Casados sin saberlo

Capitulo 3. Una propuesta inesperada

Elizabeth llevaba varios días intentando convencerse de que todo estaría bien.

Lo repetía mientras trabajaba.

Lo repetía mientras hacía cuentas.

Lo repetía incluso antes de dormir.

—Todo va a estar bien —murmuró una noche, sentada frente a la pequeña mesa de la cocina—. Tiene que estar bien.

Sobre la mesa había varias hojas: gastos del departamento, comida, transporte, dinero que debía enviar a su madre y, en una esquina, la notificación que le recordaba que su situación migratoria tenía fecha de vencimiento.

Tres meses.

Noventa días.

Elizabeth suspiró.

Había conseguido el trabajo que siempre había querido, pero todavía faltaba un mes para comenzar.

Y, paradójicamente, justo cuando parecía que finalmente había conseguido una oportunidad para mejorar su vida, el tiempo comenzaba a jugar en su contra.

Michell entró a la cocina con dos tazas de café.

—Deja de mirar esos papeles como si fueran a desaparecer por miedo.

Elizabeth levantó la mirada.

—Ojalá funcionara.

—No funciona.

—Gracias por tu optimismo.

Michell dejó una taza frente a ella y se sentó.

—Pero tengo una idea.

Elizabeth entrecerró los ojos.

—Cuando dices eso, normalmente debería preocuparme.

—Esta vez es una buena idea.

—Eso también lo dices antes de las malas.

Michell sonrió.

—¿Quieres conservar tu trabajo?

—Por supuesto.

—¿Quieres quedarte en Nueva York?

—Sí.

—¿Quieres seguir enviándole dinero a tu mamá y ayudar a tu hermano?

Elizabeth dejó de sonreír.

—Sabes que sí.

Michell respiró profundamente.

—Entonces existe una posibilidad.

—¿Qué posibilidad?

Michell dudó unos segundos.

—Casarte.

Elizabeth se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Casarte.

—Te escuché. Lo que no entiendo es por qué acabas de decirlo como si me estuvieras proponiendo comprar leche.

—Porque estoy intentando que no entres en pánico.

—¡¿Casarme?!

—Baja la voz.

—¡¿Con quién?!

—Precisamente ese es el detalle.

Elizabeth se levantó de la silla.

—Michell, no estoy buscando novio. Mucho menos esposo. ¡Ni siquiera tengo tiempo para una cita!

—No estoy hablando de amor.

Elizabeth la miró con absoluta incredulidad.

—Eso no mejora las cosas.

—Estoy hablando de un matrimonio por conveniencia.

Elizabeth abrió la boca, pero no encontró palabras.

—No.

—Ni siquiera has escuchado la propuesta.

—Ya escuché suficiente.

—Elizabeth...

—No voy a casarme con un desconocido.

Michell guardó silencio.

Después dijo:

—¿Y si ese desconocido tampoco quiere enamorarse?

Elizabeth volvió lentamente a sentarse.

—Explícate.

Michell sacó su teléfono.

—Jack me contó que su mejor amigo está en una situación parecida.

—¿Parecida?

—No exactamente igual. Pero también necesita casarse.

Elizabeth frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Por asuntos familiares y empresariales. No puedo contarte todos los detalles porque ni siquiera conozco todos.

—Eso suena muchísimo peor de lo que crees.

—Su nombre es William.

Elizabeth la observó.

—¿William qué?

—No importa.

—Claro que importa.

—Jack dice que él tampoco quiere una relación. Necesita cumplir una condición para asumir definitivamente el control de la empresa familiar.

Elizabeth permaneció callada.

—¿Y qué tiene que ver conmigo?

—Que tú necesitas solucionar tu situación y él necesita solucionar la suya.

Elizabeth comenzó a negar lentamente con la cabeza.

—No.

—Piénsalo.

—Ya lo estoy pensando.

—Entonces piensa más.

—Michell, estar casada con alguien que no conozco es una locura.

—También es una locura perder el trabajo que acabas de conseguir y tener que regresar a casa sin saber cuándo podrás volver.

Aquellas palabras golpearon más fuerte de lo que Michell había pretendido.

Elizabeth bajó la mirada.

No quería regresar.

No porque no amara a su familia.

Todo lo contrario.

Había llegado a Nueva York precisamente para poder ayudarlos.

Su madre había hecho demasiados sacrificios por ella.

Y su hermano menor todavía necesitaba apoyo para continuar sus estudios.

Elizabeth no podía simplemente abandonar todo.

—¿Qué clase de hombre es? —preguntó finalmente.

Michell sonrió.

—No lo sé.

Elizabeth levantó la cabeza.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Jack no me dio muchos detalles.

—Entonces no sabes absolutamente nada.

—Sé que es rico.

—Eso no es una virtud.

—Sé que es serio.

—Eso tampoco.

—Sé que trabaja demasiado.

—Peor.

Michell hizo una pausa.

—Y sé que tampoco quiere conocer a su futura esposa antes de casarse.

Elizabeth la miró fijamente.

—Eso sí es preocupante.

—O conveniente.

—¿Cómo puede ser conveniente?

—Porque significa que no espera una historia de amor.

Elizabeth guardó silencio.

Por primera vez, la idea dejó de parecerle completamente absurda.

No porque quisiera hacerlo.

Sino porque el tiempo comenzaba a convertirse en su enemigo.

A varios kilómetros de allí, William Carter tenía exactamente el mismo problema.

Solo que él no estaba sentado en una pequeña cocina haciendo cuentas.

Estaba en el último piso de uno de los edificios más importantes de Manhattan, frente a una pared de cristal desde la que podía contemplar la ciudad.

Jack estaba sentado frente a su escritorio.

—Entonces —dijo—, ¿quieres que encuentre a alguien?

William seguía mirando por la ventana.

—Sí.

—¿Y no quieres conocerla?

—No.

—¿No quieres verla?

—No.

—¿No quieres saber su edad?

William finalmente se volvió.

—Jack.

—¿Sí?

—Necesito una esposa, no una entrevista de trabajo.




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