Tania todavía llevaba puesto su vestido cuando llegó frente a la enorme mansión Lombardi.
Miró por la ventana del automóvil.
—¿De verdad voy a vivir aquí?
Adrián, sentado a su lado, respondió tranquilamente:
—Durante un año.
Tania suspiró.
—No tienes que recordármelo.
El automóvil se detuvo frente a la entrada.
Un grupo de empleados esperaba para recibirlos.
Tania bajó del vehículo y observó la enorme casa.
Era elegante, silenciosa y demasiado grande.
—Bienvenida a tu nueva casa —dijo Adrián.
Tania lo miró.
—¿Nuestra casa?
Adrián levantó una ceja.
—Supongo que ahora sí.
Tania entró.
El interior era todavía más impresionante que el exterior. Había enormes ventanales, cuadros antiguos y largos pasillos.
Una mujer elegante se acercó a ellos.
—Señor Lombardi.
—Isabella.
La mujer miró a Tania de arriba abajo.
—Así que ella es tu esposa.
Tania sonrió educadamente.
—Mucho gusto.
Isabella mantuvo una expresión seria.
—Espero que entiendas las responsabilidades que implica formar parte de esta familia.
Tania sintió cierta incomodidad.
—Haré lo posible.
Adrián intervino inmediatamente.
—Mamá, acaba de llegar.
Isabella lo miró.
—Solo estoy hablando con ella.
—Ya habrá tiempo para eso.
Adrián tomó la mano de Tania.
Ella se sorprendió.
No esperaba que lo hiciera frente a su madre.
—Vamos —dijo él.
Subieron las escaleras.
Cuando llegaron al segundo piso, Tania preguntó:
—¿Dónde está mi habitación?
Adrián señaló una puerta.
—Ahí.
Tania abrió.
La habitación era enorme y tenía un balcón con vista al jardín.
—Es preciosa.
Adrián permaneció en la puerta.
—Puedes cambiar lo que quieras.
Tania lo miró.
—¿En serio?
—Es tu habitación.
Ella sonrió por primera vez desde que llegaron.
—Gracias.
Adrián asintió.
—Hay algo más.
—¿Qué?
—Mi habitación está al final del pasillo.
Tania se quedó callada.
—¿Y?
—Nada.
—Adrián.
Él sonrió ligeramente.
—Solo quería que lo supieras.
Tania cerró la puerta después de que él se marchó.
Se apoyó contra ella y soltó un suspiro.
—Esto va a ser un año muy largo.
Más tarde, durante la cena, Tania descubrió que Adrián apenas hablaba.
Su hermana Valeria, en cambio, no dejaba de observarlos.
—¿Puedo hacer una pregunta?
Tania sonrió.
—Claro.
—¿Cómo se conocieron?
Tania y Adrián se miraron.
Ninguno respondió inmediatamente.
—Fue complicado —dijo Adrián.
Valeria sonrió.
—Eso no responde mi pregunta.
Tania comenzó a reír.
Adrián la miró sorprendido.
—¿Qué?
—Nada.
—Te estás riendo de mí.
—Un poquito.
Valeria soltó una carcajada.
Por primera vez aquella noche, Adrián también sonrió.
Tania se quedó mirándolo.
Aquella pequeña sonrisa cambió completamente su expresión.
Cuando terminó la cena, Tania salió al jardín.
Necesitaba estar sola.
El aire nocturno era tranquilo.
—¿No puedes dormir?
Tania se giró.
Adrián estaba detrás de ella.
—Todavía no.
Él se acercó.
—¿Te arrepientes?
Tania pensó unos segundos.
—No sé.
Adrián bajó la mirada.
—Yo tampoco.
Hubo silencio.
—Adrián…
—¿Sí?
—¿Algún día vas a contarme toda la verdad?
Él la miró directamente.
—Sí.
—¿Cuándo?
Adrián tardó unos segundos en responder.
—Cuando llegue el momento.
Tania suspiró.
—Siempre dices eso.
Adrián sonrió.
—Porque siempre es cierto.
Tania lo miró durante unos segundos.
Sin darse cuenta, ambos habían comenzado a acercarse.
Pero antes de que pudieran decir algo más, una voz interrumpió el momento.
—Adrián.
Los dos se separaron.
Isabella estaba en la puerta.
—Tenemos que hablar.
Adrián miró a Tania.
—Ve a descansar.
Tania asintió.
Mientras regresaba a la casa, no pudo evitar mirar hacia atrás.
Adrián seguía hablando con su madre.
Y por alguna razón, Tania tuvo la sensación de que aquella conversación tenía algo que ver con ella.
Algo que todavía no estaba preparada para descubrir.
Editado: 29.08.2026