Casados sin saberlo

Capitulo 8. Una relación sin promesas

a noche había caído sobre Nueva York.

William estaba sentado en el salón de su apartamento, con una copa en la mano y varios documentos sobre la mesa.

Había intentado trabajar.

No podía concentrarse.

Su teléfono vibró.

Miró la pantalla.

Itzel.

Durante unos segundos pensó en no contestar.

Finalmente respondió.

—Hola.

—¿Podemos hablar?

William se quedó callado.

—Sí.

—Quiero verte.

—Podemos hablar por teléfono.

—No quiero hablar por teléfono.

William suspiró.

—Está bien.

Una hora después, Itzel estaba frente a él.

No llevaba la actitud desafiante que había mostrado en la oficina.

Parecía cansada.

Y, por primera vez desde que William la conocía, parecía realmente insegura.

—¿Vas a invitarme a sentarme?

William señaló el sofá.

—Claro.

Itzel se sentó.

Durante unos segundos ninguno habló.

Finalmente, ella preguntó:

—¿Quién es tu nueva asistente?

William la miró.

—Elizabeth.

—Eso ya lo sé.

—Entonces, ¿qué quieres saber?

Itzel bajó la mirada.

—¿Te gusta?

William frunció el ceño.

—No.

La respuesta fue inmediata.

Itzel levantó los ojos.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Te parece atractiva?

William guardó silencio durante un instante.

Itzel lo notó.

—William.

—Es una empleada competente.

—No te pregunté eso.

William dejó la copa sobre la mesa.

—No sé qué quieres que te diga.

—La verdad.

—La verdad es que no estoy interesado en ella.

Itzel respiró profundamente.

—Bien.

Pero no parecía convencida.

William la conocía demasiado bien.

—¿Por qué te preocupa tanto?

Itzel sonrió con tristeza.

—Porque llevamos dos años juntos.

William no respondió.

Aquella era la parte de su relación que casi nunca hablaban.

Dos años.

Dos años de cenas privadas.

Viajes ocasionales.

Noches juntos.

Llamadas.

Mensajes.

Y una relación que, aunque nunca había sido presentada públicamente como un compromiso formal, había terminado convirtiéndose en una especie de rutina para ambos.

Itzel había aceptado desde el principio las reglas de William.

No preguntas sobre matrimonio.

No exigencias.

No escándalos.

No interferencias en su trabajo.

Y, sobre todo, libertad.

William nunca le había prometido casarse con ella.

Pero tampoco le había dicho que jamás ocurriría.

Y esa diferencia había sido suficiente para mantener las esperanzas de Itzel durante mucho tiempo.

—Nunca me prometiste nada —dijo ella finalmente.

William la observó.

—No.

—Pero tampoco me dijiste que esto terminaría.

—No.

—Entonces dime qué somos.

William no respondió inmediatamente.

Itzel sonrió con amargura.

—Ese es el problema, ¿verdad?

—Itzel...

—Somos algo cuando estamos solos.

Hizo una pausa.

—Pero cuando alguien pregunta, no somos nada.

William bajó la mirada.

—Sabes que no me gustan las etiquetas.

—Lo sé.

—Y tú aceptaste eso.

—Sí.

Itzel se levantó.

—Porque pensé que algún día cambiarías.

William también se puso de pie.

—Nunca te mentí.

—No.

Itzel lo miró directamente.

—Ese es precisamente el problema. Nunca mentiste. Pero tampoco me diste una razón para dejar de esperar.

William permaneció en silencio.

Itzel tomó su bolso.

—¿Tu matrimonio tiene algo que ver con nosotros?

William endureció la expresión.

—No.

—¿Es cierto?

—Sí.

—Entonces explícame.

William sabía que tarde o temprano tendría que hacerlo.

—Es un acuerdo.

Itzel se quedó inmóvil.

—¿Un acuerdo?

—Sí.

—¿Te casaste?

—Legalmente.

La expresión de Itzel cambió.

—¿Con ella?

—No la conozco.

—¿No la conoces?

—Nunca la he visto.

Itzel soltó una pequeña risa de incredulidad.

—Eso es imposible.

—No lo es.

William le explicó lo esencial.

La condición de la sucesión.

La presión de la junta.

Los noventa días.

El matrimonio por poder.

La necesidad de aparentar estabilidad.

Itzel escuchó en silencio.

Cuando terminó, preguntó:

—Entonces no la amas.

William respondió inmediatamente.

—No.

—¿Y ella no te ama?

—No.

Itzel soltó el aire.

Por primera vez en toda la noche parecía más tranquila.

—Entonces no entiendo por qué me estás alejando.

William se quedó callado.

—No te estoy alejando.

—Cancelaste nuestra cena.

—Tengo mucho trabajo.

—Y antes siempre encontrabas tiempo.

William no tuvo una respuesta.

Itzel se acercó.

—William, no necesito que te cases conmigo mañana.

Él la miró.

—Solo necesito saber si todavía tengo un lugar en tu vida.

Aquella pregunta lo incomodó más que cualquier discusión.

Porque la respuesta no era sencilla.

Itzel había estado allí durante dos años.

Había conocido al hombre detrás del empresario.

Había soportado sus ausencias.

Sus largas jornadas.

Sus silencios.

Incluso sus dificultades para expresar afecto.

No podía simplemente borrar todo aquello porque ahora tenía una esposa legal.

—Sí tienes un lugar —dijo finalmente.

Itzel sonrió.

—Entonces no lo pierdas.

Se acercó y lo besó brevemente.

Después se apartó.

—Buenas noches.

Cuando se marchó, William permaneció inmóvil.

Sabía que acababa de darle una esperanza.

Y no estaba seguro de si había sido lo correcto.

Al día siguiente, Elizabeth llegó temprano a la oficina.

Encontró una pequeña bolsa sobre su escritorio.

—¿Qué es esto?

La abrió.

Había una caja de chocolates.




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