expresión seria. No parecía sorprendido por la situación.
Sus ojos se encontraron con los de Tania.
Ninguno dijo nada.
Finalmente, Adrián se acercó a la mesa.
—Buenas noches.
Tania cruzó los brazos.
—¿Tú también estás obligado a hacer esto?
—Sí.
La respuesta fue tan directa que Tania parpadeó.
—Entonces al menos estamos de acuerdo en algo.
Adrián tomó asiento frente a ella.
—No quiero casarme contigo.
Tania sintió una pequeña punzada de orgullo.
—Perfecto. Yo tampoco quiero casarme contigo.
Por primera vez, Adrián pareció contener una sonrisa.
—Entonces será sencillo.
—¿Sencillo?
—Nos casamos, cumplimos las condiciones del acuerdo y después cada uno sigue con su vida.
Tania lo observó con desconfianza.
—¿Eso es todo?
—Eso es todo.
Su padre colocó otro documento sobre la mesa.
—El contrato establece que el matrimonio deberá durar un año.
Tania abrió los ojos.
—¿Un año?
Adrián asintió.
—Después podremos divorciarnos.
Tania tomó el bolígrafo, pero antes de firmar volvió a mirar a Adrián.
—Tengo una condición.
—¿Cuál?
—No vas a decidir sobre mi vida.
Adrián sostuvo su mirada.
—Y tú no decidirás sobre la mía.
—Trato hecho.
Tania firmó.
Adrián tomó el bolígrafo y firmó después.
Dos firmas.
Un matrimonio.
Un año.
Eso era lo que ambos creían.
Ninguno podía imaginar que aquel contrato que comenzó como una obligación terminaría cambiando sus vidas para siempre.
Editado: 24.08.2026