Casados sin saberlo

Capitulo 17. Un matrimonio que dejó de ser un acuerdo

Elizabeth pasó toda la noche sin poder dormir.

Cada vez que cerraba los ojos volvía a escuchar las mismas palabras.

Eres mi esposa.

Y después aparecía el rostro de William.

Su jefe.

El hombre que la había hecho reír.

El hombre que había estado pendiente de ella.

El hombre que casi la había besado.

El hombre del que, aunque se negara a reconocerlo completamente, se estaba enamorando.

Y ahora sabía que también era su esposo.

—Esto es demasiado —murmuró mientras miraba el techo.

Había imaginado muchas veces cómo sería conocer al hombre con quien se había casado.

Nunca imaginó que ya lo conocía.

Y mucho menos que trabajaría para él.

A varios kilómetros de allí, William tampoco conseguía dormir.

Sentado en su despacho, tenía frente a él una copia del certificado de matrimonio.

Lo había leído tantas veces que ya conocía cada dato de memoria.

Elizabeth Morgan.

Su esposa.

William dejó escapar una risa incrédula.

—De todas las mujeres de Nueva York...

Se recostó en el sillón.

—Tenía que ser ella.

Y lo más extraño era que, por primera vez, aquella situación no le parecía un problema.

Le parecía una oportunidad.

Pero antes de pensar en eso, había una persona a la que debía enfrentar.

Itzel.

A la mañana siguiente, Elizabeth llegó a Carter Holdings más temprano de lo habitual.

Necesitaba tiempo para ordenar sus pensamientos.

Entró en la oficina de William con una carpeta en las manos.

—Buenos días.

William levantó la mirada.

—Buenos días, esposa.

Elizabeth se quedó paralizada.

—No vuelva a decirme eso aquí.

William sonrió.

—¿Por qué?

—Porque alguien puede escucharlo.

—Técnicamente es verdad.

—William.

—Está bien.

Ella dejó la carpeta sobre el escritorio.

—Aquí están los documentos de la reunión de las diez.

—Gracias.

Elizabeth se dio la vuelta.

—Elizabeth.

Ella se detuvo.

—¿Sí?

—Anoche dijiste que hablaríamos después del trabajo.

—Lo recuerdo.

—¿Sigues queriendo hacerlo?

Elizabeth asintió.

—Sí.

William la observó unos segundos.

—Bien.

Ella salió.

Pero ninguno de los dos pudo concentrarse durante el resto de la mañana.

Cada vez que se cruzaban en un pasillo, sus miradas se encontraban.

Y cada vez que eso ocurría, ambos recordaban la misma verdad.

Estaban casados.

A las cinco y media de la tarde, Elizabeth entró nuevamente en la oficina.

William ya la estaba esperando.

—¿Podemos hablar? —preguntó ella.

—Claro.

Elizabeth cerró la puerta.

Durante unos segundos ninguno habló.

Finalmente, ella tomó asiento frente a él.

—Quiero empezar por lo más importante.

William asintió.

—Dime.

—Nuestro matrimonio comenzó como un acuerdo.

—Sí.

—Yo necesitaba solucionar mi situación migratoria y tú necesitabas cumplir con las condiciones de tu padre.

—Correcto.

—Ninguno esperaba enamorarse.

William sonrió ligeramente.

—Yo tampoco.

Elizabeth bajó la mirada.

—Pero las cosas cambiaron.

William dejó de sonreír.

—Sí.

—Y ahora no sé qué hacer.

William se levantó y caminó hasta quedar frente a la ventana.

—Yo sí sé qué quiero.

Elizabeth levantó la mirada.

—¿Qué?

William tardó unos segundos en responder.

—Quiero que nuestro matrimonio sea real.

Elizabeth sintió un nudo en el estómago.

—¿Por qué?

William se volvió hacia ella.

—Porque ya no quiero estar casado contigo solamente por obligación.

Ella guardó silencio.

—Quiero conocerte de verdad —continuó—. Quiero saber qué te gusta, qué quieres, qué te hace feliz. Quiero saber cómo es tu vida cuando no estás trabajando para mí.

Elizabeth sonrió con tristeza.

—Eso suena bonito.

—Porque lo digo en serio.

Ella respiró profundamente.

—Pero hay algo que no podemos ignorar.

William supo inmediatamente a qué se refería.

—Itzel.

Elizabeth asintió.

—Sí.

William se acercó lentamente.

—Nunca te mentí sobre ella.

—No.

—Pero tampoco te conté toda la verdad.

Elizabeth lo miró.

—¿La amas?

William guardó silencio.

Aquella pregunta era mucho más difícil de responder ahora.

—La quise —dijo finalmente—. Mucho.

Elizabeth sintió una punzada.

—Eso no responde mi pregunta.

William asintió.

—Lo sé.

Se sentó frente a ella.

—Creo que durante mucho tiempo confundí costumbre con amor.

Elizabeth no respondió.

—Itzel estuvo conmigo durante dos años. Fue importante para mí. Pero nunca le prometí matrimonio. Nunca le prometí una familia.

—Y aun así estabas con ella.

—Sí.

Elizabeth bajó la mirada.

—Eso me preocupa.

William se inclinó ligeramente hacia ella.

—¿Por qué?

—Porque no quiero convertirme en la mujer que ocupa el lugar de otra.

—No estás ocupando el lugar de nadie.

—William...

—Elizabeth, escucha.

Él tomó aire.

—Cuando descubrí que tú eras mi esposa, entendí algo.

—¿Qué?

—Que todo lo que sentía por ti no comenzó ayer.

Elizabeth levantó la mirada.

—Comenzó antes.

William sonrió.

—Mucho antes.

Ella no pudo evitar sonreír también.

—Esto sigue siendo increíblemente complicado.

—Sí.

—Y tú sigues siendo mi jefe.

—Eso también puede cambiar.

Elizabeth frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Si nuestro matrimonio va a ser real, no quiero que sigas trabajando directamente para mí.

Ella se quedó pensativa.

—Pero necesito mi trabajo.

—No quiero despedirte.

—Entonces...

—Puedo trasladarte a otra área.

Elizabeth negó inmediatamente.




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