Casados sin saberlo

Capitulo 5. Marido y mujer sin conocerse

El día de la boda llegó demasiado rápido.

Elizabeth se despertó antes de que sonara la alarma.

Durante unos segundos permaneció acostada, mirando el techo.

Después recordó qué día era.

—No puede ser...

Se cubrió el rostro con las manos.

—Hoy me caso.

Desde la otra habitación se escuchó la voz de Michell.

—¡Lo sé!

—¡No grites!

—¡Estoy emocionada!

—¡Yo estoy aterrada!

Michell apareció en la puerta con una taza de café.

—Eso es normal.

—¿Normal?

—Más o menos.

Elizabeth se incorporó.

—¿Y si estoy cometiendo el peor error de mi vida?

Michell se sentó a su lado.

—Entonces será un error que habrás cometido intentando proteger tu futuro.

—Qué tranquilizador.

—Estoy haciendo mi mejor esfuerzo.

Elizabeth soltó una risa nerviosa.

Sobre una silla estaba el sencillo vestido que usaría.

No era un vestido de novia tradicional.

No había flores.

No había invitados.

No había música.

No había fotógrafo.

No había novio.

Solo una ceremonia legal en la que dos personas serían unidas en matrimonio mediante representantes autorizados.

Elizabeth tomó el vestido.

—Esto es absurdo.

—Un poco.

—Voy a casarme y ni siquiera sé cómo es mi esposo.

—Eso fue lo que acordaron.

—Ya sé.

Elizabeth se quedó mirando el vestido.

—¿Y si es horrible?

Michell abrió los ojos.

—¿Horrible?

—Sí.

—¿Qué importa?

—¡Es mi esposo!

—Por contrato.

—¡Sigue siendo mi esposo!

Michell comenzó a reír.

—Entonces sí te importa.

Elizabeth le lanzó una almohada.

—¡Cállate!

A unos kilómetros de allí, William estaba terminando de vestirse.

Jack lo observaba desde un sillón.

—Pareces un hombre que va a un funeral.

William se acomodó la corbata.

—Porque prácticamente estoy enterrando mi soltería.

—Dramático.

—Realista.

Jack se levantó.

—¿Estás nervioso?

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Nada?

—Nada.

Jack sonrió.

—Entonces no te molestará saber que tu futura esposa tampoco quiere conocerte.

William hizo una pausa.

—Perfecto.

—¿En serio?

—En serio.

—¿Ni siquiera sientes curiosidad?

William tomó su saco.

—No.

—¿Ni un poco?

—No.

Jack negó con la cabeza.

—Eres increíble.

William salió de la habitación.

—Vamos.

—¿No quieres verla?

William se detuvo.

—No.

—¿Y si algún día te arrepientes?

William respondió sin voltearse.

—No voy a arrepentirme.

Jack sonrió.

—Ya veremos.

La ceremonia fue pequeña y discreta.

Elizabeth llegó acompañada de Michell.

William llegó acompañado de Jack.

Pero ninguno de los dos entró al mismo tiempo.

Por seguridad y para respetar el acuerdo, los representantes serían quienes aparecerían formalmente ante la autoridad correspondiente.

Elizabeth esperó en una habitación privada.

Michell estaba a su lado.

—¿Lista?

—No.

—¿Quieres cancelar?

Elizabeth respiró profundamente.

—No.

—Entonces vamos.

Mientras tanto, William esperaba en otra sala.

Jack entró.

—Es hora.

William se puso de pie.

—Bien.

—¿Última oportunidad para arrepentirte?

—No.

—¿Seguro?

—Jack.

—Está bien.

William lo siguió.

La ceremonia duró menos de lo que Elizabeth había imaginado.

No hubo grandes discursos.

No hubo promesas románticas.

Solo documentos, firmas y confirmaciones legales.

Cuando llegó el momento de formalizar la unión, Elizabeth sintió que el corazón le latía demasiado rápido.

Michell estaba a su lado.

—Respira.

—Estoy respirando.

—Parece que estás intentando dejar de hacerlo.

Elizabeth soltó una pequeña risa.

La representante legal que actuaba en nombre de William confirmó los datos.

Después correspondió a Michell representar a Elizabeth.

Finalmente llegó el momento.

—¿Acepta usted este matrimonio bajo las condiciones previamente establecidas?

Elizabeth tragó saliva.

—Sí.

En otra sala, la representación legal de William respondió por él.

—Sí.

Y así, sin verse, sin tocarse y sin siquiera escuchar sus voces, Elizabeth y William quedaron legalmente unidos.

Marido y mujer.

Cuando todo terminó, Elizabeth salió del edificio.

Se detuvo en la acera.

Miró a Michell.

—¿Eso fue todo?

—Eso fue todo.

Elizabeth soltó el aire.

—Estoy casada.

—Sí.

—Con un hombre que no conozco.

—Sí.

—Esto es una locura.

—Sí.

Elizabeth comenzó a reír.

—No puedo creer que lo haya hecho.

Michell la abrazó.

—Lo hiciste.

—Ahora tengo esposo.

—Legalmente.

—No me recuerdes ese detalle.

Ambas rieron.

Pero Elizabeth no pudo evitar sentir cierta curiosidad.

—¿Cómo crees que sea?

—No tengo idea.

—¿Y si es antipático?

—Probablemente.

—¿Cómo sabes?

—Si se parece a Jack, seguramente.

—Oye.

Ambas rieron otra vez.

William salió por otra puerta.

Jack lo esperaba.

—Felicidades.

William lo miró.

—No digas eso.

—¿Por qué?

—Suena demasiado real.

Jack sonrió.

—Porque es real.

William guardó silencio.

—¿Quieres saber algo? —preguntó Jack.

—¿Qué?

—Tu esposa firmó sin verte.

—Lo sé.

—Ni siquiera preguntó cómo eres.

William levantó una ceja.

—Eso me parece bien.

—A mí me parece sospechoso.

—¿Por qué?

—Porque normalmente una mujer quiere saber al menos si su futuro esposo tiene dos ojos.

William soltó una pequeña carcajada.

—¿Y qué importa?

—Nada.

Jack lo miró de arriba abajo.




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