Sigo mirando el número escrito al final de la carta como si fuera a desaparecer si parpadeo. El anillo sigue pesando en mi dedo, recordándome que todo esto es real... aunque no lo sienta así.
Respiro hondo.
No puedo quedarme aquí sin respuestas.
Tomo el móvil de la mesita. Mis manos tiemblan cuando marco el número. Una parte de mí espera que nadie conteste, que todo sea una broma cruel. Pero el tono suena una vez... dos...
—¿Delhia? —dice una voz masculina al otro lado.
Mi corazón da un salto.
—S-sí... soy yo.
Hay un breve silencio, como si él también estuviera respirando hondo.
—Gracias por llamar —responde con calma—. ¿Estás bien?
Esa simple pregunta hace que todo me caiga encima.
—No lo sé —confieso—. Me desperté en una habitación que no reconozco, con una carta que dice que estoy casada con un desconocido.
—No eres una desconocida para mí —dice—. Y entiendo que estés confundida.
—¿Confundida? —suelto una risa nerviosa—. Alan, no recuerdo casi nada de anoche.
Su nombre suena extraño saliendo de mi boca.
—Lo imaginé —responde—. Por eso no quise despertarte. Pensé que lo mejor era darte espacio.
—¿Espacio después de... casarnos?
—Después de cometer una locura —corrige—. Una locura compartida.
Aprieto el móvil contra mi oreja.
—¿Dónde estás? —pregunto.
—Aquí mismo —dice—. Al otro lado de la puerta.
Mi cuerpo se queda completamente quieto.
—¿Qué?
Antes de que pueda decir algo más, llaman suavemente a la puerta de la habitación. Trago saliva y cuelgo.
Camino despacio, cada paso más pesado que el anterior. Abro la puerta.
Y ahí está.
Alan es más alto de lo que imaginé. Su cabello negro y liso cae de forma despreocupada sobre su frente, como si no se hubiera molestado en arreglarlo, y aun así se ve peligrosamente bien. Su piel clara contrasta con la ropa oscura que lleva puesta, y cuando levanta la mirada hacia mí, siento un pequeño vuelco en el pecho.
Sus ojos verdes se clavan en los míos. No son fríos ni distantes, más bien parecen atentos, como si estuviera tratando de leerme, de asegurarse de que estoy bien de verdad. Su expresión tranquila choca por completo con el caos que llevo por dentro.
—Hola —dice en voz baja, con una voz suave que no esperaba.
—Hola —respondo, sin saber qué más hacer ni cómo reaccionar ante lo cerca que está.
Sus ojos bajan por un segundo hacia mi mano... hacia el anillo. Aprieta ligeramente la mandíbula, pero no dice nada de inmediato.
—No voy a huir —dice al fin—. Ni de ti, ni de lo que pasó.
Algo en su seguridad me descoloca.
—Yo no sé si quiero quedarme —admito, siendo honesta.
Asiente con seriedad, pero entonces aparece una leve sonrisa en sus labios, pequeña y tranquila, como si no tuviera prisa.
—Entonces hablemos —propone—. Sin mentiras. Tú decides después.
Lo miro unos segundos más. No debería sentirme así de calmada con un desconocido... y sin embargo, su forma de hablar, de mirarme, hace que mi respiración se normalice poco a poco.
Me hago a un lado y lo dejo pasar.
En ese momento, mi móvil vibra.
Miro la pantalla.
Nora:
Delhia, dime que estás bien.
No estabas cuando desperté.
Siento un nudo en el estómago.
Estoy bien, escribo tras dudar unos segundos.
Perdón por desaparecer.
Los tres puntitos aparecen enseguida.
¿Dónde estás?
Me asusté.
Miro a Alan de reojo y vuelvo al móvil.
En un hotel.
Luego te explico, lo prometo.
Hay una pausa.
Delhia... eso no suena bien.
Llámame cuando puedas, ¿sí?
Sí,respondo.
Guardo el móvil y respiro hondo. No sé cómo voy a explicarle nada. No sé cómo voy a explicar que desperté casada con un desconocido.
Levanto la vista. Alan sigue allí, sin invadir mi espacio, esperando.
Tal vez esta historia no empezó como un sueño.
Pero todavía no sé si terminará como una pesadilla...
o como algo que cambie mi vida para siempre.
Editado: 19.01.2026