Casados sin saberlo

Capitulo 4. Un acuerdo entre desconocidos

Elizabeth pasó toda la noche pensando en la propuesta de Michell.

No había dormido prácticamente nada.

Cada vez que cerraba los ojos, aparecía la misma pregunta:

¿Realmente estaba dispuesta a casarse con un desconocido?

La respuesta lógica era no.

La respuesta emocional también era no.

Pero cuando pensaba en su madre, en su hermano y en todo lo que había sacrificado para llegar hasta Nueva York, la respuesta comenzaba a complicarse.

A la mañana siguiente, Michell encontró a Elizabeth sentada en la cocina con una taza de café intacta entre las manos.

—No has dormido.

—Tú tampoco.

—Yo no tengo que casarme con un desconocido.

Elizabeth levantó la mirada.

—Precisamente por eso no entiendo cómo puedes estar tan tranquila.

—No estoy tranquila.

—Pareces tranquila.

—Es mi cara.

Elizabeth soltó una pequeña risa.

—Eres terrible.

—Y tú eres demasiado dramática.

—¡Me estás proponiendo que me case!

—Por poder.

—Sigue siendo matrimonio.

Michell se sentó frente a ella.

—Lo sé.

Durante unos segundos ninguna dijo nada.

Finalmente, Michell habló con más seriedad.

—Elizabeth, no quiero obligarte.

—Lo sé.

—Si dices que no, lo entenderé.

—También lo sé.

—Pero necesito que pienses en todas las opciones antes de decidir.

Elizabeth bajó la mirada.

—¿Y si él es una mala persona?

—No lo sé.

—¿Y si intenta controlar mi vida?

—El acuerdo puede establecer límites.

—¿Y si quiere que vivamos juntos?

—Jack dice que no es necesario.

—¿Y si después quiere divorciarse inmediatamente?

—Eso también puede establecerse.

Elizabeth respiró profundamente.

—Esto parece un contrato comercial.

—Porque prácticamente lo es.

—Solo que yo sería la mercancía.

—No digas eso.

Elizabeth sonrió débilmente.

—Perdón.

Michell tomó su mano.

—No tienes que hacerlo.

Elizabeth la miró.

—Sí tengo.

—No.

—Sí.

—Elizabeth...

—Tengo que encontrar una manera de quedarme.

La voz de Elizabeth se quebró ligeramente.

—No quiero regresar todavía. No después de todo lo que hice para construir mi vida aquí.

Michell permaneció en silencio.

—Y ahora que finalmente conseguí el trabajo que quería... —continuó Elizabeth—. No puedo simplemente abandonarlo.

—Lo sé.

—Mi mamá cuenta conmigo.

—Lo sé.

—Mi hermano también.

Michell apretó su mano.

—Entonces haremos esto de la manera más segura posible.

Elizabeth levantó la mirada.

—¿De verdad crees que puede funcionar?

—Sí.

—¿Por qué?

Michell sonrió.

—Porque los dos quieren exactamente lo mismo.

—¿Qué?

—Una solución.

Elizabeth respiró profundamente.

Luego cerró los ojos.

—Está bien.

Michell parpadeó.

—¿Está bien qué?

—Acepto.

—¿Aceptas casarte?

Elizabeth abrió los ojos.

—No me hagas repetirlo porque podría arrepentirme.

Michell se levantó de golpe.

—¡Aceptaste!

—¡Baja la voz!

—¡Vamos a casarte!

—¡Michell!

Ambas comenzaron a reír.

Pero después de unos segundos, Elizabeth volvió a ponerse seria.

—Hay una condición.

—La que quieras.

—No quiero conocerlo.

Michell la miró sorprendida.

—¿Estás segura?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque si voy a hacer esto, quiero que sea exactamente como lo acordamos.

—¿Y si él quiere conocerte?

—Entonces será problema suyo.

Michell sonrió.

—Te estás volviendo peligrosa.

—Estoy desesperada, que es diferente.

Mientras tanto, en el otro extremo de la ciudad, Jack acababa de recibir la noticia.

Entró en la oficina de William sin tocar.

—Aceptó.

William levantó la vista de la computadora.

—¿Qué?

—La candidata.

William se quedó inmóvil.

—¿Aceptó?

—Sí.

—¿Sin conocernos?

—Sin conocerse.

William se reclinó en su silla.

Por primera vez en varios días sintió que una parte del problema comenzaba a desaparecer.

—Bien.

Jack sonrió.

—¿Eso es todo?

—¿Qué quieres que diga?

—No sé. Tal vez algo como: "Gracias, Jack, has salvado mi vida".

—No exageres.

—Has salvado tu presidencia.

—Todavía no.

—Pero estamos cerca.

William tomó una carpeta.

—¿Cuándo puede hacerse?

—Pronto.

—Haz los arreglos.

Jack lo observó.

—¿No quieres saber nada de ella?

—No.

—¿Ni siquiera su nombre?

William levantó lentamente la mirada.

—¿Por qué debería importarme?

Jack hizo una pausa.

—Porque será tu esposa.

William cerró la carpeta.

—Precisamente por eso quiero que todo sea sencillo.

Jack soltó un suspiro.

—A veces eres imposible.

—Y tú hablas demasiado.

—Y aun así sigues siendo mi mejor amigo.

—Por desgracia.

Jack sonrió.

—También hay algo que deberías saber.

—¿Qué?

—Ella tampoco quiere conocerte.

William arqueó una ceja.

—Perfecto.

—¿Perfecto?

—Sí.

—¿No te ofende?

—No.

William se levantó.

—Mientras ambos cumplamos nuestra parte, no necesitamos saber nada más.

Jack lo miró con atención.

—Eso dices ahora.

William ignoró el comentario.

—Quiero que el acuerdo sea claro. Nada de interferir en la vida del otro.

—Entendido.

—Cada uno mantiene su espacio.

—Entendido.

—Nada de sentimientos.

Jack sonrió.

—Esa parte va a ser interesante.

William lo miró con frialdad.

—No habrá sentimientos.

—Eso dicen todos antes de enamorarse.

—Yo no soy todos.

Jack negó con la cabeza.

—Algún día aprenderás.

—¿Aprender qué?

—Que el amor no pide permiso.




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