Casados sin saberlo

Capitulo 7. La mujer de William

Los primeros días de Elizabeth en Carter Holdings pasaron rápidamente.

Mucho más rápido de lo que ella esperaba.

Al principio había pensado que trabajar para William sería complicado.

Después descubrió que no era complicado.

Era agotador.

William tenía una agenda imposible.

Reuniones desde temprano.

Llamadas constantes.

Viajes inesperados.

Almuerzos que nunca eran realmente almuerzos.

Y una extraña habilidad para agregar tres reuniones nuevas después de que Elizabeth acababa de reorganizar toda su agenda.

El viernes por la tarde, Elizabeth estaba frente a su computadora intentando acomodar la agenda de la siguiente semana.

—Reunión con el consejo... reunión con los inversionistas... llamada con Londres...

Suspiró.

—Este hombre no sabe descansar.

—Correcto.

Elizabeth dio un pequeño salto.

William estaba detrás de ella.

—¡Señor Carter!

—¿Qué?

—No haga eso.

—¿Qué hice?

—Aparecer detrás de mí sin avisar.

William la miró con seriedad.

—Estaba caminando.

—Pues camine haciendo ruido.

Él arqueó una ceja.

—¿Está dando instrucciones sobre cómo debo caminar?

Elizabeth se dio cuenta de lo que acababa de decir.

—No.

—Porque sonaría extraño.

—Lo siento.

William observó la pantalla.

—¿Terminó la agenda?

—Casi.

—¿Por qué casi?

Elizabeth lo miró.

—Porque usted agregó cinco reuniones.

—Necesarias.

—Todas.

—Sí.

—Incluso la de las seis de la mañana.

—Es importante.

Elizabeth abrió los ojos.

—¿A las seis?

—Sí.

—¿Quién se reúne a las seis de la mañana?

—Yo.

—Eso explica muchas cosas.

William la miró.

—¿Qué cosas?

—Por qué parece que nunca duerme.

William casi sonrió.

Casi.

Pero Elizabeth lo vio.

—¿Acaba de sonreír?

—No.

—Sí lo hizo.

—No.

—Estoy segura.

William tomó una carpeta.

—Termine la agenda.

Y se marchó.

Elizabeth lo observó.

—Definitivamente sonrió.

En ese momento, una mujer apareció en el vestíbulo.

Era elegante, segura de sí misma y vestía como alguien acostumbrada a entrar en lugares donde los demás tenían que pedir permiso.

La recepcionista la reconoció inmediatamente.

—Buenos días, señorita Itzel.

—Buenos días.

—¿Tiene cita?

Itzel sonrió.

—No la necesito.

La recepcionista dudó.

—El señor Carter está ocupado.

—Siempre está ocupado.

Itzel caminó hacia los ascensores.

La recepcionista no se atrevió a detenerla.

Elizabeth estaba revisando unos documentos cuando escuchó pasos.

Itzel apareció frente a ella.

—¿Dónde está William?

Elizabeth levantó la mirada.

—¿Perdón?

—William.

Elizabeth frunció el ceño.

—El señor Carter está en una reunión.

Itzel la observó de arriba abajo.

—¿Y tú eres...?

—Elizabeth. Soy su asistente.

Itzel sonrió.

Pero no fue una sonrisa amable.

—Nueva.

—Sí.

—Se nota.

Elizabeth intentó mantener la cortesía.

—¿Desea que le avise que está aquí?

—No.

Itzel dejó su bolso sobre el escritorio.

—Entraré directamente.

Elizabeth se levantó.

—Lo siento, pero no puedo permitir que entre mientras está en una reunión.

Itzel la miró sorprendida.

—¿Sabes quién soy?

—No.

—Soy alguien importante para William.

Elizabeth dudó.

—Aun así, no puedo interrumpir una reunión.

Itzel se inclinó ligeramente hacia ella.

—Escúchame bien. William no necesita que una secretaria nueva decida quién puede verlo.

Elizabeth sintió que algo dentro de ella se encendía.

—No soy secretaria.

—¿Ah, no?

—Soy su asistente personal.

Itzel soltó una pequeña risa.

—Qué diferencia.

Elizabeth mantuvo la calma.

—Si espera unos minutos, le avisaré cuando termine.

Itzel la observó durante varios segundos.

Después sonrió.

—Está bien.

Se sentó.

Elizabeth volvió a su computadora.

Pero ya no podía concentrarse.

No sabía quién era aquella mujer.

Pero claramente conocía a William.

Y, por alguna razón, aquello le molestó.

Cuando William terminó la reunión, salió de la sala.

Al ver a Itzel, su expresión cambió ligeramente.

—¿Qué haces aquí?

Itzel sonrió.

—Quería verte.

William miró alrededor.

—Podrías haber llamado.

—¿Desde cuándo tengo que pedir permiso para verte?

Elizabeth estaba a pocos metros.

Intentó concentrarse en la computadora.

Pero escuchaba cada palabra.

—Estoy ocupado.

—Siempre estás ocupado.

Itzel se acercó.

—Y yo siempre termino esperando.

William bajó la voz.

—No hagas esto aquí.

Itzel sonrió.

—¿Por qué?

Entonces miró hacia Elizabeth.

—¿Por ella?

William siguió su mirada.

Elizabeth fingió no escuchar.

—Ella trabaja conmigo.

Itzel sonrió.

—Claro.

Después se acercó aún más a William.

—Nos vemos esta noche.

William permaneció serio.

—Itzel...

—No cambies nuestros planes.

Itzel tomó su bolso y salió.

Elizabeth permaneció inmóvil.

William regresó a su oficina.

—Elizabeth.

—¿Sí?

—Entra.

Ella tomó una carpeta y lo siguió.

—¿Necesita algo?

William la miró.

—Sí.

—¿Qué?

—Que no prestes atención a conversaciones que no te corresponden.

Elizabeth sintió que se sonrojaba.

—No estaba escuchando.

William levantó una ceja.

—Claro.

—Solo estaba trabajando.

—Bien.

Hubo un silencio incómodo.

Elizabeth decidió marcharse.

—¿Eso es todo?

—Sí.

Ella salió.

Pero la pregunta ya estaba en su cabeza.




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