Elizabeth apenas durmió.
La cita del mensaje no dejaba de darle vueltas en la cabeza.
Si quieres saber la verdad sobre tu matrimonio, mañana a las siete. Café Monroe.
Había algo que no tenía sentido.
Durante semanas había considerado su matrimonio como un simple trámite.
Un acuerdo.
Una solución temporal.
Nunca había sentido curiosidad por el hombre con quien estaba casada.
Pero ahora era diferente.
Después de conocer a William, algo dentro de ella había comenzado a cambiar.
Y eso hacía que la situación resultara todavía más extraña.
No sabía quién era su esposo.
Pero estaba empezando a sentir algo por otro hombre.
Y, paradójicamente, aquel hombre también estaba casado.
—Esto es demasiado complicado —murmuró.
Se levantó de la cama.
Decidió ir.
Necesitaba respuestas.
A las seis cincuenta de la tarde, Elizabeth llegó al Café Monroe.
Eligió una mesa cercana a la ventana.
Miró su reloj.
6:55.
6:58.
7:00.
Nadie apareció.
A las 7:05 comenzó a sentirse incómoda.
A las 7:10 recibió un mensaje.
No te sientes sola. Mira la mesa de atrás.
Elizabeth levantó discretamente la mirada.
Había un hombre sentado detrás de ella.
Traje oscuro.
Cabello canoso.
Una carpeta sobre la mesa.
Parecía estar esperando a alguien.
Elizabeth sintió un escalofrío.
El hombre se levantó y se acercó.
—¿Elizabeth?
—Sí.
—Mi nombre es Samuel.
Ella permaneció alerta.
—¿Usted me envió el mensaje?
—Sí.
—¿Qué sabe de mi matrimonio?
Samuel tomó asiento.
—Más de lo que debería.
Elizabeth no respondió.
—¿Quién es mi esposo?
Samuel la observó.
—Eso es precisamente lo que vine a explicarte.
Elizabeth sintió que el corazón le latía más rápido.
—¿Lo conoce?
—Sí.
—¿Quién es?
Samuel abrió la carpeta.
Antes de que pudiera mostrarle los documentos, su teléfono comenzó a sonar.
Miró la pantalla.
Su expresión cambió.
—Tengo que irme.
Elizabeth se levantó.
—¡Espere!
Samuel dejó un sobre sobre la mesa.
—Aquí encontrarás parte de la información.
—¿Parte?
—No toda.
—¿Por qué?
Samuel la miró seriamente.
—Porque hay personas que no quieren que sepas la verdad todavía.
Se dio la vuelta.
Elizabeth tomó el sobre.
—¡Samuel!
Él se detuvo.
—¿Quién es mi esposo?
Samuel respondió sin girarse.
—Un hombre que ya conoces.
Y salió.
Elizabeth se quedó inmóvil.
Abrió el sobre con manos temblorosas.
Dentro había una copia del acta matrimonial.
Leyó su nombre.
Elizabeth...
Después buscó el nombre del esposo.
Pero una parte estaba cubierta con una hoja.
Solo podía distinguir algunas letras.
WILLI...
Elizabeth frunció el ceño.
—William...
No.
No podía ser.
Era un nombre demasiado común.
Intentó retirar la hoja.
Pero estaba pegada.
Entonces escuchó una voz.
—¿Elizabeth?
Ella levantó la cabeza.
Era Michell.
—¿Qué haces aquí?
Elizabeth rápidamente guardó los documentos.
—Necesitaba tomar un café.
Michell la observó.
—¿Estás bien?
—Sí.
—No parece.
Elizabeth sonrió.
—Estoy bien.
Michell se sentó.
—¿Qué tienes ahí?
—Nada.
Michell la miró fijamente.
—Otra vez "nada".
Elizabeth soltó una pequeña risa.
—¿Por qué todo el mundo me dice eso?
Michell no respondió.
Porque sabía exactamente qué había ocurrido.
Y estaba aterrada.
Mientras tanto, en Carter Holdings, William estaba sentado frente a su padre.
Richard había colocado varios documentos sobre el escritorio.
—La junta quiere que presentes a tu esposa.
William levantó la mirada.
—¿Qué?
—Necesitan verla.
—No es necesario.
—Para ellos sí.
—Padre, mi matrimonio es privado.
—Hasta ahora.
William se puso de pie.
—No voy a convertir mi vida personal en un espectáculo.
Richard permaneció tranquilo.
—Entonces perderás la presidencia.
William apretó la mandíbula.
—No puedes estar hablando en serio.
—Completamente.
Richard señaló los documentos.
—Marcus Hale ya está cuestionando tu capacidad para asumir el cargo.
—Marcus solo quiere controlar la empresa.
—Lo sé.
—Entonces sabes lo que ocurrirá si le das la presidencia.
—Por eso te estoy dando una alternativa.
William lo miró.
—¿Cuál?
Richard respiró profundamente.
—Trae a tu esposa a la próxima reunión.
William se quedó en silencio.
—No sé dónde está.
Richard frunció el ceño.
—¿Cómo que no sabes dónde está?
—El matrimonio fue por poder.
—Eso no significa que no puedas localizarla.
William se pasó una mano por el cabello.
—Padre...
—Tienes una semana.
—¿Una semana para qué?
—Para presentarla ante la junta.
Richard salió de la oficina.
William se quedó mirando los documentos.
Una semana.
Necesitaba encontrar a una mujer cuyo rostro ni siquiera conocía.
Jack entró unos minutos después.
—¿Qué pasó?
William le lanzó una mirada.
—Mi padre quiere conocer a mi esposa.
Jack palideció.
—¿Cuándo?
—En una semana.
Jack se quedó inmóvil.
—Eso es...
—Un problema.
—Sí.
William tomó asiento.
—Necesito encontrarla.
Jack intentó pensar rápidamente.
—¿No tienes sus datos?
—Los legales.
—Entonces úsalo.
William negó.
—No quiero involucrar abogados.
Jack respiró aliviado.
—Podemos hacerlo de otra manera.
Editado: 06.10.2026