Casados sin saberlo

Capitulo 10. Demasiado cerca

A la mañana siguiente, Elizabeth llegó a Carter Holdings diez minutos antes de lo habitual.

No porque tuviera trabajo pendiente.

Ni porque quisiera impresionar a William.

Al menos, eso intentó convencerse.

La verdadera razón era mucho más sencilla.

Quería llegar antes que él.

Necesitaba unos minutos para organizarse, respirar y recordar que lo ocurrido la noche anterior no significaba nada.

Nada.

Había sido un momento incómodo.

Una confusión.

Una cercanía que jamás debió ocurrir.

Eso era todo.

Dejó su bolso sobre el escritorio y encendió la computadora.

—Buenos días.

Elizabeth se sobresaltó.

Levantó la cabeza.

William estaba entrando en su oficina.

Llegaba acompañado de Jack.

Elizabeth miró rápidamente la pantalla.

—Buenos días.

William se detuvo un segundo.

—¿Llegaste temprano?

—Sí.

—Eso veo.

—Tengo mucho trabajo.

—También lo veo.

Jack observó a ambos.

Primero a William.

Después a Elizabeth.

Finalmente sonrió.

—Qué ambiente tan agradable.

William lo miró con advertencia.

—Jack.

—¿Qué?

—Nada.

Jack levantó las manos.

—Yo no he dicho nada.

Elizabeth fingió concentrarse en su computadora.

William entró en su oficina.

La puerta se cerró.

Jack se acercó al escritorio de Elizabeth.

—¿Todo bien?

—Perfectamente.

—¿Segura?

—Sí.

—¿No pasó nada anoche?

Elizabeth lo miró.

—¿Por qué preguntas?

Jack sonrió.

—Porque conozco a William.

—Entonces pregúntale a él.

—Eso sería peligroso.

—¿Por qué?

—Porque probablemente negaría todo.

Elizabeth frunció el ceño.

—No entiendo.

Jack se encogió de hombros.

—Mejor así.

Y se alejó antes de que Elizabeth pudiera preguntarle algo más.

Ella lo observó.

—Qué hombre tan extraño.

Desde su oficina, William había escuchado parte de la conversación.

Y, por primera vez en mucho tiempo, deseó que Jack aprendiera a guardar silencio.

La primera reunión del día comenzó a las nueve.

Elizabeth entró a la oficina de William con una carpeta.

—Estos son los documentos que solicitó.

William levantó la mirada.

—Gracias.

Ella dejó la carpeta sobre el escritorio.

—También cambié la reunión con los abogados para las cuatro.

—Bien.

—Y cancelé su almuerzo con el señor Thompson porque tenía una reunión con inversionistas.

William asintió.

—Perfecto.

Silencio.

Elizabeth permaneció de pie.

William la miró.

Ella lo miró.

Ninguno decía nada.

—¿Algo más? —preguntó él.

—No.

—Entonces...

—Sí.

Elizabeth tomó aire.

—Deberíamos hablar.

William se recostó en su silla.

—Supongo que sí.

Ella cerró la puerta.

—Lo de anoche...

William bajó la mirada.

—No pasó nada.

Elizabeth lo miró sorprendida.

—Eso mismo dije yo.

—Entonces estamos de acuerdo.

—Sí.

Silencio.

—Fue un error —dijo ella.

William levantó la mirada.

—¿Lo fue?

Elizabeth se quedó quieta.

—Sí.

—De acuerdo.

La respuesta fue demasiado rápida.

Ella frunció el ceño.

—¿Eso es todo?

—¿Qué quieres que diga?

—No sé.

William se levantó.

—Elizabeth, tú misma dijiste que no deberíamos.

—Y es cierto.

—Entonces debemos respetarlo.

Ella asintió.

—Exactamente.

William rodeó el escritorio.

—Profesionalmente, no hay ningún problema.

—Bien.

—Seguimos trabajando.

—Bien.

William se detuvo frente a ella.

—Y no volverá a ocurrir.

Elizabeth levantó la mirada.

—Eso espero.

—Yo también.

Pero ninguno de los dos sonaba completamente convencido.

Durante los días siguientes, ambos hicieron un esfuerzo consciente por mantener la distancia.

William comenzó a comunicarse con Elizabeth por correo electrónico incluso cuando podía hablarle directamente.

Elizabeth empezó a dejar documentos en su escritorio sin entrar a su oficina.

Si él necesitaba algo, la llamaba por teléfono.

Si ella tenía una duda, enviaba un mensaje.

Todo parecía funcionar.

Durante aproximadamente dos días.

El problema fue que trabajar juntos ocho o diez horas diarias hacía imposible mantener una distancia emocional.

Y comenzaron a ocurrir pequeños accidentes.

El primero sucedió un martes por la mañana.

Elizabeth entró a la oficina con dos cafés.

—Le traje el suyo.

William levantó la mirada.

—Gracias.

Tomó el vaso.

Sus dedos rozaron los de ella.

Ambos retiraron la mano inmediatamente.

—Perdón —dijeron al mismo tiempo.

Se miraron.

Elizabeth soltó una pequeña risa nerviosa.

William sonrió.

—Esto empieza a ser ridículo.

—¿Qué cosa?

—Que no podamos ni tomar un café sin comportarnos como adolescentes.

Elizabeth se cruzó de brazos.

—Tal vez porque usted está haciendo todo extraño.

—¿Yo?

—Sí.

—Tú fuiste quien retiró la mano como si te hubiera electrocutado.

—Porque usted hizo lo mismo.

—Entonces estamos empatados.

Elizabeth sonrió.

—Supongo.

William tomó un sorbo de café.

—Está bueno.

—Lo sé.

—¿Cómo sabes?

—Porque lo preparo siempre igual.

William la observó.

—¿Para mí?

Elizabeth se quedó callada.

—Para usted.

—Pensé que era parte de tu trabajo.

—Lo es.

—Ah.

William sonrió.

—Entonces me gusta que hagas bien tu trabajo.

Elizabeth negó con la cabeza.

—Es imposible hablar con usted.

—Y, sin embargo, llevamos toda la mañana hablando.

—Porque usted insiste.

—Y tú sigues aquí.

Elizabeth lo miró.




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