Casados sin saberlo

Capitulo 14. Un juego peligroso

A la mañana siguiente, William llegó a Carter Holdings antes de lo habitual.

Había dormido poco.

No por el trabajo.

Por Elizabeth.

Aquello empezaba a preocuparle.

Durante años había construido una vida perfectamente organizada. Trabajo, reuniones, negocios, decisiones.

Itzel había sido la única persona que había conseguido entrar realmente en su vida.

Y ahora una mujer que apenas conocía desde hacía unas semanas estaba alterando todo aquel equilibrio.

Lo peor era que ni siquiera entendía por qué.

Entró en su oficina y dejó el teléfono sobre el escritorio.

Unos minutos después, Elizabeth llegó.

—Buenos días.

William levantó la mirada.

—Buenos días.

Ella dejó unos documentos sobre el escritorio.

—Tiene una reunión a las nueve, otra a las once y una videoconferencia a las doce.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿También tienes agenda?

Elizabeth sonrió.

—Por desgracia, trabajar para usted significa que mi agenda depende de la suya.

—Eso suena terrible.

—Lo es.

William soltó una risa.

Elizabeth lo observó.

—¿Durmió bien?

William se quedó quieto.

—¿Por qué preguntas?

—Tiene cara de no haber dormido.

—Tú tampoco pareces haber dormido mucho.

Elizabeth apartó la mirada.

—Estoy bien.

—¿Segura?

—Sí.

William sonrió.

—Entonces estamos igual.

La mañana transcurrió con normalidad.

Al menos aparentemente.

Pero cada vez que Elizabeth entraba en la oficina, William levantaba la mirada.

Cada vez que William la llamaba, Elizabeth sentía una pequeña emoción que intentaba ocultar.

Y ambos habían comenzado a descubrir algo peligroso.

Les gustaba estar juntos.

No solamente en el trabajo.

Les gustaba conversar.

Bromear.

Discutir.

Incluso quedarse en silencio.

A media mañana, Elizabeth apareció con una carpeta.

—Necesito que firme esto.

William la recibió.

—¿Qué es?

—La autorización para el proyecto de Boston.

—¿Ya lo revisaste?

—Tres veces.

—Entonces confío en ti.

Elizabeth se quedó mirándolo.

—¿Confía en mí?

—Sí.

—Eso es importante.

—¿Por qué?

—Porque normalmente usted desconfía de todo.

William sonrió.

—No de todo.

—¿De qué no?

—De ti.

Elizabeth bajó la mirada.

—Gracias.

Hubo un pequeño silencio.

William firmó el documento.

—¿Tienes planes esta noche?

Elizabeth levantó la cabeza.

—No.

—¿Te gustaría cenar?

Elizabeth parpadeó.

—¿Cenar?

—Sí.

—¿Por trabajo?

William dudó.

—No.

Aquella respuesta cambió completamente la expresión de Elizabeth.

—Entonces, ¿por qué?

William se quedó pensando.

—Porque me gustaría conocerte mejor.

Elizabeth sintió que el corazón le latía más rápido.

—Eso puede ser una mala idea.

—Probablemente.

—Usted tiene una relación.

William bajó la mirada.

—Lo sé.

—Y yo soy su empleada.

—También lo sé.

—Entonces...

—Entonces podemos cenar como dos personas que quieren conversar.

Elizabeth permaneció en silencio.

Finalmente sonrió.

—Está bien.

William sonrió también.

—A las ocho.

—A las ocho.

La noticia llegó a Itzel esa misma tarde.

No por William.

Por casualidad.

Había ido a la oficina para entregarle unos documentos.

Mientras esperaba, escuchó a una de las empleadas comentar:

—Creo que el señor Carter cenará esta noche con Elizabeth.

Itzel se quedó quieta.

No preguntó nada.

Simplemente agradeció la información y continuó caminando.

Cuando entró a la oficina de William, él levantó la mirada.

—Itzel.

—Hola.

—¿Qué haces aquí?

—Traje unos documentos.

Los dejó sobre el escritorio.

William los revisó.

Itzel permaneció de pie.

—¿Tienes planes esta noche?

William la miró.

—Sí.

Ella sonrió.

—Ya veo.

William sintió que algo no estaba bien.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Itzel.

—No estoy enojada.

—Entonces, ¿qué?

Ella respiró profundamente.

—¿Vas a cenar con Elizabeth?

William se quedó inmóvil.

—¿Quién te lo dijo?

—No importa.

—No quiero que la gente esté hablando de ella.

—¿Te preocupa que hablen de ella?

—Sí.

Itzel asintió lentamente.

—Eso dice mucho.

William frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Que estás empezando a protegerla.

—Es mi responsabilidad como jefe.

—Claro.

Itzel sonrió.

Pero esta vez había tristeza en sus ojos.

—No voy a impedirte que vayas.

William se levantó.

—Itzel...

—Solo quiero que seas consciente de lo que estás haciendo.

—Lo soy.

—No, William.

Ella lo miró directamente.

—Creo que todavía no.

A las ocho en punto, Elizabeth llegó al restaurante.

William ya estaba esperándola.

Cuando la vio entrar, sonrió.

—Pensé que no vendrías.

—Yo también.

—¿Y por qué viniste?

Elizabeth se sentó.

—No lo sé.

William soltó una risa.

—Al menos somos honestos.

—Intentamos.

La cena comenzó con una conversación sencilla.

Hablaron de la ciudad.

De los lugares que les gustaban.

De comida.

De sus trabajos.

Hasta que William preguntó:

—¿Por qué viniste a Nueva York?

Elizabeth guardó silencio unos segundos.

—Quería una oportunidad.

—¿Para ti?

—Para mi familia también.

—¿Tienes familia fuera?

—Sí.

—¿Tus padres?

—Mi madre y mi hermano menor.

William asintió.

—¿Los ayudas económicamente?

Elizabeth sonrió.

—Intento hacerlo.

—Eso explica muchas cosas.

—¿Qué cosas?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.