Casada sin memoria

El anillo de mi dedo

Alan sigue parado al otro lado de la habitación, con los brazos relajados, como si todo el caos que siento no le afectara en absoluto. Sus ojos verdes me atraviesan, atentos, evaluándome. No sé si lo que siento es miedo, curiosidad o... algo más que no quiero admitir.

Miro el anillo en mi dedo. Es pesado, frío, y me recuerda que esto es real. Todo esto es real.

—Supongo que deberíamos sentarnos —murmuro, señalando el sillón—. Para... hablar.

Él asiente y se sienta, manteniendo una distancia que duele y calma al mismo tiempo. Ni demasiado cerca, ni demasiado lejos. Me siento frente a él, consciente de todo: su cabello negro liso, la piel clara, sus labios ligeramente curvados, y esos ojos verdes que parecen ver hasta los secretos que ni yo quiero admitir.

—Esto es... una locura —digo, tratando de sonar firme, aunque mi voz tiembla—.

—Lo sé —responde él, tranquilo, con una calma que me irrita y me atrae a la vez—. Y no espero que lo entiendas ahora.

Mi garganta se seca. Trato de procesar lo que pasó. La fiesta, las luces, el alcohol... y después, este anillo, esta habitación, Alan. Todo se siente como un sueño del que no puedo despertar.

—No recuerdo nada —confieso, bajando la vista—. Solo flashes... luces, risas... y luego desperté aquí. Con un anillo, con una carta.

Alan asiente lentamente. Su mirada no se aparta de mí, y siento que cada segundo que lo observo me desarma más.

—Lo sé —dice—. Fue... un caos. Pero lo que pasó, pasó.

Un nudo se forma en mi estómago. —¿Por qué no me lo contaste antes? —pregunto, cruzando los brazos, tratando de sonar fuerte aunque mi corazón late demasiado rápido.

—No quería asustarte —responde—. Ni que te sintieras obligada a nada. Solo quería que despertaras sin presión. Que recuerdes a tu ritmo.

Siento cómo algo dentro de mí se tensa. Sus palabras son sinceras, y a la vez... me hace sentir vulnerable. Es como si pudiera leer mi mente sin tocarme.

—Entonces... esto no fue planeado —digo, tratando de mantener la voz firme—. Todo fue... accidental.

Alan inclina la cabeza, esa leve sonrisa suya aparece, pequeña y medida, como si supiera exactamente el efecto que tiene sobre mí.

—Nunca se planea algo así —admite—. Pero tampoco podemos ignorarlo.

Mi mirada baja al anillo otra vez. Me siento atrapada entre miedo y curiosidad. Cada segundo que paso frente a él me recuerda que no puedo huir, y aunque quiero, hay algo en su mirada intensa que me hace querer escuchar más, aunque no sepa por qué.

—Supongo que tendremos que reconstruir todo —susurro—. Lo que pasó, lo que sentimos... y todo lo demás.

Alan se recuesta ligeramente, apoyando un brazo en el respaldo. Sus ojos verdes no pierden detalle de mí, y por un instante, siento que estoy desnuda ante él, aunque solo sea emocionalmente.

—Si quieres —dice con suavidad—, podemos hacerlo juntos. Paso a paso. Sin prisas. Solo tú y yo.

Respiro hondo. La tensión entre nosotros es palpable, casi dolorosa. No es romántico... todavía. Es peligroso, confuso, perturbador. Pero no puedo negar que me atrae, que quiero saber más.

—Está bien —susurro finalmente—. Empecemos.

Alan asiente, serio, con esa calma que me desconcierta. Mientras habla, intentando recordar todo lo que pasó, siento que nada volverá a ser igual. Y aunque mi mente grita que todo esto es una locura, una parte de mí no puede evitar preguntarse qué más esconde la noche... y qué más está escondiendo él.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.